Eva Fraile: ¿Por qué la novela nórdica es relevante para el lector latinoamericano?

Diego Kindler es un escritor de origen alemán cuyas obras giran en torno a la literatura nórdica más crítica y satírica. El tablero de parchís es su primera novela de ficción y asienta las bases para la construcción de su carrera literaria.

Eva Fraile, Asesora Editorial – Madrid.

Diego Kindler es el escritor de El tablero de parchís, la novela nórdica que versa sobre las cloacas de la sociedad sueca y sobre cómo la percepción puede ser deformada en virtud de quién observe la realidad. En su afán por acercar este tipo de literatura al lector, se hace la siguiente pregunta: ¿Por qué la novela nórdica es relevante para el lector latinoamericano?

Él mismo la responde para La Revista.

Diego Kindler:

Hace años que llevo inmerso en este debate con mis amigos y conocidos de Latinoamérica. Desde que estudié Literatura en la Universidad de Estocolmo con algunos expertos y autores, como el salvadoreño Oscar García, o el chileno Sergio Infante, hasta hoy mismo, sigue retumbando en mi cabeza esta pregunta y algunas otras: ¿Qué tiene en común la literatura nórdica con la literatura latinoamericana, y en particular, con la novela? ¿Qué las diferencia? Y, sobre todo, ¿por qué son importantes la una para la otra?

A primera vista, lo más destacable de ambas es su juventud. Ya sea por su trayectoria histórica y su proceso de afirmación como un ente separado de otros, como es el caso de la literatura latinoamericana, que desde la independencia de las antiguas colonias ha ido manifestando un carácter único y reconocible; o bien, como ha sucedido en la literatura escandinava, que ha vivido otros hechos bien diferenciados de la primera, ambas han visto una explosión de su producción y un proceso de asentamiento y afirmación bastante más tarde que otras, como pueda ser el caso de la francesa, la inglesa, la española o la rusa.

Cuando se habla de la novela latinoamericana, se tiende, por lo general, a pensar en el llamado boom de los sesentas y setentas del siglo XX, con figuras incuestionables como Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez, entre muchos otros. E invariablemente, se suele caer en la trampa de lo que se ha venido a llamar «realismo mágico» como un recurso para englobar una producción que se sirve de mezclar elementos de otros planos de realidad en lo cotidiano para plasmar un contexto social y político. En el caso de Escandinavia, la misma trampa del tópico nos lleva irremediablemente a lo que la teoría de la literatura ha venido a llamar «novela negra escandinava», y que no hace otra cosa que retratar a una buena parte de la sociedad a través de sucesos que, si bien son, por desgracia, exclusivamente de este mundo, son también una puerta a ese otro plano de existencia que con tanta maestría ha sabido engranar la literatura latinoamericana. No obstante, ambas corrientes son agudas retratistas de sus sociedades, inmersas en procesos que, a menudo, están más cerca de lo que pudiera parecer a simple vista.

Si nos alejamos de estos tópicos, seguimos encontrando elementos de unión que difuminan la enorme distancia física y cultural que parece separar a ambas producciones literarias. Las descripciones de lugares, las sensaciones, los sabores, los olores, siempre ricas en detalle, sin caer en la autocomplacencia, sin escatimar las percepciones más subjetivas… En ambos casos se entrelaza lo sensorial con lo psicológico, en un juego de observación que acerca al lector a la acción y lo convierte en testigo, como si lo estuviera contemplando todo desde detrás de un biombo o una cortina, y en literatura, como en mucho en esta vida, es desaconsejable cerrarse a pensar que no existen conexiones que se empujan y se nutren a la vez de todos los influjos. Es más: sería una irresponsabilidad y una falsedad. Yo mismo, cuando empiezo a escribir, tengo muy presente la obra de Juan Carlos Onetti, la amargura irónica de Octavio Paz, o las digresiones de Mario Benedetti. E igual que yo, y quiero pensar que, de hecho, mucho más, otros autores nórdicos tienen en su mente la maestría y el absoluto dominio de la prosa de los ya inmortales autores latinoamericanos.

Ahora bien, una vez sentadas estas bases, cabría preguntarse qué tiene que aportar la fría, oscura y retorcida novela nórdica al lector del otro lado del Atlántico. ¿Por qué puede sorprender una trama criminal a alguien acostumbrado a una novela tan rica y apasionante que vertebra a tantos países de América? Y la primera palabra que surge cuando llegamos a este punto de la conversación, es la violencia. Esa violencia que no se recrea en lo luctuoso, sino que se sirve de ello para denunciar. ¿Y qué es lo que denuncia? La corrupción, el ansia de poder, el racismo, la brutalidad y, en definitiva, todos los vicios que por desgracia nos igualan a los pueblos del planeta. Porque, para muchos, la Europa del norte es un oasis de paz, libertad, justicia e igualdad, donde todo funciona y la gente es feliz. Y, sin embargo, la realidad es bien distinta. Esa es la realidad que nos presenta la novela negra escandinava. Es una visión que, a menudo sorprende y causa incredulidad, y hasta inquietud, pero el mensaje está bien claro. Basta con hojear cualquier día de la semana un diario local para comprender que todo aquello que pone de relieve la ficción nórdica no es más que la crónica de sucesos de todos los días. Hace poco tuve ocasión de demostrar esto que digo, cuando unos amigos de Colombia me preguntaron al respecto. Y delante de ellos abrí la sección digital de SVT (la Televisión de Suecia) en su edición local de Estocolmo, y salió, en un solo día, una ristra de apuñalamientos, tiroteos, atentados con bomba, peleas de bandas, asaltos a morgues y casos de tráfico de narcóticos dentro de la misma policía. A quien quiera saber más y comprobarlo de primera mano, lo remito a consultar las noticias del 2 de julio de 2020 del medio que acabo de nombrar.

Habrá también quien se pueda ver reflejado en estas historias llenas de hipocresía y de racismo, y que oiga su propia voz en alguno de los personajes de estas novelas. Ese fue el caso de una amiga paraguaya que me comentó recientemente que a veces, las novelas nórdicas se quedan cortas a la hora de abordar estos temas. Y es que, en el fondo, la realidad supera a la ficción, y lo que hacemos los novelistas es apoyarnos en sucesos reales para dejar constancia de nuestro tiempo. Ahí es, en mi opinión, donde radica la importancia y la vigencia de nuestra literatura.

Para saber más sobre Diego Kindler se puede conectar con él a través de Twitter. El tablero de parchís está disponible en la mayoría de plataformas digitales.

 

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