Fabio Molina: Espíritu liberacionista

La fiesta se terminó. El país no debe seguir haciendo la del avestruz. Es hora de tomar decisiones de saneamiento: aquellas que demuestren su solidez por la ausencia de los aplausos.

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Fabio Molina Rojas, Abogado.

“Se entiende que es “mala política electoral” decir la verdad. Pero yo procuro decirla.”
(Figueres 1973: 203)

Desde don Pepe hasta doña Laura, el espíritu liberacionista consiste en servir, meter el hombro, proponer, sin importar si somos gobierno u oposición.  No faltan quienes nos acusan de hacer cogobierno, de ser ingenuos o aliados del PAC, mas esas afirmaciones están lejos de alcanzarnos. Don Pepe creó este partido para gobernar y hacer el bien.

Nuestros gobiernos han sido las mayores víctimas del obstruccionismo y de la maledicencia; ejemplos sobran.

No devolvemos con encono ni pagamos ojo por ojo.

No sucumbimos ante esa táctica perniciosa para el país, que consiste en oponerse a toda iniciativa que salga del gobierno. Muchos creen que obstruir es lo correcto ya que el PAC triunfó con este método aderezado con demagogia y voces altisonantes.

Los impulsores de esa llamadera de atención se entusiasman con la aparición de unos likes en sus redes de quienes los azuzan a continuar «serruchándole el piso» a cuanta propuesta aparezca, sin proponer nada alternativo para nutrir el debate ni mejorar la toma de decisiones.

La historia nos relata que, a diferencia de la pandemia, la demagogia es permanente, no tiene vacunas y afecta a todos.

Don Pepe tachaba constantemente esa mala práctica política insistiendo en que somos constructores, no arteros obstaculizadores.

“Democracia no es vulgaridad. […] Democracia no es desorden. […] Democracia no es demagogia.” (Figueres 1943: 24f)

Otros, al ver que a los anteriores les suena la flauta, toman el camino del populismo y se precipitan a fomentar exoneraciones, nuevos feriados, vacaciones, regalías… El clientelismo político se convierte en su respirador artificial. Ante estos deslices don Pepe les sacaría el guayabo para reencausarlos:

“La peor forma de sabotaje es nuestra propia incompetencia.” (Figueres 08.07.1942).

Cuando se trata de definir políticas acertadas para bajar el déficit fiscal y el endeudamiento, para consolidar la cobertura de la regla fiscal, para mejorar la gerencia pública o para poner a caminar el aparato productivo, son pocos los que dan un paso adelante; luego serán descalificados ad-portas con las etiquetas de neoliberales, antiliberacionistas o infiltrados.

La fiesta se terminó. El país no debe seguir haciendo la del avestruz. Es hora de tomar decisiones de saneamiento: aquellas que demuestren su solidez por la ausencia de los aplausos.

El gobierno debe tomar la iniciativa, entrarle de frente a los mayores disparadores del gasto público y llamar a los partidos políticos a sumarse a su propuesta o incluso mejorarla, y, por supuesto, que le den un trámite legislativo expedito.

Los proyectos para enfrentar y superar la pandemia han sido superficiales.

Sobran los promotores del aumento del gasto público y los opositores de su disminución argumentando razones keynesianas con portes pontificias. Estos «gastones» de lo que no han producido tampoco han leído al Hombre del Siglo, quien, en vez de atizar el gasto público superfluo y las gollerías como estrategia para reactivar la economía, más bien preconizaba lo siguiente:

“La frase “conviene crear necesidades”, salvo que sean necesidades culturales, es un absurdo económico en una sociedad que no puede aún satisfacer sus necesidades elementales. ¡Hay cada intérprete de Keynes que da miedo!” (Figueres 1973: 174)

Parece que en muchos campos somos los conservadores y no los atrevidos abanderados del cambio. Muchos se aferran a mantener beneficios y desde sus confortables puestos se hacen llamar «defensores del pueblo». Para ellos el pueblo es el sector público, no los desempleados, ni mucho menos los pobres. La pobreza se acelera; es urgente redistribuir recursos para que todas las familias tengan alimentación y salud. Un tercio de las familias no tiene ingresos: esto no es una solo estadística, es una calamidad. Mientras la pobreza, el Covid-19 y la ausencia de políticas públicas sean las grandes verdades de la pandemia y juntas se confabulen para arruinar la paz social que hemos conquistado en 70 años de aciertos, no sería patriótico pensar en las próximas en las elecciones.

Desde el Ministerio de Hacienda, se brindan cifras elevadísimas por evasión de impuestos. Si tienen las cifras deben tener también identificados a los evasores y deben cobrar, de lo contrario, será una debilidad más de nuestra cara burocracia tributaria. Tributación tiene los instrumentos jurídicos y administrativos para evitar la evasión.

La Contraloría informa que las exoneraciones son cercanas al 6% del PIB, muchas autorizadas por leyes como zonas francas, cooperativas, construcciones públicas, juntas de educación, municipalidades, etc. Se requiere de una exhaustiva revisión las exoneraciones para determinar cuáles son sin justa causa y eliminarlas.

Otros, con más galillo que criterio, señalan que la elusión fiscal resuelve el déficit. Las elusiones fiscales son los mecanismos permitidos por las leyes, para disminuir los montos de los tributos por pagar; o sea, son legales. Si el contribuyente abusa del mecanismo para cometer fraudes fiscales o aprovecharse de vacíos de la legislación para su beneficio, les corresponde a los inspectores tributarios frenar esas malas prácticas.

Afirmar que la solución a la crisis es evitar la evasión o la elusión, es solo un sofisma para no hacer nada. De ser cierto, entonces, actúen y cobren esos dineros y lleven a los estrados judiciales a los responsables.

Seguimos teniendo extraordinarios técnicos en todos los campos; tenemos claro el aterrador diagnóstico, también lo que se debe de hacer, pero falta liderazgo político del Gobierno y de los partidos políticos para «partir el ayote por la mitad». Si por flojos le damos largas, lo que va a quedar es un tacaco.

A diferencia de los gobiernos de don Oscar y doña Laura, en los que participé y en los que las agendas legislativas se llenaban de proyectos de impacto en las áreas claves de desarrollo, ahora son raquíticas, así como la materia prima aportada por todos los partidos con representación legislativa. La mayor crisis en esta pandemia es de ideas y de proyectos. Eso tiene solución. Si la gente del Presidente se embotó, llamen a un grupo de expertos con experiencia y talento para que monten el tren en los rieles y empecemos a ver la luz al final del túnel.
Ante este vacío propositivo, los aprovechados levantan las voces contra las recomendaciones del FMI y de la OCDE. Si el Gobierno no sabe preparar la receta, es más sabio reconocerlo y pedir por Amazon consultoría a los organismos internacionales, por lo menos ahí tendríamos una base de discusión seria para empezar a tomar decisiones.

La mayor parte de los actores políticos no quiere leer ni las introducciones de esos recetarios para no asumir compromisos con la cura. El sentido común nos dice que cuando hay un tumor maligno no hay ni ideologías ni dogmas, simplemente se opera. Llegó el momento de meter nuestro aparato público al quirófano, no para extirparlo sino para depurarlo. Asimismo, untar la pomada de reactivación económica, soltándole las amarras al emprendedurismo para que vuelva a ser el gran protagonista del desarrollo económico. Un buen clima de negocios es el mejor antídoto de esta crisis.

Desempleo, pobreza, soledad, impotencia, infecciones e incluso muertes de seres queridos. Muchos son los obstáculos del año 2020. Sin embargo, siempre quedarán en el espíritu liberacionista las frases de don Pepe:

“Mi espíritu nunca ha estado propenso al desaliento. Derrotado en un frente, siempre encuentra espacio para seguir luchando por la causa que ha abrazado.” (Figueres 1987: 49)


Fabio Molina Rojas, Abogado, fue Alcalde de Alajuela, Presidente Ejecutivo del Instituto de Fomento y Asesoría Municipal (IFAM) y Diputado ante la Asamblea Legislativa.

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