Eva Fraile: Eloísa Martínez Santos, autora de «No valgo para vender» y «Mujeres de hojalata», una escritora de profundos valores que huye de las etiquetas

¿Y de qué manera pueden dos obras de corte tan dispar representar tan bien a su autora? Pues es más simple de lo que parece, pero en realidad sí que tienen algo en común, como afirma la propia Eloísa: «Supongo que mi manera de entender la vida, lo realmente importante, podríamos llamarlo mis valores fundamentales, ese pudiera ser el nexo de unión».

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Eva Fraile, Asesora Editorial – Madrid.

A la madrileña Eloísa Martínez le entusiasman las letras casi tanto como enseñar. Durante un tiempo, tuvo que apartarse del camino de la escritura, aunque siempre tuvo claro que su destino era volver a él. Hoy puede combinar dos de sus más grandes pasiones, contar historias y enseñar a los demás a través de su experiencia, y todo ello plasmando en su obra sus valores y su forma de ver la vida, sin renunciar a su esencia y sin tener que ceñirse a los límites impuestos por una definición genérica.

Las etiquetas no le gustan nada a Eloísa Martínez Santos (Madrid, 1949). Pero ni siquiera las que uno se pone a sí mismo, por ejemplo, cuando dice que no vale para vender. Tampoco le gusta que se las pongan a sus libros, por eso rechaza la de autoayuda para No valgo para vender (Ediciones Obelisco) y la de feminista para Mujeres de hojalata (Avant editorial). En el primer caso porque afirma que su libro no tiene nada que ver con un sector al que considera: «Muy comercializado, casi sectario, una mezcla de espiritualidad forzada, de frases hechas y de exageración verbal. De vez en cuando, surge un libro, un conferenciante, una escuela, que sí merece la pena tener en cuenta». En el caso de Mujeres de hojalata porque su libro no pretende iniciar una lucha, sino rendir tributo a la figura de la mujer: «Para mí, el feminismo es igualdad, no lucha. Es defender los derechos de la mujer con firmeza a través de la inteligencia, demostrando que valemos para ser presidenta de Gobierno igual que para ser ama de casa».

Según la escritora madrileña, vender es un acto que hacemos cada día, incluso sin darnos cuenta, y, con el tiempo, lo vamos perfeccionando, nos dediquemos a lo que nos dediquemos, porque vender es, en definitiva, aprender a conocer mejor a las personas. «El contacto con un buen número de personas diferentes cada día nos hace más empáticos y flexibles, comprender otros puntos de vista y hacerlos nuestros nos ayuda a ser mejores personas. El mayor error de un vendedor es buscar excusas a sus errores y fracasos, echar balones fuera y culpar al mundo entero de su mala suerte. De ese pozo resulta muy difícil salir».

Por eso, desde su experiencia profesional a lo largo de todos aquellos años en los que tuvo que escuchar cientos de veces la frase que da título a No valgo para vender, se propuso ayudar a todas esas personas que no saben que, en realidad, sí pueden hacerlo, y, de paso, desarrollar otra de sus pasiones, la enseñanza: «Sobre todo me propuse que se dieran cuenta de su valía, porque las personas que me decían: “¡Ay, Eloísa! Si yo no valgo para vender”, ¡valían y mucho! Les faltaba creérselo, temían asustar a sus clientes si les ofrecían productos después de cobrarles su trabajo. ¿Y sabes qué conseguían con ello? Pues que los clientes, que ya tenían una necesidad creada, se fueran a la perfumería de la esquina o a un centro comercial a comprarlo».

En las antípodas de No valgo para vender podríamos perfectamente ubicar Mujeres de hojalata, una ficción literaria con tintes históricos acerca de la figura de todas aquellas mujeres cuya vida quedó ensombrecida por la época que les tocó vivir. Martínez Santos juega aquí hábilmente con la contraposición de la mujer moderna que ha alcanzado el éxito profesional y la aparente vida anodina de la mujer de tiempos pretéritos, que se dedica a su casa y a cuidar de los suyos. Una fachada tras la que se esconde mucho más, como la misma autora ha podido comprobar durante el proceso de documentación: «Me he tropezado con dos o tres historias que superaban mis expectativas. En mis cuadernos están, esperando que llegue su momento».

Carmen, la protagonista, desprecia a sus antepasadas, a las que considera unas fracasadas, algo que, seguramente, también les ha pasado a muchos lectores; pero la hojalata, a pesar de no ser un metal de gran valor, no hay que olvidar que es prácticamente inquebrantable. «Sigo descubriendo ejemplos y, en base a las vidas que me llegan, puedo asegurarte que dentro de cada fémina hay una gran mujer de hojalata, de las que se moldean y deforman, pero no se rompen. Creo que las mujeres de hojalata saben muy bien lo que tienen que hacer y cada día están mejor preparadas para ocupar el papel que les corresponde. Hemos perdido el miedo y hemos ganado en estudios y ganas de figurar, creemos que nos lo merecemos».

¿Y de qué manera pueden dos obras de corte tan dispar representar tan bien a su autora? Pues es más simple de lo que parece, pero en realidad sí que tienen algo en común, como afirma la propia Eloísa: «Supongo que mi manera de entender la vida, lo realmente importante, podríamos llamarlo mis valores fundamentales, ese pudiera ser el nexo de unión».

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