Enrique Castillo: El creador de viveros

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Enrique Castillo Barrantes.

Era una tibia mañana de fines de mayo de 1945, cuando Charles Erlichmann, un muchacho de veinte años, salió de la boca de una estación del tren subterráneo, en el Bronx, cargando un pesado bulto de tela que contenía todas sus pertenencias, inclusive su último uniforme militar. La guerra estaba finalizando y, recién liberado del servicio activo en el ejército, venía a establecerse de nuevo en la casa de sus padres, en la calle 220 este, para ingresar a la vida civil.

Caminó un par de cuadras y ascendió los escalones de madera que daban acceso a la puerta principal. Tocó con los nudillos. Se oyeron unas pisadas por el zaguán; la puerta se abrió y apareció una mujer de unos cincuenta años, delgada, con el pelo gris y un delantal blanco. Los ojos de la mujer se dilataron y comenzaron a inundarse de lágrimas, pero ella no sollozaba sino que sonreía, calladamente. Extendió los brazos y acogió a su hijo con un abrazo envolvente, besándole los ojos, las mejillas, la cabeza. Luego, posó sus manos sobre los hombros del joven para admirarlo.

-¡Hijo, qué sorpresa! ¡Gracias al cielo has regresado con vida! ¡Muchacho, qué guapo estás! Lástima que tu papá no esté, pero pronto regresará del trabajo a almorzar.

Cerraron la puerta y fueron a sentarse a la sala. Era una vieja casa victoriana de madera, de dos plantas, con un corredor y un patio traseros. Charlaron un rato y luego él subió a la planta alta a desempacar sus cosas y a retomar posesión de su cuarto, mientras su madre iba a la cocina a terminar de preparar el almuerzo.

Al mediodía, cuando el señor Erlichmann llegó, fue la fiesta: abrazos, alegría, risas. Se sentaron a almorzar. Cuando su padre le preguntó cuáles planes tenía para su vida fuera del ejército, Charles le comunicó su intención de estudiar ingeniería. Mientras maduraba ese proyecto, optaría por buscar un trabajo cualquiera, ojalá en aquella parte norte de Manhattan.

Después de buscar durante varios días, obtuvo un puesto de dependiente en un almacén de abarrotes cuyo propietario conocía a los Erlichmann desde hacía muchos años. Con ese trabajo normalizó su situación y pudo empezar a aportar a sus padres una contribución mensual para el sostenimiento del hogar. Tomó doscientos cincuenta dólares de sus ahorros del ejército y, trabajando durante los fines de semana y en las prolongadas tardes del verano y de principios del otoño, construyó un pequeño vivero para dedicarlo a su afición a las plantas. Era una precaria armazón de madera incrustada en el corredor trasero de la casa para aprovechar, en el invierno, el abrigo de su alero. Tenía paredes de vidrio y en su interior unas toscas mesas alargadas. Sobre ellas colocó los potes y las macetas con las plantas que, en un comienzo, fueron muy pocas. Un par de estantes agregaban capacidad al invernadero para cuando Charles lograra reproducir las plantas.

El vivero era su mayor entretenimiento. Se acercaba a cada mata y con sus pequeños ojos azules, ligeramente saltones, las observaba cariñosamente, las levantaba con una delicadeza extraordinaria, inesperada en unos brazos tan fornidos y en unas manos tan gruesas como las suyas, y les hablaba. Los atardeceres del verano, calurosos y silenciosos, los pasaba entre sus criaturas vegetales, mimándolas, convencido de que eran sensibles a su ternura.

El trabajo en el almacén de abarrotes le haría descubrirse otro talento: el de los negocios. Con el correr de los meses, ya familiarizado con el funcionamiento de la tienda y con su clientela, pensó que el vivero podría proporcionar algunos ingresos para sufragar los gastos de mantenimiento. De paso, quizá le quedase a Charles alguna suma para financiarse sus estudios. Así, le propuso a su patrón crear una sección dentro del almacén para vender las macetitas con los retoños que producía en el patio de su casa. El jefe accedió a poner la idea a prueba; esta tuvo un rápido éxito y le permitió a Charles mejorar su inventario de plantas.

Dos años después, un cliente del almacén le preguntó de dónde provenían las matas. Cuando le explicó que las cultivaba en su casa, aquel se mostró interesado en conocer el vivero. Con el orgullo de mostrar el fruto de su esfuerzo lo invitó a visitarlo y el extraño, al ver la cantidad y la variedad de plantas, le ofreció comprárselo todo, incluidos los estantes, las mesas y los utensilios, por tres mil dólares. En el primer momento Charles pensó en el cariño que les tenía a sus plantas y en el sacrificio personal invertido en la construcción del vivero, pero comprendió que con esa suma podría hacer cosas mucho mayores que las realizadas con los doscientos cincuenta dólares iniciales, y aceptó el trato propuesto.

Alquiló un lote en una calle cercana y emprendió la construcción de un nuevo vivero, esta vez de mayor tamaño. Cuando lo tuvo instalado, se convirtió en el proveedor de varias floristerías y renunció a su trabajo en el almacén de víveres. Hizo fructificar el establecimiento y abandonó su idea de estudiar ingeniería. Había llegado al convencimiento de que el trabajo con las matas era el que le gustaría seguir haciendo el resto de su vida. Cultivaba felicidad para distribuirla por todos los sectores, contrarrestando la tensión y la crudeza de la vida diaria en la gran ciudad. Además, era una actividad rentable, capaz de proporcionarle seguridad económica para el futuro. Como para demostrarlo, se trasladó a vivir a un apartamento que compró a plazos y les ofreció a sus padres una vida más cómoda, contribuyendo con generosidad a su sostenimiento.

Cinco años más tarde, volvió a vender su negocio en veinticinco mil dólares. Recomenzó, y dos veces más vendió el vivero, sustituyéndolo cada vez por otro más grande, hasta que se convirtió en uno de los más poderosos negociantes de plantas de Manhattan.

A los treinta años se había hecho rico y se había endurecido.  El comercio era rudo y la competencia implacable. Para vencer había que ser astuto y fuerte. Charles llevó hasta la perfección una capacidad que había comenzado a desarrollar en el ejército: el dominio de las emociones. No le era posible actuar sin sentimientos, sin emociones, sin pasión, como lo hubiese querido, pero podía controlar sus manifestaciones, guardar una apariencia imperturbable, que desarmaba a aquellos con quienes negociaba. Con esa misma técnica desesperaba a los competidores. Su perfeccionada disciplina le permitía parecer el más ecuánime de los hombres. Nunca levantaba la voz, razonaba con su interlocutor, a veces dando extensos rodeos, otras atacando directamente el punto en discordia, pero siempre persuasivo, atento. Cuando el contrario se enojaba, era seguro que perdería la partida a favor de Charles. Lo único que delataba un estado de tensión era su vicio del fumado, constante e insaciable cuando afrontaba una dificultad.     Solamente en la soledad de su vivero, en las noches, cuando el personal se había marchado, dejaba que surgieran sus angustias o que manara toda su dulzura. Conversaba con las plantas comunicándoles sus quejas, que salpicaba de expresiones cariñosas y de caricias hechas con la yema de los dedos. Tampoco con sus padres había cambiado. Seguía siendo un hombre bueno y sensible, que se revestía de una armadura para salir a la calle.

A los cincuenta años de edad había visto morir a sus padres, quienes se fueron uno tras el otro en un lapso de cinco años, y se había quedado solo. Aunque para entonces era aún más rico y exitoso, su ambición no estaba colmada. Comenzó a idear un nuevo proyecto. En lugar de hacer germinar las plantas en el clima artificial de un invernadero, en una ciudad como Nueva York, se establecería en un lugar tropical, de esos de flora abundante y frondosa en los que el retoño, el crecimiento y la floración de las plantas se dan con una fuerza que no se puede imitar. Desde allí podría exportarlas a cualquier parte, ya no solamente a Nueva York, y al mayoreo, no al detalle. Sería la internacionalización de su negocio y habría de tener un éxito seguro porque, para esa época, Charles se había convertido en el mejor experto en el cultivo de plantas tropicales.

El lugar ya lo había determinado. Sabía que Costa Rica es un país que tiene características únicas en el mundo, favorables al cultivo de muchas especies. Se trasladó, pues, a Costa Rica, y compró una finca.

Fue cuando lo conocí. Yo había llegado, hacía poco tiempo, desde Austria, mi país natal, después de haber obtenido, en Holanda, mi título de ingeniero agrónomo especializado en ingeniería genética. Soltero, joven y recién graduado, yo quería descubrir el exotismo de América y al mismo tiempo aplicar mis conocimientos en aquella región. Estaba en busca de un trabajo y alguien me habló de la llegada de Charles y de su proyecto. Fui a buscarlo. Ambos andábamos tras lo mismo, cada uno en su nivel: buscábamos fortuna en Costa Rica, él como empresario y yo como técnico. Congeniamos de inmediato y me contrató como miembro de su equipo de especialistas.

En un par de meses me había convertido en uno de sus hombres de mayor confianza. Bajo su dirección emprendimos la organización de la finca y en poco tiempo hicimos de ella la mejor de América Central.

Pero tampoco eso bastaba. Charles quería hacer de su negocio algo gigantesco y desplazar del mercado de las matas ornamentales a los comerciantes de Holanda, poner fincas en Asia y hacer una megaempresa de dimensiones mundiales. Para eso requería un gran capital del que no disponía. Habría que pasar a las grandes finanzas, acudir a la banca internacional y a las bolsas de valores. Contrató una firma de abogados y de contadores de Nueva York, quienes pusieron sobre el papel un plan de inscripción de la empresa en la bolsa de valores de esa ciudad para hacer un aumento de capital de treinta millones de dólares, por suscripción pública.

El plan era bueno, pero Charles no quería esperarse a que todas las acciones estuviesen vendidas. Por ello, entabló negociaciones con un grupo de bancos de Miami para obtener un préstamo «puente», de corta duración, en el entendido de que, una vez que hubiese comenzado la venta de las acciones por medio de la bolsa de valores, el préstamo «puente» se convertiría en uno a largo plazo, que se iría pagando a medida que las acciones se fueran vendiendo. Los bancos de Miami accedieron a condición de que la operación en la bolsa de valores fuese dirigida y respaldada por un banco francés, el Crédit d’Aquitaine, condición que el mismo Charles había propuesto. Cuando el banco francés firmó el contrato, sus colegas de Miami giraron los fondos del préstamo «puente» a la empresa de Charles.

Comenzó la renovación de la finca en Costa Rica, primera fase del gran proyecto. En poco tiempo Charles había logrado su propósito para esa etapa. Convertimos toda la finca en un enorme vivero, con la más moderna tecnología. Personal uniformado supervisaba el crecimiento de las matas movilizándose, por primera vez en una empresa así, en «cuadraciclos». En un laboratorio que desde luego era mi preferido, se hacían injertos o fertilizaciones con aplicación de la ingeniería genética; un equipo de profesionales organizaba la comercialización internacional y el transporte. Charles había logrado hacer de su plantación la mejor finca de matas ornamentales en el mundo y exportaba medio millón de dólares al mes.

Para afianzar la venta de sus productos, viajaba con alguna frecuencia para tomar parte en reuniones de negocios y en ferias internacionales. En uno de esos viajes, durante una recepción de gala en Los Ángeles, California, que tuvo lugar en un hotel de lujo, conoció a Elizabeth Burlington, una hermosa mujer de Illinois, de treinta y ocho años, divorciada. La serenidad y la vitalidad de Charles, trajeado de esmoquin esa noche, sedujeron a Elizabeth. Se vieron en varias otras ocasiones y Charles le contó sus proyectos. Era la primera vez que encontraba a una mujer, que no fuese su madre, con la que sentía suficiente confianza como para desprenderse de su impuesta frialdad. Ella supo comprenderlo y compartir su ambición. Estaba dispuesta a luchar a su lado. Entonces decidieron no dejar pasar más el tiempo y ella se trasladó a vivir con él en Costa Rica, mas resolvieron posponer el matrimonio hasta que Charles culminara la realización de sus planes.

Aunque el proyecto estuviese todavía en proceso de ejecución, con Elizabeth su vida llegó a la cúspide: maduro y con experiencia, rico y exitoso, con un plan de negocios que marchaba bien, el amor de una mujer joven y leal hacía que todo fuese casi perfecto. Solamente una dolencia cardiaca, que le había sobrevenido con los años, limitaba su euforia, haciéndole recordar que la felicidad total no existe.

Y pronto sabría también cuán efímera era la felicidad. La venta de las acciones en la bolsa estaba por comenzar. De repente, una mala noticia llegó por el télex: el nuevo Gobierno socialista de Francia había decidido nacionalizar el Crédit d’Aquitaine. Una sombra de incertidumbre cubrió la empresa de Charles, como tantas otras en la ola de nacionalizaciones que estaba emprendiendo el Gobierno francés.

En pocos días más los abogados de Charles le dieron otra noticia, fulminante: el director de operaciones bursátiles del banco francés acababa de ser sustituido por un nuevo funcionario, un burócrata proveniente del Ministerio de Hacienda quien había decidido echar marcha atrás en algunos negocios que consideraba riesgosos para el banco, y el de Charles era uno de ellos.

Los banqueros de Miami le comunicaron, una semana más tarde, que sin respaldo bancario francés para el aumento de capital por suscripción pública, el préstamo «puente» lo consideraban vencido, de acuerdo con las cláusulas del contrato, y requerían su pronto pago.

Por mes y medio el grupo de bancos intentó, mediante telefonemas, télex, cartas y correo electrónico, que Charles pagara. Para este, lo que pedían era imposible: todo el dinero estaba invertido. Necesitaba tiempo para que las ventas de la compañía generaran los recursos para honrar la deuda. Pero los bancos no estaban dispuestos a esperar. Presentaron su reclamo ante las cortes de la Florida y un juzgado emitió una orden de embargo contra los bienes de la empresa y contra las acciones de Charles en ella. Luego, una petición internacional fue enviada por el juzgado de la Florida a los tribunales de Costa Rica para que el embargo fuese practicado y se nos retirara a los tres principales responsables, incluyendo, por supuesto, a Charles, de la administración de la sociedad. Así se ejecutó y, repentinamente, Charles se vio despojado del control de su negocio. Además, los bancos contrataron un abogado costarricense para que nos acusara penalmente por defraudar, según decían, a la empresa.

En medio de esa crisis, llegué una mañana a buscarlo, a su casa. Fue Elizabeth quien me abrió la puerta. Me dijo que, muy temprano, Charles había sido alertado por alguien acerca de una orden de detención expedida en su contra y de que ese mismo día sería arrestado.

-Está escondido en un motel. Si quieres vamos allá, pero antes debemos buscar un abogado que lo defienda.

Después de hacer varias llamadas telefónicas, conseguimos un buen abogado, que se comprometió a llegar al motel.

Cuando Elizabeth y yo llegamos, Sven, un ingeniero sueco quien era el tercer miembro de la administración, estaba ya con Charles. Habían alquilado un apartamento bien dispuesto para soportar un largo sitio. Charles estaba, como siempre, calmado pero fumando. Vestía una sencilla camisa de punto, de mangas cortas. Cuando llegó el abogado empezamos una reunión que Charles dirigía, apoyando los brazos sobre la mesa, con la cabeza inclinada hacia adelante, en actitud de escuchar. Su grueso cuello y su pelo rubio muy corto le daban un aspecto de hombre rudo. Hacía toda clase de preguntas y trataba de definir una estrategia. Por lo pronto, había que defenderse y, más tarde, tendríamos que retomar, no una colina, como en las batallas convencionales, sino un jardín: la finca de Charles con sus plantas y sus flores. De pronto, detrás de las cortinas cerradas alguien tocó los vidrios de la ventana y una voz, la del abogado de los bancos, dijo:

-Erlichmann, sabemos que está allí. Es mejor que se entregue. La policía tiene sitiado el lugar.

Nuestro abogado nos hizo saber que, sin una orden judicial de allanamiento, no podían entrar a sacarlo.

A media tarde, el gerente del motel llegó al apartamento y nos informó que un oficial de investigaciones estaba allí con una orden de allanamiento y otra de detención contra Charles. Nos pusimos todos de pie y Charles reconoció, tras consultar con una mirada a su abogado, que por esa vez la jugada estaba perdida. Con un semblante de desamparo tomó su chaqueta, se la puso, se despidió de Elizabeth y le rogó que le llevara sus medicamentos para el corazón al día siguiente. Lo subieron a un automóvil de la policía sin insignias, y se marcharon.

Los demás nos quedamos consternados, impotentes, tristes.

Al día siguiente obtuvimos permiso para visitarlo. Lo llevaron al locutorio y, al ver a Elizabeth después de su primera noche de cárcel, se sentó y se puso a sollozar. Me conmovió ver llorando sin ningún disimulo a quien hasta hacía poco asistía a lujosas recepciones en Nueva York o en Beverly Hills, sin aspavientos pero orgulloso de su triunfo, ahora ultrajado, recluido y alejado de sus plantas, de sus flores, de los arbustos, como si el haberlos amado y cultivado hubiese sido un vicio. Estaba al borde de una crisis cardiaca.

Cinco días tardó el abogado en obtener la excarcelación bajo garantía. Charles regresó a su casa con la seguridad de que al menos mientras durase el proceso no sería detenido. Se acuarteló allí y empezó a organizar la lucha por retomar el control de la compañía y al mismo tiempo evitar una condena en el caso penal.

Era una pelea angustiosa. Los ahorros que había logrado salvar, con ser muchos, no eran inagotables y se iban gastando rápidamente en vivir y en pagar honorarios y gastos.

En los peores momentos Elizabeth, dando prueba de su desinterés, de su lealtad y de su gran amor, insistió en que se casaran ante un notario, sin ceremonia ni fiesta.

-Ya habrá tiempo, cuando salgamos de todo esto, para celebrar nuestro matrimonio con una gran fiesta en Hong Kong, a la que invitaremos a todos nuestros amigos del mundo entero, lo consoló ella cuando él dijo estar de acuerdo, pero que lamentaba tener que hacerlo casi a hurtadillas.

El abogado lo llamó un día para que fuese a su oficina, donde le dijo que tendrían que renegociar sus honorarios porque el asunto había resultado mucho más complejo de lo que había parecido al principio.

La policía judicial, por su parte, investigaba sus cuentas bancarias para embargar los fondos que hubiese en ellas.

Charles sentía que se iba hundiendo lenta pero inexorablemente.

Un día el abogado de los bancos de Miami logró que un policía corrupto, a cambio de una propina, se presentara a su casa a decirle a Elizabeth que se lo llevaría detenido otra vez. Escondido en una habitación, Charles se asustó muchísimo. El policía se fue y Charles buscó a su abogado para que lo protegiera. Luego de la primera experiencia en prisión, vivía aterrorizado por la idea de volver a ella. Tras hacer sus averiguaciones, el abogado constató que no había ninguna orden de detención y que tan solo se había tratado de una triquiñuela intimidatoria. Pero Charles no se tranquilizó.

Esa misma tarde yo llegué a su casa, como a las dos y media. Hablamos un rato y me puso al corriente de lo ocurrido. Cuando me iba a marchar, salió a acompañarme hasta mi automóvil, estacionado en la calle. Me monté en el vehículo y seguimos conversando por la ventanilla. En un momento, hablando de otras cosas, le conté que había tenido que dar muerte a mi perro, enfermo de un mal incurable y muy doloroso.

-Lo maté para evitarle el dolor, le dije a manera de justificación.

Se quedó mirándome, entre extrañado y sorprendido, como si, de repente, hubiese caído en la cuenta de algo inesperado, y me preguntó:

-¿Lo mataste para que no sufriera?

-Sí, le contesté.

-Ajá…, masculló, y permaneció pensativo por unos instantes, antes de dar media vuelta y entrar de nuevo a la casa.

En la noche lo llamé para saber si había alguna novedad. Elizabeth respondió la llamada y, con una voz distante y fatigada, me dijo:

-Charles está muerto. Tomó el automóvil como a las cuatro de la tarde y, una hora después, cerca de la ciudad de San Ramón, se fue a un precipicio. Es muy extraño porque era de día y no fue en una curva… Además, que yo sepa, nada tenía que hacer por ese lugar.

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