Facundo

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Gonzalo Chacón Trejos.

Los invitamos a leer esta deliciosa y jocosa narración, ambientada en la peste del cólera, de 1856 en San José, escrita por Gonzalo Chacón Trejos, en su libro “Tradiciones costarricenses”.

Facundo

Cuando don Rafael Mora llevó a los costarricenses a la guerra contra Walker, Facundo Quijano tendría 40 años; era entonces alegre, parlanchín, dado a la broma y la jarana; se ganaba honrada y fatigosamente la vida vendiendo baratijas en San José y los pueblos vecinos, que recorría a pie, con su maleta de buhonero a la espalda. Al estallar la guerra se ofreció para soldado, más como sobraban voluntarios de 18 a 25 años, le negaron el enganche, de lo que se consoló contribuyendo con un quintal de totopostes que el mismo fue a entregar al general Cañas, quien le dio las gracias y un efusivo apretón de manos.

Al retornar las tropas, que fueron licenciadas en Liberia a consecuencia de haberse desatado entre ellas el cólera morbus, la peste invadió el interior y fue en San José donde más víctimas ocasionó. A principios  de junio de 1856 estaba la peste en el apogeo de su estrago, y la mortandad era tanta, que fue necesario abrir un nuevo cementerio. Así nació el hoy desaparecido Cementerio del Cólera, contra cuyos muros se fusiló algunos criminales, hasta que el general Guardia suprimió la pena de muerte.

Los sepultureros, que hacían su macabro oficio bajo tremendas amenazas  y la compulsión de las autoridades, apenas tenían tiempo de cavar grandes zanjas donde se echaban en montones los cadáveres, que recogían apresuradamente, a veces medio desnudos, conduciéndolos en carreta tirada por bueyes. Muchos habitantes de San José huyeron hacia los campos; de la ciudad, horrorizada y tétrica, tan solo interrumpía el mortal silencio, ayes, quejas sollozos y lamentos, el fúnebre traqueteo de las carretas cargadas de muertos, las voces de los sepultureros, y el piadoso murmullo de los que recorrían la ciudad rezando con lastimera voz y ardiente fe, en la procesión del Dulce Nombre de Jesús, El doliente tañido de las campañas se mezclaba al sordo rumor de las oraciones, lamentos y gemidos, aumentando el espanto de los sanos y el horror de los enfermos, algunos de los cuales, llegados desde lejanos lugares en busca de auxilio y medicinas, agonizaban en la aceras y en los cajones de las puertas.

Por las desoladas calles ambulaban gentes sucias, desgarradas, las ropas en desorden y los semblantes pálidos y demudados; familias enteras murieron dejando sus casas en completa soledad y se dio el caso de que algunos desgraciados murieron olvidados en una casa desierta, denunciando al nauseabundo olor de sus cadáveres en tristísimo suceso.

Estaba la epidemia en lo más álgido cuando Facundo se sintió atacado de vómitos y mareos; la congoja de su familia, de la que era único sostén, fue enorme; le aplicaron los remedios más afamados: jugo de limón, lavativas de malva y vinagre, polvos de cacho de cabro, agua bendita en cucharadas, oraciones milagrosas, la novena de San Roque sobre la boca del estómago, guaro con tabaco y sudoríficos; lo que dio por resultado que, a  las pocas horas, Facundo se quedara rígido y frío sobre el esteron. Los gritos y lamentos de los familiares atrajeron a los sepultureros, que entraron en la casa preguntando donde estaba el muerto. Les señalaron el cuerpo exánime  de Facundo, al que tomaron por los pies y los brazos, y tal como estaba, envuelto en una sábana, lo sacaron a la calle y lo echaron a la carreta, que siguió su camino hacia el cementerio.

A cada tumbo, a cada sacudida de la carreta, la masa de cadáveres se estremecía con movimientos espantosos, y por entre la confusión de cuerpos lívidos se veían piernas y brazos salir fuera de los parales, cabezas quedar colgantes y soltarse cabelleras en desolados rizos, mientras aumentaban la fealdad de tan espeluznantes espectáculo, los gritos de los sepultureros y los bramidos de los bueyes, urgidos por el chuzo despiadado sobre los flancos sangrantes.

Cuando la carreta en que iba el cuerpo de Facundo llegó a lo alto de la cuesta del Panteón, ya había cerrado la noche. Los enterradores encendieron linternas y penetraron con la carreta al cementerio.

El cielo sin una estrella estaba negro; del aire quieto, como sobrecogido de pavor, caía un bochorno abrumador que envolvía la naturaleza silenciosa.

A la macilenta luz de las linternas, que parecían fuegos fatuos en aquel lóbrego recinto, los sepultureros fueron echando de uno a uno los cadáveres al negro fondo de la zanja, donde caían produciendo un golpe seco y apagado; luego los cubrieron con cal viva, y ya se disponían a echar la tierra encima cuando de pronto, sobrevino un formidable aguacero que los hizo alejarse a toda prisa para guarecerse y tomar un trago, pues hacían su trabajo “a media ceba”, es decir, casi borrachos.

Mientras tanto, entre el montón de muertos, en el negro fondo de la zanja, bajo el aguacero torrencial, comenzó a rebullir el cuerpo de Facundo, a quien la cal viva en efervescencia hacia estornudar estrepitosamente.

¿Qué había pasado? El agua fresca y las fuertes emanaciones de la cal viva despertaron de su sueño, que pudo ser eterno. El horror que Facundo tenía a la peste enfermó sus nervios, rompió su fortaleza, y en su neurosis, se creyó atacado de la peste, cayendo en estado cataléptico, dando así motivo para que lo creyesen muerto.

Facundo comenzó a rebullir con débiles lamentos, abrió los ojos, se incorporó con dificultad, desprendiéndose de la trabazón de varios cadáveres ya rígidos, extendió los brazos, explorando en la oscuridad, palpó, tocó narices y orejas, metió los dedos en bocas viscosas, asió cabellos, dedos, rotulas y cráneos… Entonces de súbito y con lucidez perfecta, lo comprendió todo, dándose cuenta exacta de  lo que con él había sucedido; horrorizado ante la idea de ser enterrado vivo, dio un grito agudísimo, sintió helársele la sangre, erizársele los cabellos, trabársele la lengua y paralizársele el corazón; en vez de caer ahí mismo muerto de miedo, salto con desesperación sobre los cuerpos empapados de agua y lodo fuera de la zanja, echó a correr en la negregura de la noche, brincó la cerca del cementerio y corrió en fuga loca la cuesta del Panteón abajo, como un fantasma aterrador, todo blanco de cal, envuelto en la sábana, con el pelo erizado y los ojos encendidos como brasas. A su paso se atrancaban con estrépito las puertas, temblaban los serenos de pavor, todo era una confusión, ¡Jesús! y ¡Santo Dios, Santo fuerte, Santo Inmortal!

Llegó a la puerta de su casa y llamó con gritos desesperados; sus familiares, que en ese momento rezaban por el eterno descanso de su alma, acudieron con candelas encendidas y abrieron la puerta. Quedaron paralizados de horror. ¡El ánima temerosa de Facundo venía del reino espantoso de la Muerte…!

Hubo horrísonos gritos, síncopes, carreras y confusión terrible. Facundo intentó explicar, pero por su aspecto de sombra del otro mundo no le permitió ser atendido, ni su lengua paralizada articuló palabra.

Al día siguiente todo se aclaró y la gente novelera sufrió gran desilusión. Facundo era un dichosísimo mortal que, gracias al torrencial aguacero de la noche anterior y a las emanaciones de la cal, escapó de que lo enterraran vivo.

A consecuencia del tremebundo susto estuvo muchos días entre la vida y la muerte; cuando desaparecieron la fiebre cerebral y los delirios quedó medio atontado y tartamudo para el resto de su larga vida. Como era un chiflado apacible, inofensivo, bondadoso, y su presencia recordaba el drama de su vida y días de suprema angustia por todos compartida, en las casas principales le daban acogida cariñosa, un plato lleno en la cocina y ropa de los señores, por la que se pirraba el buen Facundo. Nada le agradaba y envanecía tanto como vestir de levita  o Frac, chistera, zapatos de charol, enorme cuello tieso, vistosa corbata, y ponerse grandes flores en la solapa. Vestido miserablemente de gran señor con ropas demasiado holgadas y descoloridas, camisa finísima muy sucia, los zapatos destrozados y los ruedos y mangas vueltos hacia afuera, pues eran demasiados largos para su pequeño cuerpo, apoyado en grueso bastón, arrastraba por San José sus viejos pies fatigados y vacilantes; era grotesco y enternecedor. Así aparece en una vieja fotografía, tomada cuando Facundo tenía unos ochenta y cinco años de edad.

Una vez enfermó facundo. La acaudalada y caritativa dama doña Julia Álvarez de Rojas lo trasladó, ella misma, en su lujoso landó, tirado por el más hermoso tronco de caballos de raza que viera San José, al Hospital San Juan de Dios. Cuando salió del Hospital le preguntó la bondadosa señora doña Julia:

___Idiay, Facundo ¿Cómo le fue? ¿Ya esta bueno?

El anciano, bajando la cabeza, avergonzado, con un destello de resentimiento e indignación en la mirada, le contestó:

____ ¡Me bañaron!

Era entonces un viejito encorvado, tembloroso, de ojos garzos que brillaban, por entre la maraña de las abundantes cejas blancas, con una rara expresión de espanto y dulzura; su voz, profunda y grave, salía balbuciente y lenta de su pecho como del fondo de una sepultura.

Siempre hablaba de la hora de su muerte, en la que pensaba constantemente; su conversación era siempre cortada con expresiones como éstas: Después de que tome esta sopa, caigo muerto…Mañana amanezco muerto… En cuanto llegue a la esquina caigo muerto…

Padecía una obsesión resignada de la muerte, que tardó como noventa años en acordase de él.

 

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