Enrique Castillo: Marcanzo, el enfermo

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Enrique Castillo.

Estaneco entró al habitáculo destinado a los parientes y a las visitas. Ya estaban allí Carmelia y Rudonievo, esposa e hijo del enfermo.

-¿Cómo está el paciente?- preguntó, sin saludar.

-Por el momento, estable. Todavía no hay un diagnóstico -contestó Carmelia con tristeza-, pero lo han colocado en un respirador. Está inconsciente.

Estaneco buscó la ventana. El cielo estaba gris oscuro. Las edificaciones de la ciudad se distinguían, en medio de la bruma, gracias a sus luces y a sus colores alegres.

-¡Qué bonitos se ven desde aquí los edificios, todos hechos de garonia, tan pulidos y de colores tan variados!- exclamó.

-Es bonita la vista desde aquí -asintió Rudonievo-. Con ese cielo que parece tan normal nadie diría que pudiese haber algo dañino en el aire.

-Se habla mucho de eso últimamente. El riesgo parece ser real, a pesar de que todos los edificios y las áreas públicas tienen aire respirable gracias al sistema de ductos -explicó Estaneco-. Son los que salen con frecuencia al exterior de la ciudad, como tu padre, quienes están expuestos al peligro, aunque no se percaten porque el aire parece tan sano. Sin embargo, espero que lo de él no tenga que ver con eso.

El propio Estaneco sintió que la referencia al enfermo había sido una metida de pata. Incómodos por ella, los tres guardaron silencio.

La espera se hacía larga. A los 120 años, Marcanzo todavía era joven y fuerte, y Carmelia tenía la seguridad de que resistiría cualquier mal, pero su internamiento en el Centro de Cuidados no dejaba de causarle inquietud.

Rato después, los tres percibieron en sus mentes la señal de comunicación telepática, gracias a los microconvertidores implantados en sus cortezas cerebrales.

-¡Ah!, el médico, por fin- exclamó Carmelia.

Estaneco y Rudonievo también apretaron los botones de sus brazaletes para establecer la comunicación. Estaneco ya oía y veía la imagen tridimensional sobrepuesta a la sala en la que estaban. Cerró los ojos y entonces solo quedó la nítida imagen del médico. «Este microconvertidor sí que funciona bien; da una mejor visión que el anterior», pensó, ufanándose de su nueva adquisición.

-Es una suerte que lo hayan traído a tiempo- dijo el médico. -Lo hemos puesto en el respirador para reequilibrar su consumo de aire. Le estamos suministrando aire reforzado con dosis complementarias de dióxido de carbono y algún tanto de plomo, mercurio y gases enriquecidos. Ha vuelto a despertar y está de buen ánimo. No obstante, lo mantendremos en el respirador unas seis horas más y en observación hasta mañana, ya que necesitamos hacerle algunos estudios para descartar que haya un daño perdurable.

-Doctor -interrumpió Carmelia, todavía angustiada-, ¿qué cree que le ocurrió?

-Bueno…–dijo el médico metiendo sus manos en las bolsas de la gavacha fosforescente, señal de su perfecta esterilidad-. Aún no estoy seguro. Aparentemente ha estado respirando aire incompleto. Los primeros exámenes de sangre revelaron un bajo índice de metales pesados y de derivados de los gases. En cambio, los niveles de oxígeno en el cerebro están por encima de lo normal. En esas condiciones, un desvanecimiento no es sorprendente. Solo nos falta verificar que no haya sufrido daño pulmonar o cerebral. Confío en que los resultados serán buenos y que mañana mismo podrá marcharse. Lo mejor es que ustedes lo hagan ahora y, apenas tengamos más noticias, yo me telecomunicaré con ustedes.

-¡Gracias!- dijeron los tres, casi al unísono. Terminada la comunicación abrieron los ojos. Se pusieron de pie.

-Tiene razón el médico -dijo Estaneco-, será mejor que nos marchemos.

-A mí me gustaría telecomunicarme con Marcanzo para preguntarle personalmente cómo se siente pero, con seguridad, le habrán desactivado el microconvertidor para que esté tranquilo –se quejó Carmelia.

-Precisamente, mamá, necesita estar tranquilo -alegó Rudonievo-. Ya sabemos que está fuera de peligro y eso es lo que importa.

-Está bien. Vamos, entonces -contestó Carmelia con resignación mientras tomaba su bolso de una silla.

Viajando por el tubo transportador rumbo a su apartamento, Estaneco pensaba en el estado de su amigo. «Me da pesar ver cómo estamos descomponiendo este mundo», se dijo a sí mismo. «Hemos descuidado la naturaleza.»

Y entonces reflexionó sobre la maravillosa evolución que había permitido a la especie humana sobrevivir durante tanto tiempo. Como arqueólogo que era, él lo sabía mejor que nadie. La ciencia había logrado descifrar algunas evidencias del pasado a partir de reconstruir arcaicas técnicas de transmisión y almacenamiento de la información y del saber, técnicas no telepáticas -¡tan viejas eran!- y que requerían de un voluminoso soporte compuesto de transmisores y reproductores. Se conocían los nombres de una buena cantidad de esos instrumentos: televisores, radios, videograbadores, cintas, satélites, teléfonos… Y si bien después del Período Cataclítico no había sido posible encontrar entero y en buen estado ni uno solo de ellos, sí se había logrado reconstruir algunos. Al propio Estaneco le había tocado participar, junto a su maestro, el profesor Markvinzu, en el hallazgo y la recuperación del primer videodisco fosilizado, encontrado en las afueras de Circuencia. Una vez limpio y restaurado, fue enviado al Instituto de Técnicas Antiguas, de Arenza, donde también contaban con un visor láser de discos, que había sido reparado en el instituto mismo. Se suponía que el disco encontrado en Circuencia podía contener información inapreciable sobre los primeros miles de años de vida humana, pero el profesor Markvinzu y Estaneco no pudieron ver su contenido por carecer de un visor, razón por la cual tuvieron que enviarlo a Arenza. Desde allí se habían reportado ya las primeras conclusiones y el disco comenzaba a aparecer en los anales arqueológicos con el nombre de «Disco Markvinzu-Circuencia», en reconocimiento a su descubridor, su viejo maestro.

Desde este descubrimiento, que lo enorgullecía aunque solo le correspondiera haber participado como asistente de su viejo profesor, la historia humana comenzaba a contarse de una manera diferente: antes y después de MC, es decir, del disco Markvinzu-Circuencia. Y a partir de trabajos como ese se habían comenzado a hacer inferencias de gran importancia. Una de ellas era que, en esos tiempos que hasta entonces se llamaban “prehistóricos” y que ahora eran simplemente “aMC”, esto es, “antes del disco Markvinzu-Circuencia”, la atmósfera se componía mayormente de oxígeno y que, por sorprendente y raro que pareciera, los seres humanos primitivos respiraban y vivían en ese ambiente. Otros análisis más detallados permitieron suponer que los vegetales, como árboles y plantas, consumían alternativamente, en una contradictoria etapa de transición, oxígeno y dióxido de carbono. De ser cierta esta hipótesis, los vegetales eran las formas más avanzadas del desarrollo de la vida, aunque el pensamiento estuviese más evolucionado en los humanos, sin ser exclusivo de estos: restos óseos encontrados en varios lugares indicaban que los otros animales también tuvieron cerebro. Se podía, entonces, suponer que tenían capacidad de raciocinio y de comunicación, cosa que las plantas -se sabe hoy con bastante certeza- no habían logrado aún. Lo curioso era que, hasta el momento, no se habían encontrado vestigios de pensamiento y comunicación de los otros animales.

A pesar de que los humanos comenzaron más tardíamente a desarrollar la capacidad de absorber dióxido de carbono y los metales y gases que hoy son la base de la vida en la Tierra, ya habían iniciado procesos de producción de esos elementos. Si bien parecía que en esa época eran considerados subproductos indeseables de procedimientos que tenían otras finalidades, todo indicaba que en algún momento llegaron a tener variados métodos de producción: fábricas con vertederos aéreos llamados «chimeneas», vertederos líquidos, productos industriales enlatados que contenían gases, y hasta rudimentarios medios de transporte que arrojaban generosas cantidades de minerales y gases. Sin embargo, se desperdiciaban de una manera lamentable porque no se había establecido todavía la necesidad de su aprovechamiento. ¡Y pensar que hoy, gracias al progreso, se tenían plantas exclusivamente dedicadas a su fabricación y sin las cuales la vida sería imposible! Era definitivo que sus organismos funcionaban de acuerdo con otros principios y que necesitaban respirar oxígeno, ese elemento tan temible y dañino. Luego, ocurrió la mutación que adaptó el organismo humano al consumo de gases y metales.

Pudo ser consecuencia de algún cataclismo químico del que solo sobrevivieron muy pocos humanos que ya tenían una cierta predisposición a adaptarse a una atmósfera distinta y que, poco a poco, repoblaron el planeta; o pudo ser el resultado de una lenta y paulatina reconversión del organismo, inducida por las variaciones del ambiente.

En todo caso, el cerebro ya era bastante voluminoso. Al decir de la antropología, incluso es posible que ya tuviese los dispositivos para cumplir muchas de las funciones de la actualidad, pero el aire no era suficientemente rico para permitirle funcionar a plenitud. El cambio más importante parece haberse producido en los riñones que, en lugar de eliminar elementos preciosos como el plomo, el mercurio y otros, comenzaron a permitir su fijación en el organismo, luego de ser absorbidos por medio del aire o de los alimentos.

El cambio fue radical, cualquiera que haya sido el tiempo que tardó -varias centenas de miles de años, posiblemente. La introducción de estos nuevos elementos en el torrente sanguíneo dio como resultado una especie más fuerte, el doble de longeva, mejor adaptada a un medio en el cual el oxígeno, dichosamente, se enrarecía cada vez más.

Pero el ser humano se empeñaba en alterar las santas reglas de la naturaleza que permitieron ese avance -se quejó Estaneco-. Hoy la producción de oxígeno alcanzaba niveles peligrosos, aunque los responsables del Órgano Rector insistieran en negarlo.

Carmelia pensaba lo mismo al llegar a su casa. Ella consultaba regularmente el Centro Enciclopédico Diario y en su visión telepática había observado noticias de algunos lugares en los que el cielo se había enrarecido y la capa protectora y nutriente de dióxido de carbono y de otros gases se había disipado hasta tal punto por la presencia del oxígeno, que por momentos se había logrado ver la dañina luz del Sol… Tenue, es cierto… pero se veía.

Durante una reciente reunión, la Asociación Científica de Circuencia había alertado al Órgano Rector de que, incluso si la luz del Sol no fuese visible directamente, el adelgazamiento de la nube protectora podía dejar pasar rayos peligrosos y una luminosidad que, por débil que fuese, por difícil de percibir que resultara para el ojo humano, era excesiva y capaz de causar estragos. Nada sorprendente era, entonces, lo que le había pasado a Marcanzo, quien por razones de trabajo salía con demasiada frecuencia de los ámbitos urbanos.

Los demás no corrían peligro. Como bien había dicho Estaneco, el aire controlado de los ámbitos era una garantía. Pero para Carmelia eso no era consuelo: si Marcanzo moría, ella preferiría morirse también. ¿Cómo sobrevivir sin su compañero de un siglo de existencia? Rudonievo era un hombre independiente y ya no los necesitaba. Pronto tendría su propia compañera y podrían diseñar su descendencia en el biolaboratorio más prestigioso de Circuencia.

Sin embargo, con el nuevo día desaparecieron estas preocupaciones. Carmelia recibió el aviso de que Marcanzo sería dado de alta y de que podía pasar a recogerlo al Centro de Cuidados. Cuando el tubo transportador la llevó hasta allá, Estaneco, el buen amigo que nunca fallaba en los momentos difíciles, ya estaba allí. Esta vez el médico la recibió en persona, junto con Marcanzo, quien se aproximaba en una silla flotante, pero con buen aspecto.

-Aquí se lo entrego, restablecido- dijo el doctor-. Solo está un poco débil, pero se recuperará en pocos días.

-Los exámenes dicen que estoy bien -dijo Marcanzo con una sonrisa-. No hay ni la menor señal de daño permanente. Todos los tejidos están en buen estado.

Carmelia lo abrazó con fuerza y le besó la frente. Estaneco lo despeinó con un gesto de cariño.

-Le voy a dar estos cigarros puros -dijo el doctor a Carmelia-. Se los aplicará en caso de que tenga un decaimiento. Son de hojas de papel de viscosa -sintético, por supuesto- impregnado de minerales y metales pesados, y secado al horno termomagmático, y cuya combustión genera las dosis necesarias de gases para unas doce horas. Pero no es preciso que los fume si se siente bien.

Agradecida, Carmelia tomó la caja de cigarros y la puso bajo su brazo.

Se despidieron del médico y subieron al tubo transportador. Carmelia y Estaneco tomaron sus asientos mientras que la silla de Marcanzo estabilizó su flotamiento. El paisaje era sublime: las colinas, tupidas de árboles blanquecinos; la bruma, de partículas minerales, densa; el cielo, opaco y gris. Al otro lado, al fondo, las luces de Circuencia, efervescente de actividad humana. Llegarían en un par de segundos

Carmelia pensó, aliviada, que no había sido más que un susto y que su marido viviría muchos años más.

También aliviado, Estaneco pensó que la descomposición del ambiente aún tomaría muchos siglos antes de poner en peligro a la especie humana. Y para entonces, la ciencia inventaría algún remedio o se produciría, ¡quién sabía!, otra mutación que haría posible para el ser humano volver a respirar oxígeno.

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