Federico Mata Herrera. Abogado y Miembro de la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas.

Nuevamente la Historia nos enseña que no aprendemos de ella y volvemos a repetir los mismos errores. Sin pretender entrar en vanas discusiones filosóficas sobre si la humanidad se comporta de manera lineal o cíclica, dada la actual guerra en Ucrania conviene recordar las lindezas que hacía un monarca en la ciudad de Moscú hace unos 500 años atrás.

Primero, la obligada recensión genealógica. Iván IV de Moscú no era ningún príncipe advenedizo, descendía diecinueve generaciones por línea directa masculina de Rúrik, el semilegendario príncipe nórdico jefe de la tribu Rus que vivió en el siglo IX, cuyos vástagos gobernaron durante casi siete siglos lo que hoy son los estados de Rusia y Ucrania, siendo que casi toda la nobleza rusa de la actualidad es descendiente por vía agnaticia de este genearca. Su hijo Ingvar se estableció en la ciudad de Kiev, que se convirtió en la capital de un estado que poco a poco fue conquistando a sus vecinos y convirtiéndose en un poderoso principado, el bisnieto de Rurik Vladimir I “el Grande” adoptó el título de Gran Príncipe y se convirtió al cristianismo, a pesar de mantener un harén de unas 800 concubinas a la usanza oriental, eso no impidió que se le canonizara por parte de las iglesias católica y ortodoxa, Por cierto, un homólogo suyo, de apellido Putin inauguró hace seis años una polémica estatua de once metros de altura a un costado del Kremlin, en ese momento los moscovitas le criticaban que el antiguo gobernante no tenía ninguna relación histórica con la ciudad, pero ahora ya se sabe por dónde, literalmente, iban a venir los tiros.

El gran problema de la dinastía rurikida era que a la muerte de cada Gran Príncipe eran frecuentes las feroces luchas fratricidas entre los numerosos hijos que dejaba el difunto, lo que fue debilitando el estado que terminó dividido en una gran cantidad de feudos gobernados por distintas ramas de la familia. El golpe de gracia lo dio la invasión de los mongoles en 1240 y los descendientes de Genghis Khan se hicieron dueños de los que fue la Rus de Kiev durante tres siglos, no sin antes haber exterminado a más del noventa por ciento de sus habitantes.

Prosiguiendo con el linaje, uno de los hijos del último Gran Príncipe de Kiev Alejandro Nevski, de nombre Danilo, se estableció en el entonces pueblo de Moscú y aunque guardaba vasallaje al Khan de la Horda Dorada, su relativa remotidad posibilitó que el estado se fuera poblando con gentes que huían de las atrocidades mongolas. En 1480 su quinto nieto Iván III logró independizarse y adoptó el modesto título de “Soberano de toda Rusia”. Otra anotación importante para estos tiempos, para aquella época los gobernantes del sur se habían convertido al islamismo y se habían trasformado en un pueblo dominado por tribus de origen túrquico, siendo los más poderosos los tártaros asentados en la península de Crimea.

El poderoso Iván III en virtud de su nueva alta dignidad casó con una princesa bizantina, nieta el emperador Manuel II Paleólogo, padre del último Emperador Romano de Oriente, por lo que al fallecer éste la línea de los Grandes Duques de Moscú se convirtió en la rama con más derecho a suceder en el trono imperial, al extinguirse años más tarde todas las líneas masculinas de los Paleólogo, algo de lo cual el señor Putin seguramente ha tomado nota.

El hijo de Iván III de nombre Basilio III continuó con el rápido proceso de expansión territorial de los moscovitas y tuvo un matrimonio no menos ilustre, con la princesa lituana Elena Glinski, cuyo cuarto abuelo Alejandro era un príncipe tártaro que le rindió vasallaje al Gran Duque Vitautas de Lituania luego de que este soberano extendiera su dominio hasta Crimea en 1398. Según la tradición, esta familia proviene de los Kyat, jefes militares de la Horda Azul cuya ascendencia lleva hasta Genghis Khan. De tal manera que Iván IV era décimo cuarto nieto del mismísimo emperador mongol, el hombre más poderoso de la historia de la humanidad. No podemos dejar de imaginarnos al historiador aficionado Putin salivando cuando se enteró de esta filiación, sobre todo luego de que los aduladores de turno insinuaran 2016 que la familia Putin es de origen rurikida, descendiente de una rama ilegítima de los príncipes de Tver y para dar evidencia de ello invocaron el asombroso parecido del presidente ruso con la iconografía del siglo XIV del príncipe Miguel de Tver, otro de los hijos de Alejandro Nevski, a quien por supuesto Putin también le ha dedicado un fastuoso monumento  el pasado mes de setiembre, pronunciando un patriótico discurso en donde glorificaba a una Rusia poderosa y centralizada.

El padre de Iván IV murió en 1533 cuando éste contaba con apenas tres años de edad, por lo que su madre sirvió como regente cinco años, muriendo envenenada. De tal manera que el gobierno luego lo asumieron los boyardos, la clase noble rusa, quienes encerraron al pequeño príncipe y a su hermano en una de las torres del Kremlin, los humillaban constantemente, les pegaban y a menudo les negaban la comida obligándolos a mendigar. A los 13 años el joven heredero logró tomar el poder y una de las primeras cosas que hizo fue asesinar a su principal torturador el príncipe Andrei Shuisky haciendo que una jauría de perros hambrientos lo descuartizara vivo, grácil procedimiento que utilizó en repetidas ocasiones para deshacerse de sus enemigos.

El nuevo gobernante demostró tener un gran espíritu conquistador y en 1552 se produjo su mayor victoria militar, al derrotar al Khan de Kazán y poner fin al dominio de los mongoles, a quienes les devolvió el gesto del siglo XIII aniquilando prácticamente a toda la población. A raíz de este triunfo, sus súbditos comenzaron a llamarlo grozny, el cual se traduce como terrible, temible o severo, pero los propagandistas actuales lo traducen también como formidable y por su parte Iván IV aumentó el título de su abuelo a “Zar de todas las Rusias”, siendo la palabra zar el equivalente de César o Emperador.

Pero cuentan los cronistas que a pesar de su gloria, Iván IV padecía ataques de ira que eran exageradamente intensos, a menudo echaba espuma por la boca, se golpeaba la cabeza contra la pared y se arrancaba mechones de cabello. No debió haber sido muy grato estar presente durante uno de esos arrebatos. En materia de amores, se jactaba de haber desflorado a más de mil vírgenes y de posteriormente haber mandado a matar a los hijos que había concebido. Al parecer lo único noble en sus sentimientos fue un gran cariño por su primera esposa Anastasia Romanov, pero la muerte de ésta en 1560 lo sumió en una profunda depresión y comenzó a ver conspiraciones contra él en todos lados que caracterizaron los siguientes veinticuatro años de su reinado. Un análisis moderno de los restos de la zarina parece confirmar que ésta murió envenenada y que la paranoia de Iván no era tan injustificada.

Iván IV era profundamente religioso y su devoción lo hizo construir la hermosa catedral de San Basilio, la leyenda dice que cuando se inauguró el templo en 1565 en gratitud al arquitecto que la diseñó lo mandó a cegar, para asegurarse que no construyera otro edificio que lo superara en belleza. Ese mismo año creó la Oprichnina una temible guardia pretoriana que se encargó de perseguir y ejecutar a los boyardos para despojarlos de sus riquezas, las cuales de casualidad luego pasaban al patrimonio de Iván. En 1570 la ciudad de Novgorod se sublevó y esta milicia la sometió devastándola, matando a muchos de sus habitantes cortándoles la cabeza, ahogándolos en el río o empalándolos y muchos de los que no fueron directamente asesinados murieron luego de frío al pasar el invierno a campo abierto o de hambre al ser destruidas sus cosechas. Por órdenes de Iván, era usual que los enemigos fuesen ejecutados ya sea hirviéndolos vivos, empalándolos, asándolos en un fuego abierto o siendo desmembrados por la acción de caballos tirando de sus cuerpos. Para fortuna de sus súbditos, el monarca terminó disolviendo a este cuerpo de asesinos en 1571, luego de que se convenciera de que también conspiraban contra él y por supuesto mandó a asesinar cruelmente a sus comandantes.

En 1581 ocurrió uno de los sucesos más discutidos de la vida de este personaje, la muerte de su nuera encinta en uno de sus accesos de cólera, aparentemente porque no le gustó como iba vestida, a su juicio de forma indecorosa. Al reclamarle el crimen su hijo y heredero, también lo mató propinándole un bastonazo, escena que fue inmortalizada en un famoso cuadro de Iliá Repin que se exhibe en la Galería Tretiakov de Moscú. Sus contemporáneos dicen que Iván tuvo grandes remordimientos por su acción y que incluso pronunció la frase “Desde los tiempos de Adán hasta este día, he sobrepasado a todos los pecadores”. Pero casualmente el actual gobernante ruso reiteradamente niega que esto haya sucedido y en 2018 un exaltado, posiblemente inspirado por Putin, atacó el cuadro dañándolo seriamente.

La salud mental de Iván continuó deteriorándose conforme envejecía, algunos lo atribuyen al fallido intento de tratar con mercurio la sífilis que padecía y murió a los 53 años de edad envuelto en creencias paganas y brujerías. Para fortuna de su país sus genes no se reprodujeron y ninguno de sus nietos dejó descendencia, por lo que su linaje se extinguió y el trono ruso terminó en manos del sobrino de su esposa Miguel Romanov, fundador de una nueva dinastía no menos cruel y despiadada.

Con tales credenciales, no es de extrañar que muchos años después Iósif Stalin se declarara gran admirador de Iván IV e incluso le encargara al famoso director Sergei Eisenstein la filmación de una película propagandística a pesar de que la Segunda Guerra Mundial estaba en lo más intenso. Y menos raro es que el actual presidente ruso en los últimos años haya promovido la erección de varias estatuas del Terrible, cuando se inauguró la primera éstas en 2016 en la ciudad de Orel, su gobernador Vadim Potomsky, para más señas líder de una pandilla de motociclistas llamada Lobos de la Noche, actualmente acusada de cometer actos terroristas en Ucrania, en un arrebato de insuperable servilismo expresó estas palabras: “Tenemos un presidente grande y poderoso que ha obligado al mundo entero a respetar e hincarse ante Rusia como lo hizo en su momento Iván el Terrible”.

El actor Nikolay Chernasov personificando al monarca en la película clásica de Sergei Eisenstein (1944).