Francisco Barrientos B.

Era común que, ante la intempestiva pregunta sobre su creencia en Dios, Albert Einstein respondiera sin premura: “Creo en el Dios de Spinoza”.

Sin embargo, desde una postura de cauto escepticismo, el siempre genial Miguel de Unamuno fue consciente de que la única forma de descalificar la doctrina spinoziana, era recurriendo a un incontestable argumento ad hominem.

A partir de su declarado panteísmo, Unamuno plantea estas interrogantes al filósofo español-holandés: ¿No da su teoría “voz a la tristísima y desoladora razón cartesiana”? Y, como corolario inevitable, dedujo impávido también esta segunda cuestión: “De la libertad que nos habla es una libertad terrible. ¿Intentaba Spinoza acallar su propia tristeza disertando sobre la libertad y la felicidad?” (Del sentimiento trágico de la vida, 1912).

Y es que, mirándolo a la corta, el argumento que desde la antigüedad fue llamado falacia ad hominem, no es más que el intento consciente de arrinconar y de hacer pedazos los argumentos del adversario en una disputa, recurriendo al mero descrédito y cuestionamiento personales, exponiendo públicamente a quien intenta de manera racional sostener una postura frente al acontecer, distinta a la nuestra. Así, el argumento de Unamuno podría ser sintetizado de esta manera: “Siendo Spinoza el filósofo de la alegría, ¿podemos afirmar que él fue feliz?”

Pero hoy, en esta época nuestra, pareciera que este pobrísimo recurso argumentativo ha alcanzado niveles de consistencia y solidez nunca vistos; todo ello gracias a los explayados discursos populistas y posmodernos, los cuales pretenden etiquetar y hacer coincidir de manera alevosa las ideas, doctrinas y teorías, con los accidentes humanos de quienes las formulan.

Para muestra un botón. En De la estupidez a la locura (2016), Humberto Eco relata como el expresidente italiano Silvio Berlusconi recurrió a esta falacia para zafarse de un castigo penal. “No puedo ser juzgado por un juez de la Republica que en sus ratos libres fuma marihuana”, dijo en la corte. Con esta “denuncia”, y aportando como “pruebas” un video aficionado, logró que el Tribunal retirara al juez asignado al caso, colocando en su lugar a otro juez que comulgaba con las ideas políticas del expresidente, salvaguardando con ello sus intereses.

Así, para quien busca deslegitimar la propuesta de otro, no hay camino más corto, sencillo y efectivo que apelar efusivamente a las intersubjetividades del resto de los presentes, siendo éstos últimos por lo general personas con aficiones perezosas o adustos sin escrúpulos, para quienes escudriñar objetivamente unas premisas suele ser una tarea dificultosa y poco importante.

Indudablemente vivimos en la época de la desacreditación, del ataque achacoso y personal convertido en silogismo; de la vulgaridad trapera que hace cabeza de león a la cola del ratón.