Fernando Cruz Castro, Magistrado de la Corte Suprema de Justicia

La memoria crece en la ruta de nuestra existencia, cuyo sentido y vigencia, es obvia, pero engañosa, plagada de interrogantes, temores, incertidumbres. Recordaba que en 2007, a propósito del premio Francisco Chaverri Rodríguez que me concedió la Fiscalía General, expresé mis reflexiones sobre la vida, la generosidad de los que me han rodeado y el privilegio de haber nacido en 1949, cuando se inició un capítulo de nuestra historia en que tantos logros personales y sociales, parecían posibles. Comparto estas reflexiones, porque expresan el estado de ánimo y la vitalidad que me acompañó en mi niñez y juventud. El reconocimiento que me concedieron, es un detalle secundario, es la expresión de la generosidad de los compañeros y compañeras de la Fiscalía. No ha variado el aire nostálgico de los valores de la República que me permitieron pensar que la democracia había llegado para quedarse, que era posible la democracia política, la social y la económica. Sólo en esa generosa atmósfera, yo podría tener optimismo sobre el futuro de nuestra convivencia. Esa esperanza en el porvenir, aún no me han abandonado, pero ahora percibo que la democracia y la justicia social, no tienen un futuro asegurado, se alejan, se esfuman; vivimos una época que no es tan grata y esperanzada para las personas que aún no han cumplido cuarenta años. Esos jóvenes quizás piensen que no tendrán trabajo estable, que no tendrán una jubilación digna en su vejez o una vivienda digna, es un espejismo. Comprendo esa desesperanza, por eso repaso las reflexiones que compartí hace más de quince años, porque describen mi ruta, la que propiciaron tantos ciudadanos y ciudadanas de la segunda mitad del siglo veinte. A todos ellos les agradezco el privilegio de una infancia y juventud en democracia, con esperanza, en la que me parecía posible la equidad social y la igualdad. Esa visión la encuentro en mis reflexiones, volviendo sobre mis pasos de una atmósfera social diferente a la que ahora respiro. Estas fueron mis reflexiones en el 2007, se las comparto:

“.Le debo mucho a tanta gente, mantengo una deuda con un país que me brindó bienestar y dignidad. Soy hijo del Estado del bienestar que se logró construir lentamente con la contribución y el sacrificio de muchos conciudadanos. Vienen a mi memoria tantas personas que me apoyaron, me toleraron, me comprendieron y supieron disimular mis defectos y destacar mis virtudes. Realmente no creo que haya hecho nada importante, salvo cumplir con mi deber, así es que no es necesario entrar en detalles sobre mi vida personal o profesional, prefiero recordar algunas ideas, propias y ajenas, que han inspirado mi vida, aunque sin lograr la excelencia que exige la eternidad, de la que cada uno tiene su versión.

Marco Aurelio (121-180), el sabio emperador romano dijo: “.. Es propio del hombre amar incluso a quienes lo ofenden. Esto ocurre cuando piensas que son tus semejantes y que han errado por ignorancia y sin querer; cuando piensas que, en muy poco tiempo, ambos estaréis muertos, y que, sobre todo, no te ha perjudicado, pues no ha dañado tu guía interior que continúa como era..”. [1] Quizás resulte difícil amar a quien nos ofende, pero pensándolo bien, en la perspectiva de nuestra temporalidad, las ofensas desaparecen por la comprensión, por el paso del tiempo y porque no han cambiado nuestra guía interior. En la Fiscalía, muchas veces recordé las palabras de Cicerón, quien destacaba que “.. la cortesía nos procura amigos, la verdad, enemigos..” [2] La ofensa, la verdad y la incomunicación son parte de las estaciones que he recorrido en mi vida profesional. En este sintético e íntimo recorrido, conservo intacto el agradecimiento a la sociedad costarricense, pues sin su apoyo y confianza no habría podido ocupar posiciones de privilegio en la fiscalía o en la judicatura. Tuve el privilegio de conocer a don Francisco Chaverri. Al hacer un inventario de mi juventud, hace treinta y dos años, tenía veintiséis años, me viene a la memoria el recuerdo de quien fuera el primer jefe del Ministerio Público. Era impaciente, explosivo, vehemente, franco, áspero, pasional, valiente. Mi vida profesional se benefició por el paso de don Francisco. Me estimuló mucho y llegó a confiar mucho en mi trabajo. Capté que por su impaciencia, no podía uno tardar mucho explicándole un asunto. Me sorprendió que murió a los cincuenta y nueve años, es decir, un año más que los que yo tengo ahora. Paradojas del tiempo, nos alcanza y nos permite asomarnos a la ventana de la eternidad. Cuando me comunicaron que me habían otorgado el premio que lleva su nombre, me invadió la nostalgia, por el tiempo que se ha ido y por la forma en que nos vamos despidiendo. Este tránsito permanente, impone una irremediable nostalgia. Tuve discusiones con don Francisco, algunas de ellas difíciles, pero nunca se molestó. Después de la discusión, respetó mi punto de vista y la relación y comunicación se mantuvo fluida. Don Francisco fue un referente en mi vida y que cada vez que lo recuerdo añoro el pasado, que convierte las experiencias en sueños; la conciencia del presente nos arrebata ese sueño, como si se hubiese perdido algo de la vitalidad desbordante que me acompañaba en mi juventud. Los buenos tiempos, según decimos, son el pasado que deforma una realidad que dejó de serlo. Recordar a don Francisco es como volver a los buenos tiempos, era más ingenuo, tenía más vitalidad, mis padres estaban vivos y don Francisco asumía, valientemente, una responsabilidad que luego me tocó asumir varios años más tarde. Era una de esas personas que hacen diferencia.

Pero debo reconocer que más allá de las nostalgias y los recuerdos, no puedo ignorar que el Estado costarricense, nuestra institucionalidad ha sido construida por muchos costarricenses, destacados y anónimos, que nos han heredado un país singular, aunque a veces pensemos que no somos gran cosa. Figuras como Juan Rafael Mora, Jorge Volio, Félix Arcadio Montero, Ricardo Jiménez, Rafael Ángel Calderón Guardia, Manuel Mora Valverde, Carlos Luis Fallas, Monseñor Sanabria Martínez, José Figueres Ferrer, Rodrigo Facio, son parte de esos costarricenses destacados que junto con un pueblo esforzado nos heredaron este país que con ligereza se dice que es ingobernable, pero quizás la ingobernabilidad provenga de los valores y tradiciones que se gestaron lentamente y que exigen convencimientos y no consignas. Al leer los conceptos y las ideas de los costarricenses que forjaron esta República, es inevitable destacar algunas.

Don Ricardo Jiménez, a propósito de la conversión de un cuartel en Escuela y que lleva el nombre de Juan Rafael Mora, expresó lo siguiente: “..Para mí el cuartel era el símbolo de los gobiernos fuertes, es decir, de los gobiernos tiránicos: el símbolo, no del ejército que sirve de escudo a las libertades y a la soberanía de la nación, sino el símbolo del militarismo que es cosa muy distinta. “Esto matará aquello”, decía Víctor Hugo, y yo me dije: la escuela matará el militarismo y si no el militarismo matará a la República. De nosotros se ha dicho que somos un país que cuenta con más maestros que soldados y que transforma cuarteles en escuelas. Completemos la fórmula y digamos: un país que tiene más maestros que soldados y que transforma cuarteles en escuelas…”. [3] También don Ricardo, cuando se enteró del decreto que disolvió el Congreso, siendo Presidente del Poder Judicial, redactó una nota de renuncia dirigida a los miembros del Tribunal Supremo, en la que considera que tal acción es un ataque mortal a la Constitución, mencionado, textualmente, “..Mi autoridad se deriva de ella, y se ha extinguido al extinguirse su fuente..”. [4] Entre las curiosidades que menciona don Joaquín Vargas Coto, destaca que se algunas personas iniciaron una campaña con el propósito de regalarle una casa don Ricardo, pues vivía en una casa de alquiler, muy modesta, por cierto. El veterano político, al enterarse de tal pretensión, expreso en un reportaje: “.. Si la idea en vez de ser la de regalarme una casa, fuera para adquirir una tumba, menos mal, porque una vez metido en ella no oiría los comentarios de las gentes de que a don Ricardo lo entierran en una fosa regalada..” [5]

Esta es una muestra de la profundidad de nuestro espíritu republicano, que de todas maneras y por desgracia, no garantiza su inamovilidad.

De igual forma, una figura como Monseñor Sanabria, en una época difícil, se atrevió a decir en 1938: “.. No hemos de perder de vista en estas cuestiones que lo que hay de justicia en las ideas comunistas- a ellas nos referimos tomado está del cristianismo y calcado está sobre las exposiciones de León XIII y de Pío XI. Sólo que en el sistema comunista se hallan tales bondades curiosa y sarcásticamente mezcladas, contra todas las reglas de la lógica, con otras ideas diametralmente opuestas a ellas, que neutralizan y destruyen su efecto….” [6] Qué privilegio tuvo Costa Rica de poder contar con una persona de tan amplio criterio como Monseñor Sanabria, hace más de sesenta años, en una época en que no era usual analizar el comunismo desde una perspectiva analítica. Su actitud y sus acciones tuvieron un efecto determinante sobre la paz social que ha tenido Costa Rica desde mediados del siglo XX. La mención de Monseñor Sanabria se vincula con la intervención de otro costarricense destacado como Calderón Guardia, quien al proponer las garantías sociales, variando el papel tradicional del Estado, menciona en su mensaje que “…El artículo cincuenta y uno del proyecto es la base del nuevo concepto del Estado, que ya no puede limitar su acción a una gestión administrativa, pura y simple, ni a permitir el libre juego de factores que no pueden vivir ni progresar sin un cabal ordenamiento de los mismos. La armonía social exige, antes de que la abierta competencia de las grandes fuerzas económicas, la intervención del Estado a fin de evitar que unas se impongan sobre otras, con detrimento del tranquilo desarrollo de la colectividad. …” [7] Este no fue un simple mensaje, se tradujo en una transformación radical de la función del Estado, dando lugar al Estado social costarricense. Otro hito en la construcción de esta República en la que puede actuar un Poder Judicial y el Ministerio Público.

Don José Figueres, sembró tantas ideas y actitudes, que aunque el tiempo y la realidad parece que ha enterrado profundamente su legado, las raíces están presentes en muchas conciencias y acciones del pueblo costarricense. Sus inquietudes sociales las resumió muy bien cuando en cartas a un ciudadano destacó un lema de la revolución mejicana que mencionaba: nadie tiene derecho a lo superfluo mientras haya quienes carezcan de lo indispensable. [8] Según decía, este es un de los lemas más hermosos del socialismo. Sin aplicar un socialismo extremo, no hay duda que José Figueres le imprimió a la política costarricense una visión que ya se había comenzado a gestar desde Jorge Volio y otros costarricenses. Fue extraordinario que no sólo suprimió al ejercicio oficial, sino que tampoco convirtió al grupo militar ganador, en otra casta militar. Respecto del pacto fundamental y el cambio social, expresó ideas de profunda vocación democrática, cuando señaló que “..La Constitución debe entenderse como obra de conjunto, e interpretarse siempre de la manera que más favorezca la moral y los derechos ciudadanos. El juramento que se exige al Presidente de la República no es sólo el de acatar la Constitución y las leyes, como un autómata, sino el de aplicar su discreción, proceder con sentido de responsabilidad y cumplir fielmente los deberes de su destino. Yo cumplo fielmente los deberes de mi destino, cuando contribuyo por todos los medios posibles, a que nuestro sistema político mejore, sin detrimento de ningún derecho ciudadano, y a que no se quede atrás del sistema económico, del sistema social, y de todo el pensamiento democrático contemporáneo…”. [9]

Todas las ideas que en una apretada síntesis he citado, constituyen un monumento, una herencia histórica que inspiran los valores de nuestra República.

Se trata de un privilegio que hemos tenido los costarricenses, en el que con las imperfecciones e inconsistencias inevitables, hemos podido forjar un sistema político que se tradujo en un cambio social que le dio paso a instituciones, valores y actitudes. En ese contexto político tan privilegiado he podido ejercer, con dignidad, funciones en el Poder Judicial. No todo ha sido miel sobre hojuelas, pero estimo inevitable recordar a algunos de los forjadores de esta República tan singular, cuyo fundamento y vigencia debemos defender con plena conciencia de esta herencia histórica que forjaron los costarricenses distinguidos, algunos de ellos conocidos, como los que he citado, y otro grupo gigantesco de conciudadanos que murieron en el anonimato, pero que dejaron un legado precioso y valioso. Por esta razón las funciones que he ejercido se han convertido en un privilegio, porque muchas personas crearon la atmósfera política y social que me permitió alcanzar dignidad personal y profesional. No podía dejar de mencionar actitudes y valores tan importantes, que son los que han marcado mi ruta en la Fiscalía y en la judicatura.

Sin embargo, el Ministerio Público enfrenta amenazas y vulnerabilidades. Siempre trae malas noticias, porque al fin y al cabo, el drama penal no significa ningún privilegio o progreso. En principio, si persigue a los sectores marginados, tiene pocos problemas. Diversos factores, entre ellos los medios de comunicación, convierten la persecución penal en parte del espectáculo que permite a todos los sectores sociales, ubicar, en algún sitio, la maldad. La persecución de los sectores marginados nos permite a todos los grupos sociales, considerarnos muy correctos, muy buenos. Alguna persona socialmente desfavorecida asume la maldad y la personifica. Empero, los problemas más difíciles los enfrenta la Fiscalía cuando debe perseguir los delitos de poder, la delincuencia dorada, el crimen organizado. En esos casos, enfrentará algo más que a un defensor. Ya no es un caso aislado, sino que confronta a organización política, a una organización delictiva, a una opinión pública que hoy le aplaude, pero mañana, por razones fundadas o no, juzga a la Fiscalía con dureza e intolerancia. Si enfrenta a la delincuencia vinculada con el poder, se convierte en un enemigo político muy vulnerable. No cuenta con la base social y económica que tienen los grupos que se sienten perjudicados por una investigación o acusación. Las viejas lealtades y simpatías se organizan para desprestigiar, criticar y descalificar a la cabeza visible de la Fiscalía, en este caso, el Fiscal General. También se recurre a las amenazas, el acoso psicológico.

Ningún funcionario estatal está tan expuesto al desprestigio, la descalificación y el ostracismo político que puede sufrir el Fiscal General, cuando se le ocurre investigar o indagar sobre las cifras doradas de la delincuencia. Estos casos tienen una trascendencia que supera la discusión en estrados judiciales. Al igual que se manejan las campañas políticas, también en estos mega-procesos en los que se cuestiona a personas de relevancia política, se podría aplicar la misma estrategia, pues resulta inevitable, en virtud de los juicios paralelos, que la defensa tenga dos vías: la judicial y la mediática. No es una campaña complicada, porque el funcionario cuestionado, no tiene la experiencia y la agilidad que poseen quienes saben muy bien como tratar a un enemigo político, que en eso es lo que se convierte el Fiscal, que se le ocurre investigar los actos delictivos vinculados con el abuso de poder. El Fiscal debe vencer todas las garantías que tutelan al imputado, investigar y probar el ilícito penal. Es una empresa compleja; por esta razón es muy vulnerable.

El control del poder no debería quedar circunscrito a la persecución penal, que siempre está condicionada por inevitables y saludables limitaciones, se requiere una intervención más eficaz del control político, que en los últimos años, prácticamente ha desaparecido. La Fiscalía no puede convertirse en la única respuesta contra el abuso de poder. En los casos de mayor trascendencia social y política, la Fiscalía queda mal con un sector si acusa; de igual forma, queda mal, si no acusa. En el primer caso, entre las cosas que se puede decir, es que pretende levantar su imagen utilizando abusivamente su poder; cuando se abstiene de acusar, se afirma que busca el aplauso y los reconocimientos de los líderes del partido que resultó beneficiado, agradecimiento que se traducirá en algún ascenso. Y todo estos dolores de cabeza, ¿ para qué ? Le iría mejor si sólo persigue a la delincuencia común, porque confirmaría el imaginario colectivo que asume que la maldad y la incorrección corresponde, exclusivamente, a un sector social.

En medio de este panorama, siempre he pensado que el Fiscal General es políticamente vulnerable, salvo que adopte el camino fácil de concentrarse en la investigación y persecución del delito convencional. La vulnerabilidad crece por el hecho que la figura visible del Ministerio Público, es el Fiscal General. Estas son meditaciones que he hecho al recordar experiencias que tuve en la Fiscalía y en las que analicé todas estas posibilidades. Es una misión difícil, en la que los antagonismos pueden surgir con facilidad. La judicatura puede antagonizar con el Fiscal, de igual forma la cúpula judicial, los medios de comunicación, las organizaciones políticas. Es importante ahondar en una evaluación del Ministerio Público como órgano extra-poder. Presenta, indudablemente, particularidades que lo diferencian de cualquier otro órgano de control o fiscalización. He insistido en este punto, porque me parece que todas estas tensiones deben evaluarse con el fin de fortalecer el órgano de la acusación.

La construcción de nuestra República, con una herencia histórica tan rica, permite edificar un Ministerio Público que ya posee una trayectoria valiosa y ejemplar. Las personas que han recibido esta distinción que hoy se me concede, como José María Tiberino Pacheco, Jorge Segura Román, son una buena muestra de los logros de un Ministerio Público que recoge las mejores tradiciones de un estado de Derecho que se ha forjado con los ideales y las acciones de muchas personas que ya no están, pero que marcaron una ruta de valores y actitudes. Me siento privilegiado y muy honrado por esta distinción que se me otorga. Es un honor ser un servidor del Estado en un país que puede recordar, con orgullo, a líderes que fortalecieron la democracia social y política, minimizando los reductos del autoritarismo. Los desafíos que debe vencer un Fiscal General que pretende controlar el abuso de poder, son muy grandes, por esta razón no estaría de más que tocara madera, con la gracia y la ironía que describe Joan Manuel Serrat. La letra de la canción, describe veredas y plantea interrogantes complejos, dramáticos, por esta razón más le vale tocar madera y sobrevivir:

“Nada tienes que temer, al mal tiempo buena cara, la Constitución te ampara, la justicia te defiende, la policía te guarda, el sindicato te apoya, el sistema te respalda y los pajaritos cantan y las nubes se levantan. Cruza los dedos, toca madera.

No pases por debajo de esa escalera. Y evita el trece y al gato negro. No te levantes con el pie izquierdo. Y métete en el bolsillo envuelta en tu carta astral una pata de conejo por si se quiebra un espejo o se derrama la sal. Y vigila el horóscopo y el biorritmo. Ni se te ocurra vestirte de amarillo. Y si a pesar de todo la vida te cuelga el «no hay billetes» recuerda que pisar mierda trae buena suerte. Toca madera, toca madera. Cruza los dedos, toca madera.
Nada tienes que temer… Arriba los corazones… Nada tienes que temer pero nunca están de más ciertas precauciones. Cruza los dedos, toca madera. No pases por debajo de esa escalera.

Y evita el trece y al gato negro. No te levantes con el pie izquierdo. Que también hacen la siesta los árbitros y los jueces. Con tu olivo y tu paloma camina por la maroma entre el amor y la muerte. Y vigila el horóscopo y el biorritmo. Ni se te ocurra vestirte de amarillo. Y si a pesar de todo la vida te cuelga el “no hay billetes” recuerda que pisar mierda trae buena suerte. Toca madera, toca madera. Cruza los dedos, toca madera.
Y ajústate los machos, respira hondo, traga saliva, toma carrera, y abre la puerta, sal a la calle, cruza los dedos, toca madera. Toca madera, toca madera.

Cruza los dedos, toca madera.” Tocar madera, la fina ironía, la falsa seguridad, el consuelo para resistir la desesperanza. Para el ciudadano, para los jueces, para el Fiscal General, también, deben tocar madera, en muchas ocasiones, no basta el poder formal, la definición legal, se requiere la armoniosa sinfonía de la justicia social, de la democracia en serio, para que las reglas jurídicas no se conviertan en una formalidad, en simple liturgia.

 

[1] Marco Aurelio- “Meditaciones- Enseñanzas para una conducta moral”- Ediciones Temas de Hoy- España. 1994- p.93. En la página noventa y cuatro de la obra recién citada, sugiere que “..Cuando alguien cometa una falta contra ti, considera enseguida qué opinión sobre el bien o el mal le ha llevado a ello. Cuando hayas visto la causa, lo compadecerás y no experimentarás ni sorpresa ni cólera. Porque, si tú mismo tienes su misma opinión o parecida, o parecida, sobre el bien, debes perdonarle; y si no compartes su opinión sobre el bien y el mal, entonces te será más fácil ser indulgente con su error…”.
[2] Marco Tulio Cicerón- “Ética para cada día”- Ed. Península. España. 2000- p.71.
[3] Vargas Coto, Joaquín. “Crónicas de la Época y vida de don Ricardo”. Editorial Costa Rica. Costa Rica. 1986- p.124.
[4] Nota del primero de septiembre de 1892, publicada en la obra titulada: “Ricardo Jiménez Oreamuno- su pensamiento”- Editorial Costa Rica- Costa Rica. 1980- p. 415.
[5] Manifestaciones publicadas en el Diario de Costa Rica el 16 de marzo de 1943- según cita de Vargas Coto, Joaquín. Ob-cit. P. 322.
[6] Arrieta Quesada, Santiago. “El pensamiento político social de Monseñor Sanabria”- Ed. Educa. Costa Rica. 1977- p. 320. En la misma página citada, Arrieta Quesada señala que Víctor Sanabria Martínez que este costarricense de excepción, cuando debió asumir acciones frente a los problemas nacionales, “..no tuvo prejuicios, como ya lo he expuesto, por ello se convirtió en uno de los primeros Obispos de Latinoamérica que creyeron en el sentido práctico y liberador que puede tener una Iglesia que, adentrándose en la conciencia del hombre humilde, lo conduzca a un proceso en el que la justicia y la equidad asomen como medios para su liberación…”.
[7] Mensaje al Congreso sobre las Garantías Sociales del Presidente Rafael Ángel Calderón Guardia, del 16 de mayo de 1942.
[8] Figueres, José. “Cartas a un ciudadano”- Ed. UNED- Costa Rica. 2003- p. -92
[9] Figueres, José. “Escritos de José Figueres”(política, economía y relaciones internacionales)- Editorial UNED- 2000- p. 71.

 

Fernando Cruz Castro

Por Fernando Cruz Castro

Abogado. Magistrado de la Corte Suprema de Justicia de Costa Rica. Es licenciado en Derecho de la Universidad de Costa Rica y ostenta un doctorado en Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.