Fernando Herrero. Patadas no: la mano

Démonos la mano (virtual):  no patadas.  En los momentos críticos, esa debe ser una preocupación central de quienes, en medio del caos mundial, queremos construir una sociedad más democrática, equitativa y sostenible.

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Fernando Herrero Acosta, Economista.

Un grupo de reconocidos economistas publicó en La Nación un artículo titulado “Si hay patadas hay pa´todos”.  Una expresión muy agresiva, que ojalá sea producto de una emoción pasajera y no una amenaza para nadie.

Coincido por supuesto en muchos de los aspectos que señalan.  Pero discrepo en algo fundamental: el énfasis de los autores se ubica en la reducción del gasto y en particular de los salarios de los empleados públicos, en una especie de “venganza” por los beneficios excepcionales que reciben. También proponen cerrar las instituciones que tienen poco valor agregado en esta época, lo que podría ser una buena idea y permitiría trasladar los funcionarios donde más se necesiten.

Pero el recorte de salarios no es una buena idea en este momento.  Los empleados públicos laboran bajo regímenes estatutarios debidamente normados, a los cuales se les introdujeron modificaciones en la Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas.  Y así como no debemos suspender los regímenes de zonas francas, dejar de pagar pensiones, o hacer una moratoria de la deuda pública, no debemos tampoco bajar los salarios de los empleados públicos.  Puede haber excepciones, como permite la Constitución, pero debemos respetar el marco institucional.  Pasar por encima de los derechos adquiridos puede ser incluso peor que el problema, en estos momentos.

Pero es cierto que se requieren recursos adicionales para atender la pandemia y posteriormente recuperar o reconstruir la economía.  Ya la Asamblea Legislativa y el Ejecutivo se pusieron de acuerdo en un conjunto de leyes en esa dirección, incluyendo una primera asignación de recursos (entre ellos un préstamo de $500 millones de la CAF), aunque no es claro que el paquete beneficie a los grupos de alto riesgo en lo económico. Habrá que ver cómo se concreta.

Pero sin duda se necesitarán recursos públicos adicionales, no solo para atender las obligaciones ya contraídas, sino para enfrentar las crisis sanitaria y económica.  En el corto plazo, la prioridad debe ser la pandemia, incluyendo un ingreso para las personas que pierdan su empleo o tengan deudas que no podrán atender.  El servicio de la deuda pública debe mantenerse rigurosamente, pues lo contrario llevaría a un estrangulamiento financiero como el de los años ochenta. ¿Cómo hacemos entonces?  Con un mecanismo que busque distribuir equitativamente los costos de esta gran lucha colectiva.

Hay dos instrumentos que distribuyen las cargas más equitativamente.  Son instrumentos que no nos gustan a aquellos que vamos a tener que cargar con su peso, pero son mucho más justos, éticamente mucho más justificables.

El primero es una sobretasa sobre el impuesto sobre la renta.  Ya se ha hecho en el pasado, aquí y en otros países. Ese impuesto incluso se desarrolló en el mundo para financiar las guerras mundiales.  Así, cuando los salarios de los empleados públicos sean muy altos, tendrán que contribuir más.  Pero no solo ellos:  los empresarios que tengan utilidades también tendrían que pagar, así como los otros actores que logren mantenerse a flote. Este mecanismo es más equitativo que recargar el ajuste en un grupo:  recae sobre los que podamos, y es más fuerte sobre los que tengan más.  Eso se llama solidaridad.

El segundo, aprovechar la baja en los precios del petróleo para dirigir el excedente hacia las nuevas prioridades.  La baja en precios no se debe dirigir a los consumidores, sino a los gastos comunes urgentes.  No debemos estimular el consumo de combustibles. Una sobretasa sobre el diferencial entre el precio “normal” y el de mercado sería un mecanismo apropiado.  Ese es un impuesto que no se puede evadir fácilmente, cuyos costos ya están incorporados en la economía, que es relativamente progresivo y que es ambientalmente responsable.

Por supuesto es un ajuste que no nos gusta.  Detestamos los impuestos, y, desafortunadamente, no somos tan solidarios como nuestro discurso público sugiere.  Lo hemos visto en las discusiones tributarias.

Pero si tomamos en serio la solidaridad, es más justo redistribuir las cargas a través de los impuestos. Démonos la mano (virtual):  no patadas.  En los momentos críticos, esa debe ser una preocupación central de quienes, en medio del caos mundial, queremos construir una sociedad más democrática, equitativa y sostenible.

 

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Fernando Herrero Acosta, es economista, académico, investigador, consultor internacional; fue Viceministro de Planificación, Ministro de Hacienda en dos ocasiones (1994-1996;2010-2012) y también ha sido Regulador General en la Autoridad Reguladora de los Servicios Públicos.

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