Enrique Castillo: La noche de la última hora

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Enrique Castillo.

A la luz de una vela, el viejo Sabio apoyó la pluma sobre el papel. Las letras fueron apareciendo, temblorosas, alargadas hacia lo alto, dejando adivinar el trazo elegante que habían tenido en el pasado. Enlazadas unas con otras, fueron formando palabras. El Sabio leyó lo que había escrito:

Esta es la noche de la última hora.

Depositó la pluma en el tintero y apagó la vela. A través de sus espejuelos sin aro miró por la ventana hacia la oscuridad del cielo. Tuvo el presentimiento de que al poner por escrito aquella afirmación, le daba cuerpo al conjuro, pero nada pasó. Sereno, pensó que aunque esta era la noche, la última hora todavía no llegaría. Entonces, se dispuso a esperar.

Su cabaña reinaba sobre el monte. Hacía muchísimos años que desde el sillón de su escritorio veía transcurrir la vida del mundo por la ventana abierta. Aspiraba los silencios del viento, oteaba las maldades de las gentes que se debatían en la ruindad cotidiana de las ciudades, escuchaba las miserias del campo, se enteraba, cuando se daban, de los gestos de ternura y de bondad de seres humanos y animales, y admiraba la majestuosidad de las estrellas. Desde la distancia, era el único que conocía el verdadero devenir del mundo y adivinaba sus terribles secretos. Era, también, el único que entendía las esperanzas. Cuando dudaba, consultaba los grandes libros de sus predecesores, atesorados en los anaqueles de su formidable biblioteca. En esas escrituras había encontrado las primeras referencias de lo que estaba por acontecer porque en ellas todo estaba escrito, tanto el pasado del universo como su futuro, conocido este con la misma certeza que aquel, hasta la última hora, y aun un poco después de ella, aunque la lengua de los textos era ambigua. Por ello, los interpretaba reverentemente, procurando desentrañar sus significados y sus correspondencias actuales, sin torcerlos.

Estaba convencido de la conclusión a la que había llegado: el tiempo se acabaría esa noche. Muchas veces la cotejó y todos los grandes libros le parecieron concordantes. Lo único que no podía precisar era la hora exacta de la última hora; pero eso lo tenía sin cuidado. Una imprecisión así era insignificante comparada con la duración total del proceso. Este había tardado tantos milenios que alcanzaba las existencias sucesivas de muchísimas galaxias.

Se reclinó en su silla y juntó sus manos en la nuca. No estaba impaciente ni temeroso. Estaba muy viejo para tener miedo. Por el contrario, se sentía halagado. Consideraba un enorme privilegio que le hubiese correspondido ser el encargado de dar testimonio del advenimiento de la última hora y, más que de dar testimonio, de oficiar su recibimiento. Nadie lo había investido, pero su vasta erudición lo había hecho ser el escogido. Aunque, acaso, no podía hablarse de escogencia; el destino determinaba pero no escogía. El devenir encontraba a quien estaba en su camino, pero no lo elegía. En todo caso, tampoco sabía el Sabio, a pesar de su sabiduría, si en todo ello había una voluntad superior. Los grandes libros no trataban la cuestión y él no había encontrado indicaciones en uno u otro sentido.

También tenía mucha curiosidad: sus ojos vivaces estaban atentos a que, en cualquier instante, la última hora llegase, pero no sabía cómo reconocerla.

Sabía que los vocablos no debían ser tomados al pie de la letra, con el significado que modernamente tenían. La última hora no era la de la muerte de nada ni de nadie; tampoco el final de algo material: ni del mundo ni del universo. Ningún libro la refería así. Sería tan solo la última hora de un proceso. No obstante, algo portentoso terminaría y algo portentoso empezaría en esa hora.

¿Sería una dislocación del universo? ¿O, tal vez, una rápida transición? Los manuales no indicaban su naturaleza ni su amplitud, pero sí eran concluyentes en cuanto a afirmar que ocurriría un cambio. Si una hora es final, es porque algo se interrumpe. Sin embargo, la continuidad no estaba excluida porque, después de la hora final, podía haber una hora inicial de otro recuento. Algunas de las obras más viejas traían ya la referencia de otro comienzo. Al visualizar las imágenes que ellas proyectaban sobre este tema, aparecían escenas borrosas de un renacimiento cataclísmico. Desgraciadamente los libros eran tan antiguos que su potencia de proyección imaginaria estaba muy deteriorada. Habían perdido casi toda la nitidez. Cuando fueron grabados, todo se percibía en ellos con absoluta claridad, mas ahora provocaban evocaciones confusas. No obstante, la cuestión del reinicio estaba corroborada gracias a libros que estaban menos dañados por ser más recientes y que retomaban esos informes, aunque no literalmente.

Pero otra duda se había suscitado en la mente del Sabio: la incertidumbre de si la noche de la última hora sería, realmente, una noche y, en tal caso, ¿de acuerdo con cuáles latitud y longitud? La noche, ¿adónde? Aunque no había una sola línea que lo dijera de manera explícita, los teoremas y las fórmulas a partir de los cuales calcular la respuesta sí estaban registrados en notas al pie de página o en anexos bastante legibles, y el Sabio había podido intentarlo, confiado en que no mediaban errores. Fue una tarea muy laboriosa, que le tomó trece años continuos y en la que utilizó la tecnología más avanzada. Así pudo determinar que sería la noche de esa fecha en el hemisferio norte, en la franja subtropical que él habitaba, resultado que, para su suerte, le permitiría no tener que trasladarse a otro punto del globo a cumplir su misión. Por eso estaba ahí, en su propia casa, en el mismo ambiente que le era natural y familiar.

Los largos cabellos blancos descendían sobre la túnica también blanca que siempre vestía, consciente como estaba de su rango y de la dignidad de su función, a la que nunca había querido faltar. La condición de Sabio era prácticamente inalcanzable para cualquier mortal, tanto así que en la actualidad era el único que existía, aunque en el resto de la Tierra dos o tres hombres y mujeres, ya en la ancianidad, perseveraban en el largo y trabajoso camino para devenir en esa excepcional condición. Después de que todos los depósitos del conocimiento, todas las bases de datos, todas las bibliotecas, todos los registros, todas las fuentes de información habían sido saqueados, borrados y destruidos durante la Conflagración Mayor, eran poquísimas las personas que tenían el coraje y la dedicación, además del talento, para recopilar lo que pudiese recuperarse y levantar, de nuevo, un cuerpo de saber sistemático, completo y exhaustivo. Los grandes libros, redactados en la época de la escritura imaginodinámica, eran los que aparecían más frecuentemente en las pesquisas arqueológicas. La ciencia que contenían era bastante fiable e inconmensurablemente abundante para ser dominada por una persona ordinaria. No hay que olvidar que cuando la Conflagración Mayor empezó, el conocimiento había alcanzado un grado de desarrollo casi perfecto. Se sabía todo sobre todo. Era normal, entonces, que el Sabio, depositario de tal bagaje, adoptase la solemnidad de un santo, aunque no lo fuese. Lo hacía, es justo reconocerlo, sin arrogancia. Por ser sabio era humilde pero digno, y esto lo expresaba con el uso de la túnica blanca.

A la una de la madrugada el Sabio comenzó a sentir el tormento del sueño. No obstante, la conciencia del deber lo hacía retenerse en la vigilia. La responsabilidad era enorme como para eludirla por una debilidad humana.

Pero a pesar de su lucha, el Sabio se durmió, sentado en su silla. El paisaje nocturno permaneció inalterado. Ningún fenómeno visible se destacó en el cielo ni en las praderas, monte abajo. Las estrellas siguieron brillando y la Luna siguió irradiando su luz blanquecina.

A la 1:37:05:02:03:42, hora de Greenwich, en los confines del universo la expansión cesó. La maquinaria celeste llegó a su punto más dilatado desde la primigenia explosión. Las fronteras invisibles del espacio dejaron de desplazarse y, en el vacío e inacabable silencio, los planetas, masas y partículas limítrofes dejaron de avanzar en la nada infinita y no se alejaron más del centro de la explosión. Todos los relojes de la Tierra se detuvieron. Por la inercia, los objetos celestes continuaron rotando en sus ejes, girando en sus órbitas, oscilando en el mismo sentido en que lo habían hecho siempre, pero desacelerándose y, en la milésima de segundo siguiente, el universo entero empezó a caerse de nuevo hacia el lugar del origen. La contracción empezó.

El Sabio despertó con las primeras luces del alba y pensó que se había equivocado en sus cálculos. Con resignación, aceptó la tarea de revisarlos durante otros trece años. Pero después notó, para su consuelo, que los relojes se habían detenido, y cuando constató que esto había ocurrido en toda la Tierra, vio allí el signo de que la última hora sí había llegado y desechó la idea de repetir sus cálculos, a pesar de que el significado de aquella hora había quedado oculto para él.

El Sabio descansó durante dos días seguidos. En todo el planeta poner de nuevo los relojes en la hora correcta fue un lío porque, como absolutamente todos se habían detenido, hubo que definir una nueva hora de Greenwich a partir de la cual todos los relojes pudieran dar la que les correspondía. Cuando el Sabio se levantó de su descanso, esa dificultad había sido resuelta y todos los relojes caminaban, como siempre, hacia adelante. Por eso, menos aún pudo adivinar que la gran contracción había comenzado, ya que ella no iba hacia el pasado. Cronológicamente iba hacia adelante, como los relojes. La llegada al punto de origen, donde se concentrarían todos los cuerpos celestes en una sola masa, se situaba en el futuro.

Mejor que el Sabio nunca supiera que la contracción conmocionaría el orden de la naturaleza. En la Tierra, muchas formas de vida, entre ellas la humana, no soportarían los estragos de la reversión. Pero lo que más lo hubiese entristecido es que la inversión del movimiento falsearía para siempre el saber que había tardado toda una vida en acumular. La verdad contenida en los textos ya no tendría ningún valor.

Nada de ello pudo adivinar el Sabio. A la tercera noche se sentó una vez más a su escritorio, frente a la ventana. Se sabía viejo y la espera de la última hora lo había cansado durante aquellos trece años. Su aspecto ojeroso denotaba agobio físico y espiritual. Estaba inconforme pues intuía que si en todos los libros había indicaciones de un final y, en algunos, de un comienzo, no era posible que todo consistiese únicamente en una banal detención de los relojes y en su consecuente puesta en marcha otra vez.

En ese trance estaba cuando -nunca podría saber con certeza si fue un sueño al haberse quedado dormido nuevamente o una revelación- vio la figura de un hombre, viejo también, que aparentaba la solemnidad de un sacerdote oficiando alguna clase de rito entre vapores fríos y empuñando un báculo, con una abundante caballera blanca, quien le habló así:

-Hombre sabio, tus esfuerzos por conocer la verdad no han de quedar sin recompensa. Has de saber que desde hace tres días las leyes particulares del universo han cambiado, pero ese cambio es expresión de una ley más general. Luego, todo discurre de acuerdo con la naturaleza de las cosas. De ahora en adelante en lugar de leer los libros, escribirás uno nuevo. Porque el universo entero y todo cuanto en él ocurre no tienen importancia por sí mismos. Que sean importantes o no depende de que el ser humano los piense. Solo en su mente tienen sentido. Para que adquieran un significado, es preciso que escribas lo que acontece y lo que ha de acontecer y que lo divulgues entre tus semejantes…

La figura desapareció de la conciencia del Sabio. Se quedó impresionado y pensativo. Después exhaló un suspiro y, con resolución, tomó pluma y papel y empezó a escribir:

Esta es la historia del universo a partir de la noche de la última hora…

Pero como realmente no tenía los conocimientos suficientes para escribir un tratado sobre el segundo futuro, dio en imaginárselo y emprendió la redacción de un largo poema. Así, el Sabio se hizo Poeta y, al cabo de dos años de redacción, había concluido su libro, en el que describió, con inspiradas palabras, la historia del segundo futuro y de los demás, en un texto circular en el cual explicaba que el tiempo de los seres humanos, el que miden los relojes, no existe en el infinito; que todo final es principio y todo comienzo un final. Adivinó que, después de la expansión, el universo podría contraerse para volver a explotar y así sucesivamente; y concluyó que nada de eso tenía importancia, sino el instante, cada instante en que se huele una flor y se oye cantar un pájaro. Vivió desde entonces en el universo de ese pensamiento, el único valedero. Optó por recitar sus versos, desde su ventana, a todas las personas que quisieran escucharlos. Las gentes acudían a oírlo. Algunas decían que, de tanto estudiar, había enloquecido porque sus palabras no tenían el rigor lógico de la ciencia, sino la fresca irracionalidad de la poesía.

Después de haber divulgado así su libro y considerando que había cumplido su misión, un día el Sabio Poeta lo guardó en un armario de su biblioteca, que clausuró para siempre, y mientras en el espacio sideral prevalecía el silencio y los astros se encaminaban a fundirse unos con otros en un encuentro distante, se sentó, como antes, a mirar por la ventana el milagro mundano de la vida cotidiana, sabiendo ahora que en él cada hora era la final y la primera de una pequeñez, y cada noche era la de la última hora de un sueño que se renovaba

Nunca lo supo, pero había alcanzado el pensamiento de Dios.

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