Enrique Castillo: El pintor

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Enrique Castillo Barrantes.

Abdulio Nacaredo hizo girar el pincel en la espesa pintura gris de su paleta, ya no tan gris por las iridiscencias de otros colores. Lo había pasado sobre la tela múltiples veces con residuos de otros tonos para producir en el gris mezclas nuevas. Hacía lo mismo con el azul, con el rojo, con todos. No le gustaba manejar colores bien definidos ni, mucho menos, los puros del arco iris. Amaba las incertidumbres, las ambigüedades, las polivalencias porque, según él, los colores puros no eran reales.

-Las flores, las hojas, el paisaje y sobre todo la piel, de cualquier raza, tienen colores indefinidos gracias a una gradación infinita. Cuando creemos que el cielo o el mar son azules, si observamos con atención tendremos dificultad para calificar de puro ese azul. Es un azul más, un posible azul entre muchísimos, cambiante con las horas… Por eso, para acercarse a lo natural, la pintura debe mezclarse- explicaba en soliloquio frente al caballete, en su taller. Con un gesto seguro y rápido aplicaba el pincel sobre la tela, añadiendo tersura a una mejilla, delineando la sombra de un párpado.

Abdulio Nacaredo, cincuenta y dos años, pintor. ¿Era lo suyo arte, oficio o profesión? Él pensaba que las tres cosas. Se consideraba un artista en busca de la perfección. «El dramatismo de mi pintura es bello. Mi esfuerzo por la autenticidad me acerca a la belleza. No hay duda: soy artista». Oficio también era: se ganaba la vida haciendo retratos para gente de bien que pudiera pagarlos, y gozaba de una merecida reputación en ese campo. Pero ahora, más maduro, habiendo pasado por todas las etapas de un aprendizaje forjado en la experiencia, mejor le caía representarse como un profesional: «No soy más un artesano; empiezo a alcanzar otro nivel».

Se había hecho pintor autodidacta. No tuvo la oportunidad de ir a una escuela de arte, pero desde la niñez sus manos inquietas habían traveseado con pinceles, espátulas, telas, paletas, trapos, cartones, papeles, lápices, plumillas; ensayando, probando, inventando siempre. Su fuerza creativa había buscado desfogue y lo había encontrado al jugar vigorosamente con las figuras humanas y la pasta del óleo. A falta de ambiente académico y de buenos museos, buscó orientación en los libros, que consultó en la biblioteca pública, donde reconoció a la corriente figurativa, realista y naturalista como la suya. Comparando láminas y reproducciones, fotografías y bosquejos, confirmó que el arte abstracto lo dejaba frío, que el impresionismo no lo impresionaba, que no entendía el simbolismo. Sólo la reproducción de la realidad lo conmovía. Por eso empezó por ser retratista. Pero aspiraba a ir más allá del retrato. Le apasionaban los problemas de composición de una escena histórica: dos o más personajes, un ambiente, un juego de luces y sombras. También una reunión de familia o un episodio en la vida del barrio eran temas que deseaba encarar, y mejor si se tratara de un gran hecho épico nacional. Sin embargo, cualesquiera que fuesen el motivo y la composición, siempre habría un elemento predominante: la psicología de los personajes, expresada en sus rostros.

Como tantos artistas, Abdulio Nacaredo era pobre. Vivía de su oficio apenas modestamente. Y la pintura de retratos le dejaba poco tiempo para la verdadera creación. No podía pagar modelos y le disgustaba pintar de memoria. Por estas razones aún no había emprendido esa etapa de cuadros complejos, pero se preparaba para llegar a ella concentrándose en el desarrollo de la técnica, ya no del retrato hierático, impasible, de personas de fuste, sino de sujetos anónimos, de preferencia salidos del pueblo.

Abdulio Nacaredo se retiró unos tres metros para echar una mirada de conjunto a la obra inacabada en el caballete. Estuvo de pie un minuto, en medio del cuarto. Enjuto, con un delantal manchado de pintura que lo cubría desde el cuello hasta las rodillas, tenía el aspecto del artista sedentario, de quien nunca hizo más ejercicio físico que el de caminar dentro de la casa. De nuevo se acercó. A través de los lentes sus ojos oscuros parecían más grandes y agudos. Aplicó la espátula con firmeza para rebajar el relieve de un trazo dado minutos antes y se alejó otra vez, con aire satisfecho. Se concentraba en su labor y pasaba horas enteras en ese afán creativo. Ahora manejaba un tono oscuro, casi negro, para el saco del personaje, cuyos pliegues resaltaba agregando un tono café.

Trabajaba en uno de los suyos, como solía decir. Los retratos por encargo no los consideraba propios. Los suyos los pintaba por su iniciativa, sin mediar pago de nadie. Con ellos era libre y obraba para su gloria futura, para el reconocimiento que alguna vez el mundo debería rendirle.

En el día se dedicaba a la labor de retocar y perfeccionar lo emprendido por las noches. Desde hacía ya muchos meses llegaba a eso de las once, amparado por la oscuridad, con un caballete desmontable y una caja con todos los utensilios, a tocar una puerta en el fondo del estacionamiento subterráneo de un edificio. Su amigo, Héctor Godínez, la entreabría sigilosamente y Abdulio penetraba en el recinto de cemento, usualmente frío e iluminado por tubos fluorescentes.

-¿Vas a trabajar con el mismo de anoche o quieres cambiar? Hoy entró una mujer; puede servirte -le dijo Héctor.

-Sí, prefiero algo nuevo. El anterior ya lo tengo casi terminado. Puedo empezar otro y trabajarlos simultáneamente en casa.

Retirando la sábana, Héctor descubrió un cuerpo inerme y desnudo sobre una camilla, y el pintor se aproximó. Observó escrutadoramente el rostro y, de seguido, se quitó el saco, empezó a instalar el caballete y abrió la caja de pinturas y pinceles. Poco después estaba delineando el boceto.

La amistad con Héctor le había permitido resolver, a su manera, el problema de la falta de modelos. Héctor era el guardián de la morgue judicial y había pensado que ningún daño haría en dejarlo aprovechar esos cuerpos. «Ni siquiera los toca; solamente los ve y los pinta», se justificaba.

Abdulio Nacaredo había recurrido a eso como único medio a su alcance para ponerse en el camino de Goya, su inspirador. Pintar seres humanos de todas las condiciones sociales era para él lo esencial en el arte de pintar. De todos los pintores vistos en los catálogos y tratados de la biblioteca, Francisco de Goya le parecía el artista ideal. Como retratista de la corte de Carlos IV, sus trabajos eran una enseñanza para Abdulio, por la minuciosa técnica empleada, el tratamiento de los detalles de vestimenta y ambiente, y el resultado fiel al rango y a la psicología de los personajes. Por otra parte, Goya legitimaba retrospectivamente el oficio de hacer retratos. Y también le mostraba el camino que debía seguir en busca de los rasgos verdaderamente humanos que solo se encuentran en la gente del pueblo. En las obras de Goya, con personajes sencillos y hasta de la canalla, Abdulio Nacaredo encontraba un objeto de emulación. Sin embargo, la historia y la geografía habían puesto al pintor Nacaredo en una casita modesta de un barrio cualquiera, de una ciudad cualquiera, en otra época, sin corte real ni grandes conmociones políticas. Por lo demás, Abdulio Nacaredo era indolente: no salía de su casa a observar la vida, nunca estaba en la calle para ser testigo de los acontecimientos ni para ver en la gente la expresión del dolor, de la miseria o del gozo en el transcurso de las acciones. Conocía estos inconvenientes, pero pensaba empecinadamente: «No importa; tiene que haber una manera de lograr lo mismo que Goya, por otros medios.» Así, se le había ocurrido que la morgue podía suplirle los modelos apropiados para levantar su labor creadora. La idea podría no ser mala si él compensaba con imaginación los demás elementos proporcionados a Goya por la realidad.

De todas las dificultades, la mayor era la de dar un matiz expresivo a los rostros inanimados de sus modelos. Estaba convencido de poder lograrlo y hacía un esfuerzo especial por asegurase de ello.

Completó quince telas, en todas las cuales había seres humanos de semblantes heterogéneos, desconocidos, en actitudes pasivas algunos y otros en ademán de hacer algo como tejer, tocar un instrumento, mirarse en el espejo. Por lo general estaban situados en un lugar cerrado: un cuarto, un salón prolijamente detallado con mobiliario, cortinas, adornos, alfombras, sin excesiva luz.

Su reputación de retratista le abrió las puertas de una galería para exponer sus nuevas obras. En algunos periódicos aparecieron reportajes y notas que anunciaban el suceso con títulos como este: Abdulio Nacaredo pasa del retrato a la pintura de situaciones; o este otro: El artista Nacaredo camino de la madurez. Y agregaba: Abdulio Nacaredo, ampliamente conocido en nuestro medio como retratista, inaugurará mañana su primera exposición individual con una serie de óleos recientes en los que incursiona en temas diversos, abandonando la fórmula tradicional del retrato…

Mucha gente concurrió a la inauguración y esa noche fue felicitado innumerables veces. Sin embargo, al día siguiente, un crítico de La Nación escribió:

 La exposición de pinturas de Abdulio Nacaredo, inaugurada anoche, reveló los progresos de este pintor en lo que se refiere al tratamiento del entorno y al realismo de los detalles; pero en lo que toca a la figura humana, se nota, en lugar de una evolución, una degeneración. Sus rostros son inexpresivos, impávidos, algunos hasta mortecinos, a pesar de la precisión del dibujo de sus rasgos. Le faltó al pintor infundirles vida… Notamos que Nacaredo se aleja de los retratos bien logrados de su primera etapa, en los que supo subrayar la vivacidad de una mirada o la calidez de una sonrisa, a pesar de que no se les situaba en un contexto preciso, para caer en miradas perdidas desprovistas, sin embargo, de misticismo, y en labios que no parecen murmurar siquiera…».

La agudeza del crítico lo había hecho acertar, sin imaginarse hasta qué punto. Era cierto: aunque el público no reparase en ese aspecto, puesto en el terreno del pretendido realismo del artista, un conocedor hubiese notado la falta de animación de aquellos rostros.

A pesar de que la gente siguió asistiendo a la exposición, Abdulio Nacaredo reconoció para sus adentros el fracaso de su intento. Tenaz como era, no se dio por vencido y se propuso corregir sus errores. Se dedicó a estudiar nuevamente con detenimiento toda la obra del maestro español. De ese profundo análisis sacó nuevas conclusiones. Volvió a notar, en las obras representativas de miembros de la corte, un acabado minucioso de los detalles; pero esas eran las que menos penetración psicológica mostraban. En cambio, en otros trabajos, centrados en personajes anónimos, gentes comunes, si bien los rasgos no estaban dibujados con el mismo refinamiento ni los ropajes se prestaban a una pintura vistosa, había en ellos una formidable fuerza descriptiva de emociones y sentimientos. «La nevada», por ejemplo, uno de los cartones hechos para los tapices reales, muestra cinco personas en cuyos rostros se ven la determinación, la paciencia, la dureza de carácter ante las dificultades del medio. En uno de los frescos de San Antonio de la Florida, «El milagro de San Antonio de Padua», las facciones de los sujetos están logradas en trazos anchos, toscos, pero tienen una expresión mística conmovedora. No obstante, era en la serie de «Las pinturas negras» de la Quinta del Sordo, donde esa faceta de Goya adquiría su cabal vigor. Se trata de cuadros sombríos, en los que está ausente el preciosismo académico, pero dotados de una fuerza dramática impresionante. Mas fue ante «El 3 de mayo de 1808: los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío», cuando Abdulio Nacaredo volvió a sentir una sublime emoción. Hombres de pie, con la cara descubierta, hacen frente a los fusiles con una actitud de infinito sufrimiento y de mortificada resignación. Sin duda, una obra maestra portentosa, concreción del conocimiento de lo humano. «Este será mi norte», se dijo, mientras cerraba el grueso tomo de ilustraciones en un salón desierto de la biblioteca y trataba de retener en su mente la imagen del personaje central del cuadro, que se destaca por llevar una camisa blanca mientras los otros visten ropas oscuras, y en cuya faz se resume toda la tragedia del tema.

Trabajó unos meses más, calladamente, con obstinación, y un buen día los diarios dieron la noticia, para sorpresa de todo el mundillo intelectual y artístico: Abdulio Nacaredo gana el primer premio de la Bienal. Ganó el certamen con un cuadro denominado «Los ladrones», en el que dos tipos de mal aspecto aparecen sorprendidos y aterrorizados en el momento de ser repelidos a tiros por el propietario, cuando irrumpían por una ancha ventana de una residencia. El dueño de la casa aparece apenas insinuado, de espaldas, aunque sí figura en primer plano su hombro derecho, desde el cual se extienden el brazo y la mano empuñando el arma de la que sale un disparo. Siguiendo una perspectiva perfecta, los intrusos están al fondo, y sus miradas reflejan el espanto de la muerte inminente. Abdulio Nacaredo había alcanzado el cielo de la creación artística. Apartándose de la costumbre de premiar en esas competencias obras de osado modernismo, el jurado razonó así su decisión: La pintura ganadora se ha impuesto por el vigor de la técnica empleada y, especialmente, por el dominio del pintor sobre la expresión más acabada de los sentimientos y del intrínseco carácter humano de los conflictos de este mundo…

Conoció la gloria, recogió elogios, adulaciones, reconocimientos y vio confirmada su fama. Se le mencionaba como el ejemplo que debían seguir los artistas jóvenes, a quienes se señalaba el camino del esfuerzo y de la propia superación, personificados en Abdulio Nacaredo. Más sincera aún era su propia satisfacción, la única que, en verdad, contaba para él.

Pero, un día, la opinión pública dio un vuelco. Los mismos periódicos que lo habían celebrado, publicaron notas como esta, en la sección de sucesos: El pintor Abdulio Nacaredo fue detenido ayer, en su domicilio, bajo el cargo de homicidio agravado. Desde hace varios días, oficiales del Organismo de Investigación Judicial trataban de confirmar las sospechas que ligan al pintor con la desaparición de Héctor Godínez, conocido suyo y guardián de la morgue, y de un amigo de aquel cuya identidad no ha sido establecida.

Después se supo que Adulio Nacaredo confesó haber atraído a su casa, un día, a Godínez, so pretexto de invitarlo a tomar café y de mostrarle sus últimas obras. Este llegó acompañado de un amigo. Meses después, en el juicio oral y público, se conocieron todos los demás detalles. El artista narró, con aire de derrota, la manera en que su busca de la perfección lo había llevado a concebir una situación real para crear una pintura auténtica. Hizo pasar a Godínez y al otro a la sala y entabló con ellos conversación, al mismo tiempo que les servía café y galletas. Un cuarto de hora después, mientras estaban todavía en la sala, sacó un revólver y los encañonó. Al principio Godínez y el amigo pensaron que se trataba de una broma. El semblante de Nacaredo, súbitamente hosco, y las amenazas que profirió entonces, los sacaron del error. A partir de ese momento, Abdulio Nacaredo se solazó haciendo subir la tensión y el miedo de sus cautivos visitantes. Prestaba atención a todos sus gestos, a todas sus reacciones, a sus miradas, mezcla de súplica y de horror, fijando en su mente todos los aspectos. Por una sola vez no disponía de tela ni caballete y estaba dispuesto a pintar de memoria aquella escena culminante. Al cabo de media hora, con saña extrema, los hizo conscientes de que los últimos segundos de sus vidas habían llegado y comenzó a apretar el gatillo lentamente, muy lentamente, de pie, frente a sus víctimas sentadas, prolongándoles la agonía, concentrando la vista en aquellos rostros desencajados que observaban el percutor levantarse progresivamente. Y disparó, sin dejar de captar el asombro y el pánico concentrados en las miradas de ese mínimo instante.

Disparó cuatro veces, las últimas ya sin interés, para rematarlos.

Los había asesinado sin piedad, al pensar que todo arte valedero se asienta sobre las miserias humanas y que la pintura purifica las cenizas del dolor para convertirlas en belleza.

En opinión de los expertos psiquiatras, expresada en la audiencia, si bien la capacidad de raciocinio de Nacaredo no aparentaba estar alterada, padecía una desviación patológica perturbadora de la conducta. Concluyeron que no podría dejársele impune, por el riesgo de una reincidencia, pero consideraron conveniente que su internamiento se hiciera acompañado de medidas terapéuticas para contribuir a recentrar sus patrones de comportamiento. Atendiendo estas recomendaciones, el tribunal lo condenó a cumplir una larga pena de prisión cuyas primeras etapas debían ejecutarse en el pabellón de perturbados mentales de la cárcel principal.

Allí sigue recluido. Aunque parezca extraño, es feliz en ese lugar. Ha encontrado una variedad inagotable de seres humanos, entre dementes peligrosos y pervertidos de toda calaña, cuyo patetismo lo ha inspirado a desarrollar una pintura profundamente humana, llena de caridad, sublime y capaz de provocar en el espectador una conmoción perdurable. Una asociación religiosa de beneficencia le regala pinceles, tubos de pintura y demás utensilios necesarios en su arte, y las autoridades del penal no solamente toleran sino que alientan su trabajo de pintor.

Alguien ha dicho que los grandes hombres no necesitan apellido. Eso pareciera cierto de políticos y filósofos: Aníbal, Napoleón, Sócrates, Platón, pero entre los artistas, la regla, con muchísimas excepciones, puede ser la inversa, la de que les basta con el apellido: Monet, Rembrandt, Picasso, Dalí. En la prisión, a Abdulio Nacaredo lo llaman sencillamente Nacaredo, y su nueva fama toma fuerza en el exterior. Sus óleos han empezado a ser expuestos en una prestigiosa galería de la ciudad y se cotizan al alza en el mercado del arte. Algún político ha lanzado la idea de indultarlo y ya circulan peticiones para que el Gobierno se apiade. En los pasillos de la cárcel Nacaredo hojea los periódicos con esas novedades. Se entera de ellas con desgano. No desea abandonar a sus modelos. El día que salga de su encierro, quisiera hacerlo muerto y poder pintarse así.

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