Fernando Cruz: La visión social de Juan Pablo II

La humanidad requiere algo más que oferta y demanda, algo más que un trabajo

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Fernando Cruz Castro,  Abogado, Magistrado, Presidente de la Corte Suprema de Justicia.

Este artículo recoge mi discurso al otorgarle el Parlamento la ciudadanía de honor a San Juan Pablo II

Este homenaje del parlamento costarricense a Juan Pablo II, es un reconocimiento al ser humano de acción y de reflexión, al Pontífice viajero, es un paréntesis en medio de la rutina y la postergación de lo que debe ser la humanidad en su más elevada versión. Es un maravilloso pretexto para elevarnos y dejar atrás la rutina que nos impide ver la verdadera profundidad del ser humano.

No puedo ignorar que la doctrina social de los Pontífices está vinculada al principio cristiano de justicia social, que lo reconoce la Constitución Política costarricense en su artículo 74. Es una aspiración trascendental, lo que pasa es que puede quedar postergada y se convierte, en muchas ocasiones, en letra mojada. Creo que para los actores poderosos, en sentido amplio, esta es una aspiración fundamental. Producción con humanidad, con dignidad para todos. Menciono esta aspiración, porque está en la orientación del pensamiento cristiano de los pontífices, entre ellos, por supuesto, Juan Pablo II.

La solución marxista, ha fracasado, pero persisten en el mundo fenómenos de marginación y explotación,  especialmente en el Tercer Mundo , afirma Juan Pablo II en su encíclica social Centesimus annus. No puede concebirse que este pensador y líder espiritual, asumiera, con simpleza, que la solución a la inhumanidad, se encontraría  en una sociedad regida por “ mercados”, sin más objetivos que la producción y el trabajo. Ese no es el mensaje social del cristianismo.

Esta encíclica es un documento de 144 páginas, muy valioso, que conmemora el centésimo aniversario de la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII, la primera de la Iglesia sobre doctrina social y en la que se defendía la propiedad privada, pero criticaba la explotación de los obreros. Ese contraste se mantiene, porque aún se aprecia, en muchas regiones del mundo, la explotación de los trabajadores.  Hay muchos espacios que permiten tener una sociedad con “mercados”, pero que no aseguran el bienestar de todos. Mercados, por supuesto, aunque no deja de ser  una abstracción, porque casi nunca la competencia es pura y perfecta. Demasiadas deformaciones subsisten en esta materia.

El Pontífice, refiriéndose a los países más pobres del mundo, dice que muchos hombres viven en ambientes que niegan lo indispensable a muchos sectores de la población, manteniendo plena vigencia las reglas del capitalismo primitivo, en el que imperan condiciones inhumanas, tan dramáticas como las que describe Dickens y Víctor Hugo en sus novelas. Ese panorama, no está lejos, siguen vigentes las conmovedoras imágenes de los autores citados.

En la encíclica mencionada, el pontífice dedica  una buena parte de su contenido  a enumerar los errores del socialismo real, totalitarismos que culminan con la  caída de los regímenes autoritarios lejanos al socialismo que pregonaban. Claro, que el autoritarismo y la inhumanidad, reaparecen con otras etiquetas, pero siempre es lo mismo, la negación de la dignidad de la persona y una maquinaria de poder que aniquila la disidencia y la libertad de pensamiento. Ni capitalismo, ni comunismo,  aseguran la democracia auténtica.

Descalificó también los defectos del capitalismo desarrollado, el consumismo, la droga, la pornografía, los desastres ecológicos y recordó, con franqueza, que para los países en desarrollo,  todavía siguen siendo válidas muchas de las premisas de la Rerum Novarum, que expresaba fuertes críticas al  capitalismo salvaje reinante en Europa. Así es, hablamos mucho de la doctrina social y su humanidad, pero la realidad política, la nuestra, transita por otras rutas. Eso destacan los Pontífices, hablan de mercados, pero con ajustes y variaciones que nunca se logran en la práctica. Sobre esto la política tiene mucho que hacer y mucho que decir.

En el Tercer Mundo todavía existen casos de explotación inhumana, de semiesclavitud,  señaló  el Pontífice, y agregó:  “Dios ha dado la tierra a todo el género humano (…) sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno , y que aunque la propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes (…) deben ser considerados como una ampliación de la libertad humana , no son un derecho absoluto…” Qué importante, no es un derecho absoluto. A veces parece, que sí lo es.

Se inclinó a favor del libre mercado como instrumento más eficaz para definir los recursos de una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación. Menciona un concepto que se posterga:  la participación de los trabajadores en la producción, una posibilidad que no es excluyente del mercado. Pocos hablan de participación en la producción, pero ahí está, es un concepto de la doctrina social del cristianismo. Esta posibilidad no es , ni remotamente, una prioridad política.

En el capítulo dedicado a la propiedad privada, escribe que, pese a los grandes cambios acaecidos en las sociedades más avanzadas, las carencias humanas del capitalismo, con el consiguiente dominio de las cosas sobre los hombres, están lejos de haber desaparecido. La alienación, sigue vigorosa y se profundiza, porque la globalización hace que la injusticia alcance dimensiones planetarias, como señalaba con insistencia, Hélder Cámara, el recordado sacerdote brasileño.

Se expresa el Pontífice con la libertad de un profeta: para los pobres, a la falta de bienes materiales se añade la del saber y de los conocimientos que les impide salir del estado de humillante de dependencia. Así es, pobreza material, pobreza en el conocimiento. Otro concepto, la dependencia, la alienación, ahora también globalizada, imperceptible, penetrante en el mundo ficticio creado por las realidades paralelas de los nuevos medios de comunicación.

Entre sus sugerencias para el progreso del mundo en desarrollo,  se incluyen: aliviar, prorrogar o incluso cancelar la deuda externa; otorgar acceso equitativo a los mercados internacionales y compartir la tecnología y experiencia. Qué programa ! nadie habla de esto en el concierto internacional. Imagínese, reducir la deuda externa o cancelarla. Contundente el Pontífice, su propuesta parece ciencia ficción. Pero lo dijo, lo expresó, por eso merece nuestro reconocimiento. Esa propuesta, también es social cristiana. Porque la deuda externa se deriva de las desigualdades históricas, de muy vieja data.

Sin mencionar países, criticó las sociedades de consumo por intentar demostrar cómo una sociedad de mercado libre puede lograr una mayor satisfacción de las necesidades humanas frente al modelo comunista, al tiempo que excluye igualmente los valores espirituales. Buena crítica, no basta satisfacer necesidades materiales, no deben ignorarse las necesidades espirituales, el último peldaño en la construcción de la persona. Claro, en nuestra región es peor, Centroamérica no satisface las necesidades de su población. Ni materiales, ni espirituales. Estamos lejos de la abundancia capitalista. Lo que sí hacemos, con desesperación, es exportar personas.  Para esos desplazados, no hay futuro, no hay una respuesta de dignidad.

Dentro del mensaje social de la Iglesia hay un concepto que se repite muchas veces: marxismo y capitalismo, ambos gravitan en lo económico. No hay espacio para otras visiones, otros paradigmas. Bien decía Emmanuel Mounier, que el comunismo es hijo rebelde del capitalismo. Libre empresa, pero con rostro humano. Todo un programa, un paradigma sin definir. Ese rostro humano, acorde con la dignidad de la persona, supondría, por ejemplo, vigencia efectiva del derecho a sindicalizarse. Eso también es pensamiento social cristiano. Trabajo con dignidad, qué profundidad !, qué compromiso !. Qué aspiración !. Claro, la Constitución habla de la doctrina social de la Iglesia, que es humanismo, pero al final, los grupos más poderosos sólo ofrecen una visión reducida de lo que es la dignidad de la persona. Diría, una visión deformada por la codicia y el afán de dominio.

Igualmente menciona un grave problema que no se ha resuelto en muchos países: la deuda exterior de los países más pobres que, aunque deben ser pagadas, no es lícito exigir o pretender su pago cuando llevará al hambre a poblaciones enteras.  Cuál será el camino? Qué dilema, pagar aunque se extienda el hambre en los países deudores. Es evidente, que  este interrogante ético, no está en la agenda de los países acreedores.

El Papa le advierte a Occidente que no debía considerar su estilo de vida reivindicado por el derrumbe de los gobiernos marxistas. Se requiere mucho más, para tener humanidad. Señala que ese derrumbe sólo ha profundizado las raíces del capitalismo salvaje, al que nadie se adhiere formalmente, pero que se asume en el idioma del poder, del auténtico poder, ese que no se ve, que no tiene rostro. Así es, se condena el capitalismo salvaje en las declaraciones, pero en la realidad de la pobreza y marginación, percibimos la vigorosa vigencia de un capitalismo insolidario, insensible.

Se puede decir, quizás, después del fracaso del comunismo, ¿ que el capitalismo es el sistema social victorioso y el capitalismo debería ser el objetivo de los países que ahora se esfuerzan por reconstruir su economía y sociedad ?, pregunta el Pontífice.

Es éste el modelo que debe ser propuesto a los países del Tercer Mundo, que buscan la senda del verdadero progreso económico y civil ? (…) La respuesta es obviamente compleja, afirma.

Propone, ante la crisis del marxismo, la doctrina social de la Iglesia como su alternativa de humanización profunda.  Pero cómo se expresa esta alternativa ?  Parece que siempre nos quedamos sólo con el tema de la libre empresa y el libre mercado y lo demás, queda en la penumbra, los derechos de los trabajadores, la movilidad social, el estado benefactor, para esas aspiraciones, no hay recursos, no hay tiempo, no hay decisión. Basta el libre mercado y el trabajo. Creo que eso no dijo Juan Pablo II y menos el actual Pontífice. Al pensamiento social de la Iglesia no le basta el mercado o el trabajo, hay otras dimensiones muy importantes para alcanzar una sociedad con humanidad y decencia.

No desconozco que el papa  Juan Pablo II planteó una dura condena del capitalismo en su encíclica Centesimus annus. En este documento  Juan Pablo II afirma que el capitalismo no puede considerarse como el sistema ideal por el hecho de que haya fracasado el comunismo en el mundo. Lo  considera tan «ateo» y «materialista» como el marxismo. Aquí está el mensaje social, ni totalitarismo comunista, ni capitalismo salvaje e inhumano. El ser humano es algo más que la economía de mercado, algo más que trabajo para que sobreviva.

Tras condenar el comunismo, «nacido del odio y del ateísmo» que engendraba “la lucha de clases», el papa polaco es más duro con el capitalismo,  al que prefiere llamar, «ideología radical de tipo capitalista», para distinguirlo de lo que él considera un capitalismo «positivo», pero al que no quiere llamarlo con ese nombre sino con los de «economía de empresa», «economía de mercado» o «economía libre». Qué difícil encontrar los modelos con rostro humano, con progreso social y sin la deformación economicista.

Aborda el tema de la propiedad,  a la que se le da legitimidad sólo si tiene una dimensión «social» más que «privada». Menudo trabajo tienen los servidores políticos para honrar estos sueños, tan venidos a menos. Ya no hay paradigmas, leemos estos documentos y nos parecen tan lejanos, tan ajenos, Según el papa polaco, «la propiedad se justifica moralmente sólo cuando crea, en los debidos modos y circunstancias, oportunidad de trabajo y crecimiento humano para todos». De lo contrario, para la Iglesia es «inmoral». Qué bien suena, aquí está el pecado social, del que no se habla. La propiedad debe propiciar humanidad y felicidad para todos, si no es así, es inmoral. Quién hablará de esto en el mundo político cotidiano ? Lo estoy haciendo, pero es que son sólo mis palabras a propósito de un merecido reconocimiento. Este homenaje me da esta oportunidad.

Qué importante,  Wojtyla, dice que «la Iglesia no tiene modelos para proponer», ya que éstos sólo pueden nacer «de las diversas situaciones históricas». Agrego, nace del corazón de las personas, de sus aspiraciones, de su desapego a la codicia  y el poder. Como bien lo dice,  la Iglesia «ofrece como orientación ideal indispensable la propia doctrina social». No es suficiente, agrego. Debemos recoger esa propuesta y construir sociedades que se preocupen por las personas, en su integralidad. Ese concepto tan importante que reconoce la Constitución: la solidaridad. Concepto que hemos olvidado. Cuando no se paga impuestos, cuando se registran ganancias en el exterior, cuando las empresas declaran cero ganancias durante muchos años. Ahí está la realidad que desborda la palabrería y la literatura, todo se vuelve difícil, cuando descendemos a la realidad. Qué es solidaridad ? La compensación de la desigualdad. Esa realidad que ve el Pontífice, en la que impera, para muchos, el llanto y el crujir de dientes.

Juan Pablo II marca un camino para abrir nuevos horizontes, incluso políticos, afirmando que todo debe estar centrado «en la persona» y en el concepto de «solidaridad». Señala que buena parte del capitalismo occidental es «injusto» porque piensa sólo en el desarrollo «económico» y no en el desarrollo»integral» de la persona. Así nos pasa, esa visión inhumana, que reduce al ser humano a su actividad productiva, para que sobreviva. Eso es lo que impera, porque no hay tiempo, porque no hay recursos para la dignidad y la felicidad de todas las personas.

El espíritu de servicio de Juan Pablo II, su sentido de lo humano, de la digno. Es un gran legado, nos compromete, por lo menos invita a  soñar y orientar nuestros actos hacia esas metas tan humanas.  Su incansable voz, merece   reconocimiento, pero también merece una lectura atenta, una lectura de corazón, para vibrar con su percepción, con su pesar y su sentido de justicia, sin adherirse fácilmente a modelos que parecen justos, sólo eso. Este ciudadano del mundo nos invita a dejar atrás el ego y la ambición, hacerlo en serio en la política, honrando conceptos como solidaridad y compasión. Un gran reto, una gran inspiración de un ser humano de excepción, de esos que no se apuntan con la generalidad, sino que disienten con sabiduría.

Qué maravillosa oportunidad tengo de compartir estas reflexiones, porque desde mi función de magistrado Constitucional, percibo el empobrecimiento del estado social, su deterioro. Juan Pablo II, el pontífice viajero, el pontífice de la humanidad, me permite hacer esta reflexión y reconocer, con tristeza, que nuestra estado social se ha deteriorado, se ha desteñido. Desde hace mucho tiempo, el estado social se deteriora ante la creciente desigualdad e inequidad social.

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