Fernando Cruz Castro: Vladimir Carazo Serrano – Serena sabiduría, gran sanador.

Ya no lo veré más, no recibiré su indescifrable sanación, algún día debía partir, ya había cumplido, con sobrados méritos, su compromiso con la fraternidad masónica. Don Vladimir, el sanador que recetaba sabiduría y alegría.

Fernando Cruz Castro, Magistrado de la Corte Suprema de Justicia

Me he enterado que Don Vladimir Carazo, el gran sanador, ha partido. En su mente, libre e inquieta, sabía bien el significado de su vida y del viaje hacia la luz. Don Vladimir, uno más al que tanto le debo, como siempre, no podré compensarlo. Lo conocí hace más de doce años, gracias a la gentil recomendación de Luis Paulino Mora Mora, quien me sugirió que le visitara para curar un extraño quebranto de salud que padecía. Al conocerlo percibí su iluminación, su atmósfera. El sanador que sabía de la medicina del alma, sutil energía que compartía con generosa solidaridad. Durante casi diez años le visité para recibir su sabiduría y su energía.

Esos encuentros eran algo más que una consulta médica. Su presencia, sus palabras, renovaban mi confianza, mi serenidad. Después de su intervención terapéutica, bajaba de su consultorio de Tarbaca con una vitalidad renovada, me parecía que había más luz, más eternidad. En nuestras largas conversaciones, comenzaba mi sanación. La consulta duraba más de una hora, yo era el que más hablaba, confiaba en su discreción y su criterio. Era un diálogo sanador.

Me observaba mientras yo daba rienda suelta a mi locuacidad, de vez en cuando, me interrumpía con una aguda observación. En su mirada penetrante, percibía su sabiduría. Al final, me hacía algunas preguntas sobre mis padecimientos. Luego me examinaba, siempre incluía la observación del iris de mis ojos. A veces, tomaba un libro grueso y me anunciaba la homeopatía que me recetaría.

Era algo más que el medicamento, desde nuestra conversación, comenzaba mi curación, mi sanación. Ese masón de convicción, sin prejuicios religiosos, amante de la justicia social y de la naturaleza, tenía en su presencia, en su silencio, en su observación, un efecto sanador. Así lo viví, así lo percibí en el tratamiento de mis malestares.

Maravillosa experiencia, percibir la sanación, sin palabras, bastaba la atmósfera que abrazaba al sanador. Una vez me dijo: a veces queremos resolver todos los problemas, sin percatarnos que algunos de ellos, se resuelven solos, sin nuestra intervención. Sabio consejo del gran señor. Varias veces me dijo que colgara un saco de arena y que lo golpeara, así me liberaba de la energía que acumulaba sin razón.

Sus consejos, cargados de las invisibilidades que rigen nuestra vida. La sabiduría de Vladimir, no estaba en su medicación, fui testigo de esa energía que aseguró mi salud, mi alegría. La pandemia y la complicación de mis actividades, interrumpieron la magia de su terapia. Como siempre, creía que el sanador, sería eterno, que su energía era inagotable. Nunca percibí su edad, sólo su vitalidad y su misteriosa energía. Se ha ido, él conoce bien la ruta. Soy su deudor, no podré compensarlo.

Tantas personas son sus deudores. Ejerció la medicina con humanidad y alcanzó el grado de sanador, derrochando una energía que superaba su medicación. Su palabra, su presencia, era parte de su efecto terapéutico. Ya no lo veré más, no recibiré su indescifrable sanación, algún día debía partir, ya había cumplido, con sobrados méritos, su compromiso con la fraternidad masónica. Don Vladimir, el sanador que recetaba sabiduría y alegría.

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