Fernando Ferraro: «Para un alma eterna, cualquier piedra es un altar»

No somos lo que consumimos, ni la argolla social en la que nadamos como peces en pecera; y ya que vivimos en sociedad, debemos entender que nuestra mayor realización debería estar en lograr cada día que alguien, ojalá alguien fuera de nuestro entorno, alguien ajeno a nuestra zona de confort, mejore de alguna manera su vida, gracias a una pequeña acción nuestra.

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Fernando Ferraro Castro, Abogado.

«Para un alma eterna, cualquier piedra es un altar» La frase es de la canción «Aquí no es así» de los mexicanos Caifanes.

Resulta que mientras crecemos, aprendemos que nuestro valor está en lo que somos. Suena bien, ¿cierto? El problema es que luego vivimos como si ese «somos» dependiera de lo que tenemos y exhibimos. Vivimos como si lucir las mejores marcas, un carro nuevo, una casa grande, un reloj caro, una ropa elegante, o viajar al hormiguero del momento, nos definiera; como si todo esto nos diera estatus, demostrara clase, éxito o la idea inmadura que tengamos de ello.

Vivimos así, aunque perdamos la paz para pagarlos, o comprometamos la tranquilidad y el futuro de quienes nos rodean. Acabamos cosificando a las personas. Ellas buscan un «sugar daddy»; ellos, una novia trofeo; todos, personas de «nivel» …. para sentir que tenemos «nivel». Y claro, cuando todos tienen, hay que exhibir más y más. Es algo que saben bien quienes fabrican las necesidades de moda. Es así como acabamos en una sutil competencia de poses que nos convierte en esclavos del consumo, sin que nos demos cuenta. Todos hemos pasado por eso. Rendimos culto a las apariencias. Obviamente, lo contrario y constructivo no está en el abandono personal ni en vivir de acuerdo con un voto de pobreza. Está en buscarle sentido a la frase de Caifanes. Hablemos de practicar la frugalidad, que no es lo mismo que la austeridad y su carga de sacrificio y penitencia. Hablemos de poner más atención a la mente y al corazón de las personas, y también a sus necesidades y perspectivas.

Pensar y actuar así, no significa renunciar a lo material, sino impedir que nos defina. Implica ser capaces de que lo material no condicione la forma como vivimos ni la manera como nos relacionamos con las personas, animales y cosas que nos rodean.

Obviamente, es más fácil decirlo que ponerlo en práctica, pero el resultado del esfuerzo vale la pena porque es el mejor antídoto contra la estupidez de la cultura superflua y desechable del consumismo y sus efectos, como la falta de solidaridad, el esnobismo y el pachuquismo, que no se derivan solamente de la falta de educación. Entendámoslo. No somos lo que aparentamos, ni necesitamos aparentar para ser.

Simplemente imagínense al tipo o a la tipa que arrogante pasa frente a nosotros, envuelto o conduciendo cualquiera de los lujos cuya aspiración condiciona nuestras vidas. Ahora, imagínenselo sin nada de eso. ¿Les seguiría pareciendo humano? ¿Les seguiría pareciendo afín, un igual? ¿y si ese arrogante fueramos nosotros? Despojados y despojadas del oropel que nos adorna, ¿nos sentiríamos igual? Nuestra gente, ¿nos seguiría viendo igual? Esa es la trampa en la que viven los «wannabe’s».

La realidad es otra. Somos lo que hacemos, que es a su vez una proyección de lo que pensamos y sentimos. No somos lo que consumimos, ni la argolla social en la que nadamos como peces en pecera; y ya que vivimos en sociedad, debemos entender que nuestra mayor realización debería estar en lograr cada día que alguien, ojalá alguien fuera de nuestro entorno, alguien ajeno a nuestra zona de confort, mejore de alguna manera su vida, gracias a una pequeña acción nuestra.

Eso es mejor que lucir un reloj nuevo, manejar un carro del año o saberse los precios de cuanto cachivache caro hay de moda. Quien logre vivir así, será capaz de encontrar un altar, con todo lo que este concepto significa, hasta en la más simple de las piedras.

 

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