Enrique Castillo: El tormento de Melquíades

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Enrique Castillo Barrantes.

Hace mucho sol. Melquíades siente el sudor que desciende desde la frente y le recorre el rostro provocándole, al deslizarse, una suave picazón. Las gotas siguen rodando más despacio, entre la barba, y comienzan a bajar por el cuello. Es un día muy caluroso de verano. El circo está lleno de gente. Diríase que toda Roma está allí, formando esa apretada muchedumbre multicolor que cubre, en redondo, toda la gradería. Melquíades está enterrado en la arena hasta el pescuezo, inmovilizado, en el centro de la plaza, mirando hacia el palco imperial. Las molestias del calor y del sudor las soporta con resignación, sin dejarse desesperar por el deseo de rascarse la barba y secarse la frente. Melquíades siente una opresión física del hecho mismo de estar enterrado: la arena pesa enormemente y, en contraste con el intenso calor del ambiente que le calienta tanto la cabeza, aquella le mantiene frío el cuerpo. Siente los brazos y las piernas, las manos y los pies pesados y entumecidos.

Desde la altura del suelo, a la que él está, la gradería parece todavía más alta y grandiosa y el palco imperial majestuoso e imponente. El César, con su comitiva de cortesanos, preside el espectáculo, diciendo gracejadas a sus aduladores acompañantes mientras bebe sorbos de vino de una copa dorada, entre risas y sonrisas. La multitud se agita y hace bulla cuando un ujier, en un extremo del palco, anuncia de viva voz la próxima iniciación del tormento de Melquíades. Este distingue los rostros gozosos del público, que disfruta del día de fiesta. Los mira con un extraño sentimiento que le produce ser el centro de atención de toda aquella gente y el objeto de todo su menosprecio y de todo su odio cuando, verdaderamente, todas esas personas le son tan ajenas y desconocidas. Tres días atrás tuvo la sensación del odio ajeno, cuando los soldados lo arrestaron, en la plaza del mercado, y lo llevaron a empellones en dirección a las mazmorras del circo, por las calles de la ciudad, a lo largo de las cuales se iba formando una muchedumbre que lo insultaba y lo escupía. Rostros desconocidos, llenos de rabia, que se ensañaban al verlo arrastrado por los soldados. Alguno de estos había respondido, a las preguntas de los curiosos, que se trataba de un cristiano, y el dato había circulado rápidamente. En cosa de minutos todos supieron que era un vil miembro de esa secta de locos peligrosos que socavan la fuerza del imperio con sus prédicas insidiosas, contrariando valores de la sociedad romana como la valentía, la disciplina, la fuerza, la expansión del territorio. Esos hablan de humildad, de caridad. Son una verdadera plaga, y lo peor es que cada día se hacen más numerosos. Melquíades -es cierto- tiene ya bastante tiempo de haberse convertido al cristianismo y alguien lo ha delatado. No sabe quién pudo ser, pero le da igual. Algún día habría de pasar. Ahora sólo recuerda que siempre fue libre y feliz y, aunque actuaba en la clandestinidad, nunca se sintió por ello menos libre. Por eso, todo lo que le ocurre ahora le parece tan extraño. Hace apenas tres días que salió alegremente hacia el mercado, a vender especias. Hace también apenas tres días que comenzó esta desventura y que, vilipendiado y maltratado, lo recluyeron en los sótanos del coliseo. Y, si eso hicieron, es porque ya lo habían condenado. En los tres días ha escuchado los rugidos de las fieras, cuyas jaulas también se encuentran dentro del circo. Lo que le está sucediendo es raro y lejano, sí, pero aplastante e inexorable. No hay a quién decirle que se equivocan, que no ha hecho mal a nadie y que deberían saber que es un hombre bueno, que no merece tanto rencor. No, todo escapa a la posibilidad de razonar. Los acontecimientos se han venido desarrollando fatalmente y ahora está allí, muy cerca del momento culminante.

Se ha distraído al mirar a un lado de la gradería para observar a un grupo de hombres de rica apariencia y no se ha dado cuenta de que el César se ha puesto de pie. Se hace un silencio en todo el recinto. Una compuerta, bajo el palco imperial, se abre y sale un león a la arena. El César se sienta de nuevo, pero Melquíades ya no ve más que al felino, corpulento y salvaje. El animal se pasea inquieto, siguiendo, al pie, la curvatura de la gradería. De pronto se detiene, sacude la melena y, cambiando de rumbo, se viene directamente a la cabeza de Melquíades, en el centro de la plaza. El animal se acerca y husmea la cabellera rojiza. En pánico total, sin dejar de mirar, Melquíades contiene la respiración, a pesar de lo cual percibe el tufo de la fiera. Esta extiende su manaza y hace un movimiento brusco para atraer hacia sí esa cabeza sembrada en el suelo. Malquíades siente toda la fuerza de la garra, que le rompe una oreja y le surca un lado del rostro con una violencia que lo aturde.

Sin respirar, Melquíades cierra fuertemente los ojos, un largo momento.

Al abrirlos, está vestido de traje gris claro, camisa blanca y corbata fina, sentado en un avión de pasajeros que vuela a veinte mil metros de altura y a novecientos kilómetros por hora. Súbitamente se oye un golpe seco en un costado de la nave. Melquíades mira por la ventanilla en el exacto momento en que parte del ala y la turbina izquierda se arrancan de cuajo, en medio de una humareda. El aparato da un vuelco violento y se inclina de frente. La gente grita despavorida. En la cabina hay un revuelo de objetos y de papeles y Melquíades, dominado por el vértigo, se aferra a los brazos de su asiento, con el estómago oprimido hasta el ahogo por el cinturón de seguridad. Los segundos pasan y el avión va girando sobre sí mismo en picada. Melquíades piensa que, hace dos horas, esto no era previsible. Cierra entonces los ojos con fuerza y, al abrirlos, ve al león con sus fauces. Los cierra otra vez y, al abrirlos, ve el respaldar del asiento delante del suyo, en plena caída.

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