Fernando Cruz: La desigualdad entre hombres y mujeres y el estado estado social. El desvanecimiento de la justicia social

El rezago de los derechos  de las mujeres, es uno de los rostros de la desigualdad y la marginación. Uno de tantos, porque tenemos muchas evidencias que demuestran que en lo social, lo económico y lo político,  muchos ciudadanos y ciudadanas,  se quedan atrás. 

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Fernando Cruz Castro,  Abogado, Magistrado, Presidente de la Corte Suprema de Justicia.

En la conmemoración del día  internacional de la Mujer, es una excelente oportunidad para ahondar en temas de desigualdad, uno de ellos, tan relevante, como la desigualdad y discriminación para las mujeres. La desigualdad, es la regla, la igualdad, una ambiciosa aspiración.  Con un inventario de asignaturas pendientes, de omisiones en perjuicio de la igualdad entre hombres y mujeres, creo deben destacarse hechos trascendentes en la historia de la judicatura costarricense, especialmente si se refiere al nombramiento de la primera mujer designada jueza de la República.  Han pasado casi 66 años desde aquel primero de junio de 1956, fecha en la que ingresó al Poder Judicial,  la licenciada María Eugenia Vargas, bajo la investidura, no solo de abogada, sino de “Jueza Tutelar de Menores de San José”. Un primer paso, muy pequeño, pero trascendental, queda mucho camino por recorrer para que nuestra humanidad de igualdad, aflore. Tantas desigualdades, tantas postergaciones. Así vamos, buscando el color y la armonía de la igualdad.

Fue la primera mujer en ocupar el cargo de jueza de la República, pasando de esta manera a la historia, junto a otras mujeres como Angela Acuña Braun (primera abogada) y Virginia Martén Pagés (primera mujer notaria pública). Estas personas no les impresionó la tradición de exclusión, las superaron, no quedaron atrapadas bajo el tribunal de una opinión sin rostro.

El ingreso de doña María Eugenia a la judicatura, se convirtió en un punto alto en la historia del Poder Judicial, fue una ruptura silenciosa de los esquemas clásicos de exclusión, que existieron en su momento y que desafortunadamente, algunos de ellos, aún  perduran. Pero no ha desaparecido, en general,  la exclusión, la injusticia, el poder que tiende al descontrol. La injusticia es lo que apreciamos a cada paso, debemos crear e imaginar  visiones de igualdad, de humanidad, de convergencia igualitaria, para no perdernos en el desánimo, en el nihilismo, que es lo que ahora vivimos.

Con la entrada en vigor de la Ley de Carrera Judicial en 1993, se estableció un mecanismo que sin lugar a dudas representa un cambio radical en el sistema de reclutamiento, selección, nombramiento y ascenso de juezas y jueces, superando el subjetivismo y la arbitrariedad del anterior sistema, que en la práctica, no definía pautas de selección.  La ley de Carrera judicial fue un paso más hacia un sistema de reclutamiento más objetivo, más igualitario, sin alcanzar, por supuesto, un nivel óptimo.

Es así que hoy en día, un 55.43% de las 1445 personas que ocupan puestos en la judicatura, son mujeres, un avance significativo, pero subsisten debilidades y tareas pendientes.

Si bien más de la mitad de los puestos en la judicatura lo ocupan mujeres, es muy importante conocer cómo están distribuidas en el escalafón y si sigue siendo la carga del trabajo doméstico y de cuido, un obstáculo para que asciendan a los puestos de mayor rango en la carrera. Ni siquiera el parlamento ha querido asumir un sistema de cuotas en la escogencia de las magistradas de la cúpula judicial.

El rezago de los derechos  de las mujeres, es uno de los rostros de la desigualdad y la marginación. Uno de tantos, porque tenemos muchas evidencias que demuestran que en lo social, lo económico y lo político,  muchos ciudadanos y ciudadanas,  se quedan atrás.

La visión del feminismo o de género, adopta este principio de igualdad para convertirlo en realidad, mediante una perspectiva integral, con la finalidad de desnaturalizar los hechos y conductas sexistas, cuestionando las relaciones de poder y de opresión históricamente construidas, para dar paso a la búsqueda de una igualdad real, donde las mujeres tengan las mismas oportunidades. Empero, para superar las desigualdades, se requiere de un estado social efectivo, una visión social con trascendencia política para construir el desarrollo humano, que son los escenarios en los que pueden prosperar las reivindicaciones de igualdad entre hombres y mujeres.

Como en tantas cosas, el estado social, la igualdad entre hombres y mujeres, la movilidad social, los salarios justos, el mundo laboral con rostro humano, no son aspiraciones que se resuelvan con actitudes o con discursos de «buena voluntad», eso no basta, ni remotamente. Estas metas tan ambiciosas, tan justas,  no son de buena voluntad o de pretensiones de “adorno”, mientras las recetas de los economistas del economicismo, nos dejan sin esperanza. No podemos hablar del derecho a la vivienda, tampoco de un seguro de desempleo, esas aspiraciones son parte de un estado social efectivo, relevante. Pero hablar de eso ahora, es realmente utópico, irreal. No es posible soñar, porque  es impensable aumentar la carga tributaria, porque no es posible recaudar los impuestos como se debe, porque ahora sólo podemos aspirar a tener un trabajo y obtener salarios modestos. En este contexto, ¿ cómo quedan las aspiraciones de igualdad del ideario feminista ?

Las reivindicaciones a la que aspiran los que han quedado atrás, como las mujeres, los trabajadores, los agricultores, requieren  acciones concretas, inversión social, proyectos políticos trascendentes, como lo fue en su momento, las redes de cuido, que se quedaron en el umbral de lo que se proponían. Como vamos a tener mejores condiciones sociales para las mujeres, con una regla fiscal que somete todo el desarrollo humano a una fría cifra de crecimiento económico. El estado social quedó en la cuneta de una contabilidad desarrollista.  Triste es tener que reconocer que no hay espacio para los paradigmas, no hay espacio para las utopías, hemos perdido la esperanza, aquí nada se puede hacer, porque debemos resolver problemas tan graves, que necesitamos crear empleo y resolver el problema fiscal. Es una agenda urgente, no hay recursos para otras perspectivas. Cuando esto ocurre, es un dato incuestionable, el desarrollo social en sentido amplio, queda postergado, porque la angustia es muy grande y estamos paralizados ante un país que no puede cobrar impuestos y que debe crear empleos, porque ni siquiera hay oportunidades de trabajo. Para atraer inversiones, debemos exonerar de obligaciones tributarias, es la receta, es lo único posible. En ese contexto, la igualdad y humanización efectiva de la condición de las mujeres, se debilita, porque se debilitó la esperanza de un estado mejor, más humano, con mejores salarios, con un respaldo económico a la familia, para poder cambiar el esquema autoritario que presidía el modelo patriarcal. Requerimos reflexión, ahondar un poco para ver si en algún sitio hay esperanza, para encontrar una luz que ilumine horizontes legítimos  de igualdad, prosperidad y equidad.

Este es el contexto de una aspiración tan legítima, tan indiscutible: la dignidad de las mujeres en una sociedad igualitaria y decente. Como bien lo describe la escritora Yadira Calvo: «…El peso de la autoridad que nos descalifica desde hace por lo menos dos mil quinientos años en Occidente, sigue teniendo impacto. Revestidos durante siglos, de religión, de ciencia, de filosofía, los prejuicios se han sedimentado, pasan por verdades inapelables y contribuyen a determinar nuestros gustos, nuestras aptitudes, preferencias, expectativas, posibilidades y oportunidades. En tanto no desmantelemos el viejo edificio patriarcal, nos va a ser muy difícil cambiar las cosas. (….) echar luz  sobre páginas oscuras, señalar las muchas necedades salidas de las plumas muy ilustres, descubrir la hilaza. Y si como afirmaba Max Jiménez: «la esperanza es un espejo colgado en el futuro», hacia ese espejo intento contribuir a aligerar la vía…….» (Yadira Calvo- «La aritmética del patriarcado» Uruk-Editores- 2013- p. 244).

La esperanza, la luz que ilumina el camino hacia una mejor sociedad, con hombres y mujeres más libres, verdaderos protagonistas de su futuro. No sé si podemos desmantelar la visión reduccionista de una sociedad regida sólo por el economicismo. Quizás se pueda, pero debemos empezar por los sueños, los paradigmas, que ni eso tenemos. No hablo de irrealidades, hablo de humanidades, de seres humanos que requieren, además del trabajo, un desarrollo humano que alcance su espíritu. En una sociedad que sólo puede aspirar a resolver el desequilibrio fiscal y crear empleos, la esperanza está ausente y el desarrollo de una sociedad con desarrollo humano, con un adecuado reparto de riqueza, está muy lejana. Las aspiraciones de un estado social, como se definió en esencia desde 1943, quedan sin voz, quedan en la oscuridad. Esta es una buena oportunidad para plantearse interrogantes y buscar respuestas que superen las recetas comunes y que propicie una igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Es una aspiración ambiciosa, pero difícil. Por ahora, seguir con los ojos abiertos, la voz en alto, para definir aspiraciones y abandonar los prejuicios y las carlancas que impiden alcanzar igualdad entre hombres y mujeres. Yo veo, como lo he dicho, un vínculo entre estado social efectivo y las reivindicaciones de igualdad entre hombres y mujeres.  Sin estado social, las reivindicaciones de los que sufren la desigualdad, la dramática desigualdad, entre ellas, las mujeres, quedan debilitadas y quizás en cuidados intensivos.

Cuando hurgamos en la desigualdad, nos percatamos de las omisiones desde el poder.  Espacios de inequidad e invisibilidad para la discriminación que sufren las mujeres, por ejemplo, en el sector privado, con débiles políticas de equidad, acciones afirmativas. Todas las acciones afirmativas se concentran, mayoritariamente, en el sector público.

El mundo laboral tiende a darle la espalda a muchos de los problemas que enfrentan las mujeres en su etapa reproductiva. Se menosprecia todo el trabajo que hacen muchas mujeres en la administración de los hogares y en el cuido que dedican a infantes y adultos mayores.

Esa labor no tiene valor económico, porque en el imaginario colectivo, las mujeres deben asumir esas labores, sin ningún reconocimiento económico.

Por supuesto, que si se desarrolla una ambiciosa política de equidad de género, seguro algunos la denominarán «cargas sociales» y eso podría ser inconveniente, porque atraería menos inversión.  La inversión, en la visión simplista,  supone salarios bajos e invisibilización del costo social del trabajo. Si lo social, si la solidaridad, si el estado social, debe postergarse, deben esperar, igual ocurrirá con la construcción de una sociedad que abandone el modelo patriarcal de familia y de control sobre las mujeres. Hay un vínculo indestructible entre progreso social, igualdad, equidad y estado social. En las angustias presupuestarias, en las recetas economicistas,  hemos perdido esa visión.

El sistema justicia debe tener un compromiso con la tutela y respeto de los derechos de todas y cada una de las mujeres, mediante la mejora continua de los servicios que brinda la institución, así como la generación de sinergias que permitan una mejor coordinación interinstitucional, para la atención adecuada de quienes requieren de nuestros servicios.

Corresponde a la institucionalidad judicial reafirmar el compromiso de propiciar y fomentar los  cambios culturales necesarios para garantizar -como así lo establece la Política de Género del Poder Judicial- “la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres y la no discriminación por género en las decisiones judiciales, en el servicio público de la administración de justicia, y en el funcionamiento interno del Poder Judicial”.

La riqueza humana e intelectual que exige la igualdad real entre hombres y mujeres, impone un planteamiento ideológico, una aspiración utópica. No podemos vivir en función de visiones de corto plazo o ajenos a la tensión creativa entre persona y comunidad. Comienza con la igualdad entre hombres y mujeres y termina con la justicia del régimen, el control del poder y la dignidad de las personas; la igualdad es una aspiración que incide en toda la estructura social; la igualdad entre hombres y mujeres requiere, como punto final, según lo propone Rosa de Luxemburgo:

“.. un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres…” y esto sólo se logra con la vigencia efectiva de un estado social.

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