Figueres en campaña contra el dengue en Puntarenas

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Álvaro Salas Chaves, Médico.

Si a la gente le gustara de verdad trabajar, aun estaríamos labrando la tierra con arados de palo y cargando los bultos a la espalda. William Feather (1889-1980,) autor y editor teatral estadounidense.

No solo fuimos azotados por fuertes inundaciones en Guanacaste y Limón y deslaves con muchos muertos en Orosi. También el dengue hizo estragos en la población de las tierras bajas del país. Aunque la epidemia había comenzado en la Administración Calderón (y eso cuenta políticamente), el peor momento nos tocó a nosotros.

Por idea del doctor Germán Weinstock, a la sazón, Ministro de Salud, le solicitamos a la OPS/OMS (Organización Panamericana de la Salud) que nos enviara un par de cubanos famosos, por el éxito que habían tenido, en la peor epidemia de dengue en todo el continente americano: la de Cuba.

Teníamos que hacer algo novedoso, que no se hubiera intentado antes y que rindiera dividendos importantes, en la lucha contra el dengue. Por supuesto, ya teníamos en marcha programas coordinados con otras instituciones públicas y privadas, que nos brindaban su aporte específico. Esta era la epidemia más importante de los últimos años. Recuerdo el excelente trabajo coordinado con el Ministerio de Educación. Se trataba de una tarea que se les entregaba a los niños, para ser realizada junto con sus padres: localizar todos los criaderos de zancudos en los alrededores de la casa. Esta estrategia fue realmente importante. Educábamos al mismo tiempo, a los niños y a sus padres, en la monumental tarea de controlar el zancudo y  su parentela.

Con los cubanos en Costa Rica, escogimos trasladarnos a la ciudad de Puntarenas por dos razones: la primera, porque su población estaba sufriendo el embate del dengue, con miles de casos nuevos por semana; y la segunda, porque estaba ubicada cerca de la capital, lo que le permitía a los equipos técnicos su fácil desplazamiento desde San José. La idea era probar esas novedades que incluyeran varios componentes, como el educativo, el tecnológico, la motivación y, por supuesto, la eficacia de ellos.

De esta manera, se intensificaron las técnicas de eliminación de criaderos en las barriadas porteñas, en Barranca, Miramar y Esparza. La novedad fue la introducción de la fumigación aérea todas las mañanas, justo cuando el zancudo hace su ingreso a las casas, entre las ocho y las diez de la mañana.

La gente notaba que había una gran preocupación de parte del gobierno. Se había destacado en Puntarenas al Ministro de Salud y al Presidente Ejecutivo de la CCSS. Nos encontrábamos en todos los medios televisivos, radiales y en otros de carácter escrito, tanto locales como nacionales. La población estaba informada constantemente de lo que acontecía en el momento mismo en que sucedía.

El Hospital Monseñor Sanabria se encontraba abarrotado de pacientes muy graves. Se dispuso de un área completamente aislada del centro médico y se capacitó a cientos de médicos en el manejo clínico de los enfermos. Los cubanos cumplieron un rol fundamental. Eran auténticos sabios en el tema. Eso nos dio una gran confianza, porque realmente evacuaban las dudas de los colegas, tanto del Hospital como de la región peninsular. Todos estaban muy interesados en poder hacer un adecuado manejo de la situación.

Informamos al Presidente de los avances observados en la epidemia y en las nuevas propuestas por desarrollar en los siguientes días. Había problemas muy serios relacionados con la basura históricamente tirada en los patios de las casas. La nueva basura se podía recoger con los servicios municipales, pero la antigua (la llamaban “no tradicional”) no, porque estaba constituida por lavadoras viejas, cocinas inservibles, llantas, muebles podridos, latas de conserva herrumbradas, carros, bicicletas y motos abandonadas, que ofrecían miles de lugares para que el agua llovida se empozara y formara criaderos de zancudos, justamente en los alrededores de las casas.

De inmediato el Presidente Figueres fijó una fecha en dos semanas, para que todo el gobierno: ministros, vice-ministros, directores generales, oficiales mayores, presidente de instituciones autónomas y semi-autónomas, se hicieran presentes en Puntarenas y alrededores, en los lugares que previamente señalaríamos, con base en la incidencia y el número de casos graves.

Fue un operativo que se organizó como quién va para la guerra. Se requería de toda la logística: alimentación, transporte, materia de recolección para la basura no tradicional, vagonetas, chapulines y agua, mucha agua. En fin, nos íbamos para la guerra. Por otra parte, se definió adónde se colocaría la basura, que en toneladas saldría de Riojalandia y todas la barriadas de Barranca y Puntarenas.

Se hicieron mapas para que cada uno supiera adonde le correspondía realizar su trabajo. A los supervisores de la municipalidad y del Ministerio, les correspondía organizar los centros de acopio de la basura y las rotaciones de las vagonetas y los cargadores.

Aquello fue la mayor movilización nunca antes vista en la Administración Pública. Miles de funcionarios de todas las instancias administrativas, tanto del gobierno central, como del nivel provincial y municipal. Todos juntos recogían basura y eliminaban criaderos de zancudos. El objetivo era impactar fuertemente la incidencia del dengue, o sea, tratar de disminuir la aparición de los nuevos casos y llevarlos a un mínimo manejable, y de esa manera, empezar a controlar la situación, como efectivamente sucedió.

Había que ver a las ministras y viceministras de Justicia, Información, Gobernación y Seguridad, con botas de hule, guantes y gorra, recogiendo tiestos y todo tipo de porquerías; acumuladas a lo largo de la historia patria. Los ministros, tradicionalmente muy elegantes, ahora en botas de hule y guantes recogiendo por aquí, por allá y acullá. Y claro, el Presidente en persona, con palas y cuchillos cortando monte en lugares donde se habían abandonado miles de chunches viejos, que, ocultos por la maleza, alojaban  miles de criaderos.

El Presidente, cuchillo al cinto, animaba a los funcionarios a cumplir la tarea que nos habíamos impuesto. Muchos curiosos se admiraban al contemplar al mismísimo “Jefe de Estado” en persona, chapeando como un peón agrícola. El efecto era lo contrario de lo que todos imaginábamos que sucedería. En lugar de imitarlo y de inmediato ir a buscar su propio machetico, le hacían rueda y le gritaban consignas como si él mismo no estuviera convencido de lo que hacía. La policía tuvo que dispersar a la gente, porque resultaba chocante ver aquella escena de “tiquismo puro”: buenos para hablar, pero nada de trabajar.

Sin embargo, hubo una gota que derramó el vaso. Cuando el Presidente entró en el patio de la casa de un distinguido barranqueño, este no se alteró en lo más mínimo. Continuó recostado en su hamaca, como si no pasara nada. Desde ahí se lo oyó decir con voz fuerte:

– “Figueres, junte aquel tarro que se le quedó olvidado”.

No solo el dueño de casa y beneficiado directo de aquel operativo no se movió, sino que, desde su cómoda posición, dirigía al Presidente. Don José María se aproximó al grupo nuestro y nos dijo:

-Miren, muchachos, yo no entiendo mucho de epidemias, pero ahora sé por qué ocurren.

 

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