Fernando Cruz Castro: Ronald Fernández Pinto, intelectual de encantadora conversación

Triste su deceso, intelectual encantador, ahora vivo el gozo de conversar con sus recuerdos. Es mi caluroso viaje a mi memoria viva y alegre.

Fernando Cruz Castro, Magistrado de la Corte Suprema de Justicia

Acabo de enterarme del deceso de Ronald, vecino, profesor y amigo. En mi recuerdo de infancia, aparece un adolescente de vivaz conversación, inquieto y risueño. A pesar que yo era unos diez años menor, me encantaba su conversación chispeante, cargada de preguntas y conclusiones. Me llamaba la atención que se quedaba conversando con mi madre en la puerta de mi casa, pues vivía a cincuenta metros, sobre avenida diez. Su discurso locuaz lo distinguía desde su juventud, su intelecto desataba un torrente de datos e interrogantes. No podía ocultar su mente analítica, su mente brillante y su simpatía. Si mal no recuerdo, se graduó del colegio Seminario, estudió Derecho e hizo estudios de post grado en los Estados Unidos; quizás en New York.

Ese vecino conversador, simpático, locuaz, se convirtió en mi infancia y adolescencia, en un modelo a seguir, porque era un intelectual, sin perder de vista la naturalidad y la simpatía. Después, tuve el privilegio que fuera mi profesor en Derecho y en Ciencias Políticas. Sus lecciones eran encantadoras, imperaba la polémica, la reflexion, la crítica, no era el profesor de superflua autoridad, era el maestro que ponía en juego sus ideas, para que sus alumnos construyeran su aprendizaje, sin imposición, sin argumentos de autoridad. Qué placer recordar esos encuentros, no había verdades, sólo preguntas, saboreando la incertidumbre. Ronald sugería un abanico de posibilidades y en algún momento cuestionaba hasta sus conceptos. Así percibía que el maestro sólo creía en los interrogantes. En sus clases fluian las ideas, perecían en el análisis y surgían otras, variaban los horizontes del aprendizaje, así era el sutil guión del maestro Fernández, sin definiciones desde su autoridad, sólo la dialéctica entre principiantes y el maestro. Así fue, a Ronald le debo la duda de lo que se dice, la adhesión a mi disidencia, tan importante en la formación, tan determinante en la educación.

Recuerdo que una vez visité al profesor Fernández en compañía de José Miguel Alfaro, el recordado ex-vicepresidente. Era un ambiente extraño el que rodeaba al respetado amigo, pero la conversación fue maravillosa, cargada de comprensión y sabiduría. Conozco a Ronald, desde el barrio, desde mi infancia, su recuerdo me resulta tan grato, tan alegre. El intelectual tan cercano, de mente brillante y don de gentes. Me dicen que el maestro, dejó de hablar, se silenció, dejó de estar en esta realidad tan injusta y limitada.

En mi recuerdo sigue viva su imagen de febril argumentador. Me percato en esta despedida, que he vivido bastante, que tuve el privilegio de conocer al encantador intelectual desde mi infancia. Lamento vivir la ausencia de una persona excepcional, pero me regocija recordarlo con gratitud y nostalgia, renovar el privilegio de su bondad y comprensión. Ronald, otra persona de la que soy deudor. Triste su deceso, intelectual encantador, ahora vivo el gozo de conversar con sus recuerdos. Es mi caluroso viaje a mi memoria viva y alegre.

 

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