La obra del autor madrileño Juan Muñoz Martín, recientemente fallecido, nos adentra en el ámbito de la imaginación y el humor. Analizarla se convierte en un recorrido temático por cuestiones que agradan a los más pequeños y hacen que estos a la par que se divierten aprendan.

Juan Muñoz Martín es una figura básica en la literatura infantil en español de las últimas décadas, como atestiguan sus numerosos y relevantes premios. A lo largo de su vida, combinó la docencia y su dedicación a la creación literaria, en la que fue enormemente prolífico.

Un lector ‘disfrutón’

La obra de Juan Muñoz Martín se dirige a un tipo de lector que quiere disfrutar con historias, aventuras y narraciones que se ajustan y adaptan a su estadio cognitivo y emocional. El autor madrileño nos lega un ingente patrimonio literario y cultural que pone en valor el ámbito de la literatura infantil, gracias a su conocimiento del universo infantil y su sensibilidad literaria.

Además, ese patrimonio se expande más allá del contexto de los niños y puede ser leído por personas de mayor edad.

Portada de Fray Perico y su borrico, de Juan Muñoz e ilustrado por Antonio Tello Gil.
SM

Sus tres obras más conocidas

Fray Perico y su borrico, El pirata Garrapata y Baldomero el pistolero son tres de sus obras más destacables, y también de sus personajes más conocidos y queridos. Las tres poseen unas cifras destacadísimas en cuanto a número de ediciones y, sin duda, algunas de ellas podemos catalogarlas como clásicos de la literatura infantil.

Unos de los aspectos más interesantes que nos presentan tales textos es la relación con el imaginario colectivo constituido por otros referentes del ámbito infantil y juvenil. De igual manera, los personajes y tramas de Juan Martín Muñoz conectan con obras posteriores, permitiendo que perviva el recorrido por temas interesantes para las niñas y los niños.

Un borrico lector

En 1980 hallábamos las andanzas de Fray Perico y su borrico (Premio Barco de vapor). Aderezado con grandes dosis de humor, el número de ediciones de este texto, junto con su pervivencia en el tiempo, lo convierten en un clásico. El siguiente ejemplo atiende tanto a la enseñanza como al humor, aspectos clave en la obra del autor madrileño:

– ¿Sabe leer?– Preguntó el maestro, asombrado, observando que el asno miraba muy atento la cartilla de Fray Perico.

–Más que yo– dijo el fraile. –Sabe las vocales. Fray Perico le señaló la a, y el burro rebuznó una a tan sonora que el maestro se tapó los oídos por no quedarse sordo”.

Es posible conectar esta obra con otro clásico de la literatura española: Marcelino Pan y vino de José María Sánchez Silva, autor que en su momento obtuvo el Premio Andersen. Y tampoco podemos olvidar que su publicación coincide en el tiempo con El nombre de la rosa de Umberto Eco.

Un pirata desganado

En 1982 otro entrañable personaje aparece con su barriga, con su pata de palo y su garfio de acero en vez de mano. Con una nariz gorda y colorada, sin media oreja y con parche negro se prestaba a vivir aventuras. Es el pirata Garrapata. Reproducimos un fragmento en el que se aprecia el particular humor del autor madrileño:

–¡Pero si yo no he visto un buque en mi vida!

–No importa. Usted tiene su pata de palo, su gancho, su ojo de vidrio… ¡Será un pirata estupendo!

–¡Pero si yo no sé nadar, y además me mareo enseguida!

–No importa. Aprenda en la bañera de su casa.

–No tengo. Además, ¿cómo se conduce el barco?

–Con el timón.

La conexión con el clásico de Robert Louis Stevenson, La isla del tesoro, se hace patente, así como la influencia en autores posteriores como Pablo Aranda en Fede quiere ser pirata.

Una de vaqueros

También queremos mencionar a Baldomero el pistolero, cuyos libros se vinculan con aquellos referidos al oeste como lo eran también los cómics de Lucky Luke creados por Morris y también con guiones por René Goscinny. En las historias de Baldomero se mantiene el humor:

–¿Dónde estamos?– preguntó Fructuoso el Mantecoso.

En un letrero se leía una inscripción: “A la ciudad muerta, 5 km”.

–¿Vamos a tomar un pinchito?– invitó Nicanor.

–¿Y si nos morimos?– dijo Baldomero, al que no le gustaba el nombre de la ciudad.

Podríamos dedicar miles de palabras al análisis de la obra de Juan Muñoz Martín, pero quedémonos con su legado que es amplio e importante y, sobre todo, con la imaginación y ensalzamiento del mundo infantil que beneficiará a muchas generaciones lectoras del futuro.

The Conversation

Eduardo Encabo Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Publicado originalmente en The Conversation