Enrique Castillo: La ciudad condenada

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Enrique Castillo.

Panchito se despertó más temprano que de costumbre, por la molestia de un mal olor. Recordó entonces que durante la madrugada había tenido dificultad para dormir, pero el sueño había sido más pesado que la necesidad de levantarse a averiguar qué era lo que olía tan mal. Ahora, aunque eran apenas las cinco y todavía estaba bastante oscuro, el sueño había perdido profundidad y cedido terreno al tufo. Se enderezó en la cama, poniendo la almohada contra el respaldar, como para atisbar el origen de aquel olor. En sus cortos diez años de vida no había experimentado nunca esa particular pestilencia.

Panchito era el menor de los tres hijos de don Miguel Cienfuentes y de su señora, Arabela. El hijo mayor, Joaquín, tenía catorce años, y Luisita, doce. Los Cienfuentes vivían en esa casa desde que don Miguel y doña Arabela se casaron. Era pequeña, modesta, pero bien construida, de bloques de cemento y entejada, como todas las de aquel barrio de gentes que unos quince años antes habían tenido la oportunidad, gracias a un préstamo o unos ahorros, de adquirir un lote y de construir una casita en lo que era entonces uno de los suburbios más nuevos, diseñado de acuerdo con todas las regulaciones municipales: calles pavimentadas, alumbrado público, alcantarillado y demás, y cuyos terrenos, no obstante, costaban poco. Después, las condiciones económicas del país habían empeorado y mucha gente no había tenido la misma suerte. La ciudad había crecido desmesuradamente y se había desarrollado una salvaje especulación con los precios del negocio inmobiliario. Las familias pobres, cada vez más numerosas, habían tenido que poblar nuevas barriadas, de covachas, que se habían extendido hacia las afueras sin ningún orden, sin calles, aceras, agua ni luz, subiendo por las laderas de los montes que encerraban el valle donde había nacido la urbe durante los tiempos de la colonia española. Administrando meticulosamente su salario de empleado de un ministerio, don Miguel había logrado evitar ser parte de aquella degradación urbana y acababa de cancelar las últimas cuotas de la hipoteca, además de haber atendido las necesidades de la familia todos esos años. A los hijos, gracias al cielo -como decía él cada vez que tocaba este tema-, los tenía estudiando, en liceo y escuela públicos, y los tres habían resultado buenos estudiantes. En la comunidad, los Cienfuentes eran conocidos y respetados, y cada mañana, cuando don Miguel iba camino de la parada del autobús para dirigirse al trabajo, saludaba a los vecinos que se topaba y a las señoras que se asomaban, en bata, a recoger el periódico o a barrer el portal. Todos reconocían su sempiterno traje oscuro, su figura gruesa, el bigote negro y la calvicie precoz que él revelaba cuando hacía el ademán de levantar su sombrero para saludar y al que hombres y mujeres respondían con un «Buenos días tenga usted, don Miguel.» Su mujer siempre tomaba parte en las colectas de dinero para hacer las mejoras del templo o para obras comunales; organizaba rifas para los mismos fines, y era una activa integrante del patronato de la escuela primaria.

Panchito se levantó. Miró a su hermano Joaquín, dormido en la cama contigua. Abrió la puerta y salió a la sala-comedor. Fue a la cocina. En ninguna parte halló la explicación de la hediondez. Entonces caminó hacia la habitación de sus padres y entró sin llamar. Se acercó a la cama y encontró a su padre despierto.

-¿Qué pasó, Panchito?- le preguntó don Miguel.

-Ese olor no me deja dormir, papá. ¿Qué será?

-Yo estoy igual, hijo. Lo raro es que es un olor a azufre y aquí nunca hemos tenido nada parecido. Con seguridad, lo trae el viento desde alguna fábrica- contestó don Miguel-. Ya que te despertaste, aprovecha y te bañas de una vez. Llegarás temprano a la escuela.

A don Miguel el olor también lo había despertado, pero de inmediato lo había reconocido y no le había dado importancia.

Desde hacía unos veinte años, por falta de recursos económicos no se había vuelto a hacer un censo y, por esta razón, era difícil decir con exactitud cuántos habitantes tenía la ciudad. Tomando en cuenta la tasa anual de nacimientos y la incesante inmigración de campesinos, y a partir de los populosos anillos de miseria que la circundaban, se calculaba de que iba ya por seis millones. Teniendo en cuenta el desorden urbano, el dato significaba cientos de miles de vehículos echando humo en las avenidas, aguas negras filtrándose en las acequias y en los ríos, y muchas fábricas expulsando tóxicos en zonas habitadas. Por eso, aunque el olor a azufre no estaba entre los registrados por la memoria olfativa de don Miguel como uno de los contaminantes de la zona, tampoco lo sorprendía. Podía ser el signo de que una nueva industria había empezado a operar o de que un nuevo producto, de una ya establecida, era procesado.

Sin darle más vueltas al asunto, también se levantó y se fue a bañar. Doña Arabela preparó el desayuno. Joaquín y Luisita se les unieron y la familia desayunó junta. Aunque el comentario obligado fue sobre la desagradable novedad del día, la fetidez, tampoco le dieron demasiada importancia. Luego, los hijos se marcharon a clases.

Cuando, poco más tarde, don Miguel salió en busca del autobús, observó la calle con sus hileras de casitas a cada lado, todas con un pequeño jardín. Lucía limpia y despejada, casi sin movimiento. La mañana era fresca y el cielo estaba azul. Muy lejos, alzándose detrás de la primera cadena de montañas, se divisaba el pico nevado del cerro Torinto, cuyo nombre provenía de la palabra tehurintlo, que en la lengua indígena significaba «blanco eterno». Don Miguel pensó que si no fuera por los malos olores, cualquiera diría que la contaminación era mentira. Aspiró hondamente y notó que ya no olía a azufre. Así era siempre: los olores llegaban y se iban de un momento a otro porque la dirección del viento cambiaba o porque alguna fábrica había comenzado a elaborar otro producto.

El olor a azufre se volvió a sentir varias veces en las siguientes dos semanas. Se presentaba de manera intermitente e irregular. Al cabo de la segunda semana, aumentó su frecuencia e intensidad. Toda la familia Cienfuentes, acostumbrada a aguantar esas molestias con una paciencia más que razonable, estaba cansándose de él. Por su causa habían perdido el apetito y se habían vuelto irritables, y don Miguel había comenzado a pensar que aquellas emanaciones, no solo las de azufre sino todas, los llevarían a tener que mudarse, algún día, a un sector menos contaminado.

Una tarde en que doña Arabela estaba en la puerta de la casa conversando con su vecina, la cuestión tomó un giro imprevisto.

-…y con este olor a azufre es como para volverse loca, ¿verdad, doña Amparo?- dijo doña Arabela, al acabar su resumen sobre los problemas recientes de la ciudad.

-¿Cuál olor a azufre, Arabelita? Nosotros no hemos sentido nada, pero ahora que lo menciona, sí me llega un olorcillo, aunque parece venir de dentro de su casa-respondió la vecina.

-¡Ay, no! Pero si desde hace días por todo el barrio huele a azufre- insistió doña Arabela.

-No, Arabelita. Debe ser idea suya porque no hemos notado nada en nuestra casa, ni los otros vecinos han mencionado nada parecido. Solo el olor de la torrefactora de café se ha puesto más fuerte que nunca, y eso lo comentaba justamente ayer con Marta Villegas. Mire usted que a ese café quién sabe qué le ponen para que huela a maní quemado.

Doña Arabela no insistió más, pero apenas don Miguel llegó al anochecer, le relató su conversación con la vecina. En los dos días siguientes, ambos se pusieron a observar con atención lo que ocurría en el vecindario, y don Miguel hacía su recorrido de tres cuadras hasta la parada del autobús olfateando el ambiente, con la nariz echada para adelante y hacia arriba, como si así aumentase su sensibilidad.

Una noche, al sentarse a cenar, don Miguel informó a doña Arabela y a los hijos la conclusión de sus investigaciones olfativas:

-Es cierto: en el barrio no huele a azufre. Es solo aquí, en la casa. La causa está aquí y tenemos que encontrarla.

Entre los vecinos ya se había corrido la voz de que los Cienfuentes tenían un problema con un olor extraño y esperaban con curiosidad que se conociese la causa.

Nuevamente fue Panchito quien hizo un descubrimiento. Una tarde se sentó en el piso de la sala dispuesto a extender una cartulina en la que tendría que dibujar un mapa para una de sus tareas escolares, cuando sintió que el suelo estaba caliente, anormalmente caliente. Llamó a su madre y a sus hermanos para que comprobaran el fenómeno. Palparon muchas veces la superficie de cemento lujado y no hubo duda de que el centro de la sala estaba muy caliente; el calor descendía hacia las otras áreas en forma gradual, pero alcanzaba los dormitorios.

Cuando por la noche a don Miguel le mostraron esa otra evidencia de que algo extraño ocurría, pensó que había llegado el momento de saber con exactitud lo que era y afrontarlo. Le pareció que el asunto requería la intervención de alguna institución pública y de personas entendidas en la materia. Pero no sabía de qué materia exactamente se trataba. Por consiguiente, no sabía a quién acudir. Primero descartó el ayuntamiento. Pensó que allí se encargaban de recoger la basura y de darle mantenimiento a la iluminación de las calles. No le parecía, por tanto, que su problema tuviera que ver con ellos. Pero podía ser que debajo del piso de su casa pasara alguna tubería subterránea de la ciudad que se hubiera roto o que desde alguna alcantarilla cercana se fugasen aguas negras o desechos tóxicos. En ese caso, la Empresa Pública de Acueductos y Alcantarillados debía hacer una inspección.

A la mañana siguiente llamó por teléfono. Le transfirieron la llamada tres veces, de oficina a oficina, hasta que lo comunicaron con el Departamento de Detección de Fugas.

-Sí, señor; nosotros nos encargamos de hacer las inspecciones, pero solo de las cañerías y del alcantarillado que se encuentran en terreno público; lo que se encuentra en áreas privadas es responsabilidad del propietario, le explicaron.

En los primeros instantes quedó perplejo e impotente, pero como tenía urgencia de encontrar ayuda, siguió pensando en alternativas. «Si el calor viene de abajo, la causa debe estar allí. El subsuelo es de la competencia del Ministerio de Recursos Naturales y de Minería”, se dijo. Tomó de nuevo el teléfono y llamó, mas una secretaria le dijo que las consultas no se podían evacuar por teléfono; debía presentarse personalmente para que le explicara su problema a un técnico o a un ingeniero. Tuvo que pedir permiso en el trabajo para ausentarse una mañana.

Cuando llegó, le dijeron que el ingeniero Rodríguez estaba en su oficina, pero atendiendo a otra persona y que aquel otro señor estaba esperando, pero que, en su turno, también sería atendido. Solo tenía que esperar un ratito. Resignado, se sentó.

Una hora y media más tarde el ingeniero Rodríguez lo hizo pasar a su despacho.

-En efecto, es raro lo que usted me cuenta y tiene que haber una explicación, pero nosotros no hacemos ese tipo de trabajos. Inspeccionamos minas, damos permisos para la explotación de los recursos del subsuelo, pero no nos ocupamos de meternos debajo de una casa. Lamento no poder ayudarle, le dijo después de haberlo escuchado relatar su inusual problema.

Todo el resto del día Don Miguel se quedó abatido por la impotencia.

Por la noche lo esperaba otro disgusto.

-¡Una verdadera imprudencia, Arabela! -fue la increpación que le salió de la boca cuando supo que ella le había contado lo del calor del piso a doña Amparo.

-Pero Miguel, si una no encuentra consuelo en los vecinos, que siempre han sido tan cariñosos, ¿dónde lo va a encontrar? Así por lo menos una comparte sus preocupaciones, se defendió ella.

Don Miguel sabía que todos los vecinos los observaban desde que su esposa le había contado a doña Amparo lo del olor a azufre. Por eso, esta vez desconfiaba y no quería andar en boca de todo el mundo, como una rara curiosidad.

Pronto supo que no se había enojado en balde. En cuestión de tres días todo el barrio estaba al corriente de que en casa de los Cienfuentes olía a azufre y de que el suelo despedía un calor terrible.

-¡Es cosa del demonio! -sentenció alguien-. ¡Se les metió el diablo en la casa! ¡Quién sabe qué pecado terrible habrán cometido!

Santa palabra. Si los Cienfuentes ignoraban el motivo de sus problemas, para los vecinos la cosa estaba clara. Los seguían saludando -pues la hipocresía obliga-, pero con mucho recelo. Evitaban entablar conversación y hasta doña Amparo no se acercaba más al portal a charlar; se limitaba a mirar desde su casa, entreabriendo la cortina. Los niños, más crueles que los adultos, atacaban a Panchito en la escuela diciéndole que nadie quería ser su amigo porque era un hijo del demonio y porque su familia vivía en el pecado. En los recreos formaban un círculo a su alrededor y le gritaban: «¡Diablo, diablo!» Panchito llegaba llorando a su casa para enterarse de que a sus hermanos mayores también los discriminaban en el liceo. Tampoco faltaron algunas llamadas telefónicas anónimas, tratándolos de malignos e instándolos a que se marcharan a vivir a otra parte.

En las noches, siempre envueltos en aquel repugnante olor, la familia de don Miguel se abrazaba en silencio y rezaba, sofocándose en aquella sala recalentada.

Convertidos en objeto de escarnio, los Cienfuentes tuvieron que sufrir una humillación más cuando un periódico amarillista dio cuenta con grandes letras en su portada: PIDEN EXORCISMO EN CASA ENDEMONIADA. Ante los extraños fenómenos que sucedían en un barrio de la capital, la comunidad demandaba que el cura párroco se decidiera a intervenir y practicara un exorcismo.

Habiendo sido siempre muy correctos y acostumbrados como estaban a ser vistos con consideración, más que el azufre nauseabundo y el calor a don Miguel y doña Arabela les molestaba ser víctimas de tanta maledicencia. Estaban consternados.

Habían transcurrido tres semanas desde que todo comenzó, cuando las casas más próximas comenzaron a ser alcanzadas por el penetrante olor, que día a día ganó terreno hasta alcanzar la calle y sentirse en todo el barrio. Las llamadas anónimas arreciaron y los Cienfuentes pasaron a ser mirados con una mezcla de fobia y temor, pues los vecinos los consideraban responsables de su infortunio. Para colmo, el calor bajo el suelo también se extendió y el asfalto de las calles comenzó a derretirse. En el interior, las viviendas se fueron haciendo cada vez más calientes, desde el piso hacia arriba. En poco tiempo, la vida de los pobladores del barrio se volvió insoportable.

Como el problema ya afectaba a mucha gente, adquirió las proporciones de una calamidad pública que estaba al borde de desatar una histeria colectiva de imprevisibles consecuencias, especialmente para los Cienfuentes, expuestos como estaban a una acción punitiva por parte de la comunidad. Sin embargo y por dicha, tampoco faltaban algunas mentes racionales y prudentes. Alguien pensó que un caso tan grave de perturbación del ambiente merecía una atención más cuidadosa de parte de los poderes públicos. A esto ayudó el que otros vecinos tomaran la iniciativa de llamar, cada quien por su propia cuenta, al Ministerio de Salud Pública, para quejarse de la contaminación ambiental. Más preocupados por lo que sucedía bajo el suelo, otros habitantes llamaron al Departamento de Aguas Superficiales y Subterráneas -nombre que, por esos artilugios de la burocracia, excluía a las marítimas-, y otros más al de Recursos del Subsuelo, ambos del Ministerio de Recursos Naturales y de Minería, para exigir una seria e inmediata intervención. Muchos quejosos escribieron a los diarios, que reprodujeron sus demandas con un tono de escándalo y culparon al Gobierno de ser negligente. Tanta presión hizo que por fin en el Poder Ejecutivo alguien diese instrucciones para atender tan singular caso y, por ser la única institución destinada a la exploración de yacimientos petrolíferos y contar con el equipo y personal apropiados para investigar el subsuelo, solo entonces el Primer Ministro encargó a la Empresa Nacional de Hidrocarburos tomar cartas en el asunto. A tal decisión llegaron las autoridades luego de convencerse de que, en un radio de tres kilómetros a la redonda, ninguna nueva industria había empezado a operar, ni ninguna de las plantas establecidas había variado sus modalidades de producción. Aún más, previamente verificaron que en esa zona ninguna planta utilizaba azufre o compuestos sulfurosos. Los planos de canalizaciones, alcantarillas, cañerías y desagües del sector tampoco mostraban la existencia de algún ducto antiguo y olvidado.

Una mañana llegaron varios camiones que se distribuyeron en distintos puntos del barrio con su pequeño ejército de técnicos y obreros con uniformes y cascos amarillos, botas altas de hule y una cantidad grande de herramientas y máquinas. Entre estas últimas había varias perforadoras que eran haladas en remolques. Inicialmente los técnicos parecían un poco desorientados: no sabían qué buscar ni por dónde comenzar. En lo primero estaban tan perdidos como todos, ya que nadie tenía ni la menor idea de las características de lo buscado. En cuanto a lo segundo, resolvieron acometer la tarea comenzando en cualquier parte, por lo que comenzaron a perforar las calles y las aceras. Con el debido permiso de sus moradores, entraron a inspeccionar muy pocas casas, pero temerosos de dañar los hogares los abandonaron sin que nada les hubiese llamado la atención, salvo el agobiante calor que estaba en todas partes. Por consiguiente, pronto se concentraron en perforar las vías públicas. Desde un laboratorio móvil instalado en la parte trasera de un camión grande, blanco y cerrado, un grupo de especialistas daba seguimiento a los datos que suministraban los aparatos de ultrasonido, detectores de metales y termómetros de suelo. Otros analizaban las muestras tomadas de distintos puntos del suelo e inclusive un hombrecito, también de uniforme amarillo, se paseaba con una horqueta de madera en las manos, recurriendo a la radiestesia para descubrir cualquier flujo subterráneo. Todo el barrio estaba sometido a esa exploración minuciosa. Los niños se divertían corriendo detrás de tantos camiones y gente extraña. El ruido de las perforadoras excitaba la imaginación de grandes y pequeños, todos a la expectativa de lo que fuese a brotar de las profundidades del subsuelo. La conmoción era grande.

La casa de los Cienfuentes fue objeto de una exploración especial. A toda la familia se le pidió desalojar la vivienda. Los muebles del comedor y de la sala, lugares donde la temperatura era más alta, fueron trasladados al jardín. Don Miguel, doña Arabela y sus hijos se quedaron en la acera del frente, entre una muchedumbre que esperaba que de ello resultase la solución del enigma. Con taladros neumáticos y los oídos protegidos del ruido con orejeras especiales, un par de obreros acometió la perforación del piso de la sala. Desde la calle, la bulla de los taladros se confundía con la de las otras máquinas que eran operadas en todas las esquinas.

Don Miguel solo pensaba en los destrozos y en el costo de reconstruir la vivienda. Tendría que endeudarse nuevamente; tal parecía que nunca terminaría de pagar hipotecas.

Los trabajos continuaron durante toda la mañana y siguieron por la tarde. Pasada la agitación de las primeras horas, la gente seguía esperando, cansada y aburrida

Como ningún momento era el esperado, en el momento menos esperado el resultado brotó. Todos vieron cómo a los cien metros de la casa de los Cienfuentes los operarios de una perforadora se bajaban de la máquina y agitaban un pañuelo rojo, en señal de que algo habían encontrado. Simultáneamente, los obreros que estaban dentro de la morada de los Cienfuentes salieron, sofocados, llamando a gritos a su jefe. Pronto hubo un movimiento de hormigas entre el personal de la Empresa de Hidrocarburos. Técnicos y obreros corrían por las calles, se llamaban, se reunían, con aire preocupado hablaban por radio quién sabía con quién. El camión blanco se aproximó y de él bajaron tres especialistas que con refinados instrumentos entraron a la casa de los Cienfuentes. Después de un rato demasiado largo y en medio del murmullo silenciado de la multitud, salieron con rostros inexpresivos y se trasladaron, seguidos por ella, a la esquina donde se hallaba la perforadora. Vehículos con altoparlantes comenzaron a transitar pidiéndole a la población que mantuviera la calma y evacuara la zona. Mientras se ponía en práctica una solución de más largo plazo, las instrucciones eran que debía concentrarse en un campamento que era montado en el sector opuesto de la ciudad; se le otorgaba un plazo de tres horas para recuperar las pertenencias más valiosas; un servicio de transporte sería organizado en ese lapso y los arreglos necesarios serían hechos para proveerla de alojamiento y alimentación, así como para garantizar la satisfacción de otras necesidades básicas.

Los vecinos escuchaban aquellos mensajes con incredulidad. Los reporteros se comunicaron con sus respectivos medios para alertarlos de que algo grave estaba ocurriendo y, en el caso de la televisión, para hacer ver a sus respectivos canales la necesidad de mantener la transmisión en vivo. Una hora más tarde, centenas de policías habían acordonado un perímetro de diez cuadras a la redonda. Algunos periodistas ya transmitían entrevistas en directo. La gente, entre asustada y molesta, daba las mismas respuestas:

-No nos dicen qué pasa. Pero de donde vivo no me voy a ir, pase lo que pase. De mi casa tendrán que sacarme muerto.

Pero la terquedad generalizada de los vecinos fue confrontada por la policía, que amenazó con desalojarlos por la fuerza y, por su propio bien, llevarse detenido a todo aquel que se empecinara en desobedecer las órdenes. La seguridad pública, lo que fuera que eso significara, estaba primero.

A esas alturas, ya nadie culpaba a los Cienfuentes. Los vecinos intuían que la emergencia era de otra índole y ajena al comportamiento de esa familia. En la calamidad, los Cienfuentes se habían mezclado con el resto de los habitantes del barrio, conocidos casi todos, y ahora nadie los rechazaba; al contrario, muchos les sonreían tratando de congraciarse nuevamente con ellos para hacerse perdonar la injusticia cometida contra ellos y volver a tener cercanía con quienes, para bien o para mal, se habían convertido en la familia más notable de la ciudad. Los Cienfuentes devolvían el gesto, aliviados de volver a su pequeño mundo social.

Al cabo de dos horas, junto con otras cuarenta personas, don Miguel, doña Arabela y sus hijos subieron a uno de los tantos autobuses puestos al servicio de la evacuación, y otra hora después, al anochecer, en otra parte de la ciudad, ingresaron a una de las decenas de tiendas de campaña levantadas en los terrenos de una escuela, convertida en dormitorio colectivo para los refugiados.

Confusión e incertidumbre prevalecieron hasta las nueve de la noche, cuando fueron invitados a pasar al salón de actos públicos del establecimiento. Allí, con visible consternación, el director de la Oficina de Emergencias y Catástrofes Naturales les explicó lo que ocurría:

-Hemos declarado todo el sector oriental de la ciudad como zona de altísimo peligro. Permanecerá en alerta roja indefinidamente y la evacuación es definitiva.

Un murmullo de sorpresa y de protesta se alzó, pero fue rápidamente aplacado por los propios pobladores.

-La zona es inhabitable. Las altas autoridades del Gobierno aprobarán un plan para que puedan asentarse en otro lugar, en casas nuevas. En realidad, toda la ciudad corre peligro y estamos ante un problema de tales proporciones, que se requerirá de más tiempo para resolver todo lo que hay que hacer. Los resultados del trabajo de hoy nos han sorprendido a todos, pero los hemos comprobado y no hay ninguna duda: el barrio se asienta sobre un nuevo volcán. El magma hirviente ha venido carcomiendo la capa del suelo hasta el punto que en la actualidad tiene un grosor de apenas unas decenas de metros. En capas que están a pocos metros de profundidad, los barrenos alcanzan altas temperaturas. Se trata de un proceso que viene ocurriendo desde hace mucho tiempo. Si la presión aumenta, en cualquier momento el volcán puede explotar y salir a la superficie, formando un cráter, pero también existe el riesgo de que antes el suelo colapse y las casas se hundan. El punto más débil se halla donde se ubica la morada de la familia Cienfuentes, aunque toda una zona de un kilómetro a la redonda está en condiciones parecidas. Esto no significa que el resto de la ciudad esté a salvo. Imagínense las repercusiones de una erupción. Ahora sabemos que, por estar asentada sobre un suelo volcánico, la ciudad siempre ha estado en peligro.

En medio de un silencio casi completo, el funcionario carraspeó un par de veces antes de continuar:

-No es la primera vez que un volcán aflora. En el Pacífico Sur hay registros recientes de islas volcánicas que han surgido del mar. La verdad es que de esa manera emergieron cadenas enteras de montañas. Los volcanes actuales, con sus altos cerros, como el Torinto, así surgieron. Lo grave es que al emerger producen un cataclismo. En nuestro caso, toda la ciudad desaparecerá…

Exclamaciones de dolor y de asombro interrumpieron brevemente su relato.

-Desaparecería con sus seis millones de habitantes, si no tomamos medidas de inmediato. Por eso, ya se están formando grupos de socorro y se está organizando una evacuación masiva, mucho más grande que la de hoy. Como comprenderán, esto planteará muchas dificultades prácticas. Por ahora, les rogamos tener mucha paciencia y cooperar en todo lo que puedan.

El revuelo fue mayúsculo. Al día siguiente, los diarios ocuparon sus primeras planas para dar la noticia y varias páginas interiores para exponer entrevistas, análisis, comentarios y diagramas de todo tipo. La radio y la televisión se lanzaron a mantener programas de varias horas seguidas y una transmisión en vivo ininterrumpida. Ministros, geólogos, amas de casa, opinaban acerca de los distintos aspectos del fenómeno. Una campaña se puso en marcha para ayudar a los damnificados y hacerles llegar cobijas y alimentos. El pánico fue general: todos se sentían amenazados. Pero la ciudad reaccionó como un pájaro espantado que alza vuelo, revolotea y vuelve a posarse en el mismo lugar. Después del segundo día en que la prensa, la radio y la televisión explotaban el tema, quienes habían tenido un primer impulso de huir y establecerse en otra parte del país, seguían habitando sus casas y yendo a sus trabajos. Discutida la cuestión por el Consejo de Ministros, se llegó a la conclusión de que el país no estaba en condiciones de evacuar a seis millones de personas ni, mucho menos, realojarlas, sin considerar el costo que significaría abandonar toda la infraestructura pública y privada de la ciudad: carreteras, hospitales, edificios, fábricas, viviendas y una lista interminable de bienes muebles e inmuebles.

-Después de todo –razonó el Primer Ministro en el Consejo de Ministros- otras ciudades tienen problemas bastante similares y la gente las sigue habitando. Vean ustedes el caso de California, donde una ciudad como Los Ángeles se asienta sobre la falla de San Andrés. Se dice, incluso, que en el norte de ese estado es esperable un terremoto de grado diez en la escala de Richter, es decir, un cataclismo capaz de alterar considerablemente el perfil de la costa y de la topografía y de matar a millones de personas. Lo sentiríamos incluso aquí. Sin embargo, la población no abandona la ciudad. En 1972, por estar asentada también sobre una falla, Managua, la capital de Nicaragua, fue arrasada por un terremoto que dejó decenas de miles de muertos. Y ¿qué hicieron los habitantes? Pues siguieron viviendo en el mismo lugar, hasta el día de hoy. En nuestra ciudad no tenemos ninguna certeza de que ocurra una catástrofe mañana, ni pasado ni dentro de un año. No sabemos cuándo. Ni siquiera ha brotado lava. Entonces, señores ministros, no nos precipitemos.

Los acuerdos que se tomaron tendían a dar un mensaje de tranquilidad a la población. Las oficinas de gobierno seguirían funcionando normalmente. El Primer Ministro y los otros miembros del gabinete permanecerían en sus despachos, como de costumbre. Se integró una Comisión Nacional para atender la emergencia y se le dio un plazo de sesenta días para estudiar sus alcances y hacer recomendaciones.

La Comisión Nacional apeló a la ayuda de algunos países amigos y logró que Estados Unidos financiara la llegada de un experto del Centro Federal de Observaciones Vulcanológicas, de Hawai, y que Japón enviara un experimentado sismólogo. Con el concurso de otros científicos, se organizaron seminarios y debates sobre el problema. En un programa de televisión, el vulcanólogo hawaiano sostuvo que bajo la superficie de la ciudad el magma abarcaba grandes extensiones, a veces de cientos y hasta miles de kilómetros cuadrados, y que podría desfogarse por el cráter del volcán Torinto, con el cual, seguramente, estaba conectado. Un geólogo de la Universidad Nacional, el doctor Elio Zubizarreta, planteó una hipótesis más pesimista al decir que la Tierra estaba en un período de recalentamiento y que el problema del adelgazamiento de la capa del suelo no era local: el planeta entero estaba por fundirse. Al día siguiente, los fanáticos de una secta religiosa marcharon por las calles del centro capitalino anunciando, con pancartas y altavoces, el fin del mundo. Los demás científicos, por una vez en la historia, no ridiculizaron lo dicho por el grupo de fanáticos religiosos y concedieron que había una cierta probabilidad de que la secta y, por supuesto, el doctor Zubizarreta, estuviesen en lo cierto.

-Es plausible la tesis del pronto fin del mundo –dijo con el aire petulante de la autoridad académica, el doctor William York, de la Universidad de Stanford, otorgándole así el sello de validez científica a la idea.

Vencido el plazo inicial de dos meses, la Comisión solicitó una prórroga por otro lapso igual, ya que quedaba mucho por investigar, y le fue concedida. Otras prórrogas se fueron sucediendo, hasta que el ambiente de catástrofe inminente se enfrió y la ciudad retomó su ritmo normal. Las gentes siguieron trabajando, durmiendo, comiendo, divirtiéndose y haciendo el amor como en el pasado.

Mientras tanto, los Cienfuentes y casi todos sus vecinos pasaban verdaderas dificultades. Fueron los únicos cuyas residencias se habían tornado realmente inhabitables. Algunas se habían desnivelado debido a la maleabilidad del suelo, y toda el área seguía caliente; declarada zona de desastre, aparecieron en ella algunas fumarolas. De las instalaciones de la escuela que les daba refugio fueron trasladados a otro campamento, donde permanecieron durante seis meses. Desesperanzadas de recibir la ayuda prometida del Gobierno, poco a poco las familias se fueron ubicando en casas de alquiler en otras zonas de la ciudad. Cuatro años después de haber sido desalojados de su barrio, llegaron las elecciones y el nuevo Gobierno cumplió una promesa electoral y construyó una nueva urbanización para los damnificados. En un acto público ampliamente cubierto por la prensa y previo discurso del Primer Ministro, les entregaron los títulos de propiedad y las llaves de doscientas treinta y cinco casitas levantadas en una loma ubicada a casi una hora en autobús del centro de la ciudad.

Ese mismo Gobierno construyó, bajo techo, una gigantesca maqueta de ochenta metros cuadrados, en una nueva ala del Museo de Historia Natural, en la que, en relieve, con un corte transversal, se muestra toda la ciudad, con sus edificaciones y accidentes del paisaje, asentada sobre una capa terrosa tan delgada como una sábana, que a su vez flota sobre una pasta incandescente. Con un artificio de iluminación han logrado que la lava parezca hervir de verdad. Hasta la autopista periférica está ilustrada de tal manera que es una gran atracción para los niños: cientos de pequeñas lucecitas de colores, que representan a los automóviles, se desplazan a toda velocidad por los diferentes carriles de una pista en miniatura, que le da la vuelta al distrito central. Al mirarlas, se tiene la sensación de estar inmerso en el movimiento denso y vertiginoso del tránsito.

Con motivo del descubrimiento del volcán subterráneo, la ciudad se dio a conocer en todo el mundo. Gracias a los satélites, las agencias noticiosas y la televisión llevaron a todos los puntos del globo imágenes de la capital y de los monumentos que se perderían con una eventual erupción. Relataron la historia de la urbe y pusieron mucho énfasis en que, por estar sobre un volcán, era una rareza única. Esto la puso sobre el mapa internacional de los puntos de interés turístico y desde entonces una oleada interminable de viajeros comenzó a visitarla. Por su tamaño y su función didáctica, la maqueta es una de las primeras atracciones que permite a los visitantes comprender la naturaleza del fenómeno. Luego, son llevados a observar, desde prudente distancia, el barrio abandonado de los Cienfuentes. Aunque para la radio y la televisión internacionales la ciudad no es noticia, los turistas continúan llegando.

Los hijos de los Cienfuentes han seguido creciendo. Joaquín está en la universidad, Luisita terminará el bachillerato este año y Panchito cursa el tercer año del liceo. Doña Arabela ha hecho amistades en el nuevo vecindario. Como todos los días, Don Miguel se acaba de bajar del autobús, en el centro urbano y va camino de su oficina. Ve pasar un vehículo con turistas y piensa que, cuando el volcán se levante, para todos los que estén allí será el fin del mundo, aunque no lo sea en otros sitios, como predijeron los de la secta, y que en ese momento los turistas encontrarán la tragedia que buscan con su aventura, la misma tragedia que, llevados por la inercia de la costumbre, los lugareños no han querido o no han podido eludir.

«¡Qué más da! Todos volaremos juntos, si antes no nos mata la contaminación, que está cada vez peor», se dice don Miguel.

En ese mismo instante, a seis kilómetros de allí en línea recta, el suelo del viejo barrio comienza a levantarse lentamente pero con una fuerte trepidación, y no hay nadie para escuchar el crujido de casas que se desploman o se vuelcan y de calles que se parten, pero desde la distancia ya se ve la prominencia que emerge y se extiende agrietándose en ríos de lava incandescente. Pronto se escuchará reventar la bocaza de fuego con el estruendo de mil truenos, y se verá salir de ella una enorme bocanada de gases en combustión, que se expandirá hacia abajo, en todas las direcciones, quemándolo todo a su paso. Los retumbos de la explosión acompañarán el terremoto destructor que sacudirá, con violencia, la tierra. Un manto lóbrego de humo y gases tóxicos oscurecerá el cielo y una lluvia de cenizas cubrirá los restos de la ciudad.

Después, en la penumbra y el silencio, un olor a azufre flotará sobre los escombros.

Don Miguel, quien no presiente la inminencia, agrega este pensamiento: «Al menos en lo que me quede de vida no tengo ninguna hipoteca que pagar.» Y ajustándose el sombrero acelera el paso para no llegar tarde a la oficina.

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