Francisco Barrientos: Aquiles y nuestra armadura

Aunque todos tenemos puntos débiles (cuentan que el de Aquiles estaba en el talón), eso no le resta dignidad a la ardua tarea de tratar de forjar con nuestros propios hierros, cobres y aceros una armadura resistente y distinta a la de los demás.

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Francisco Barrientos B.

Hace pocos días, ojeaba con nostalgia La Iliada de Homero, ese largo y hermoso poema que hoy leemos en prosa. Entre sus páginas magistrales me volví a encontrar con un pasaje que, para mí, es muy conmovedor y simbólico. Es un pasaje que muchos de ustedes recordarán.

Aquiles no quiere unirse a la batalla, se refugia en el campamento. Patroclo, su primo del alma, su amado Patroclo, le roba a Aquiles la armadura. Corre al campo de batalla a enfrentar a las fuerzas de Troya la Grande. Los soldados amigos y enemigos lo confunden con Aquiles. Desenfunda su espada y enfrenta a Héctor. El héroe troyano le da muerte. Sin embargo, se descubre la tragedia: el muerto es el querido Patroclo. La noticia, como todas las malas noticias, no se hace esperar y Aquiles llora la muerte de su amado. Muerde el polvo y da hondos gritos de dolor que hacen temblar los muros de toda Troya. Su locura es incontrolable e incontenible.

Enfurecido, decide entonces vengar la muerte de Patroclo. Un soldado cercano le ofrece su armadura. Aquiles se niega a recibirla, y dice algo que es digno de reflexión para todos nosotros. Toma por el brazo al soldado, lo mira a los ojos y le explica: Las armaduras prestadas nos molestan y a menudo nos ahogan.

Impresionado, releí lentamente: Las armaduras prestadas nos molestan y a menudo nos ahogan… Imaginé entonces a Aquiles, abatido por el luto, caminar hasta el campo de batalla en busca de su propia armadura. Imaginé también que quizá aquella armadura ensangrentada por Patroclo conservaba todavía el olor y la agonía de su amigo, de su amado amigo.

Pensé entonces que la lealtad y el amor de Aquiles eran ejemplares. Luchar, enfrentarnos a la vida y a la muerte con nuestra propia armadura, con nuestra propia espada, son actos dignos de imitar, me dije. Trabajar día a día forjando nuestras propias herramientas, darle filo a nuestra espada a partir de nuestras experiencias, buenas o malas, nos convierten en pequeños Aquiles.

La lucha sincera y apasionada contra nuestra propia pereza, contra esas ganas (¡a veces tan tentadoras!) de perdernos entre la multitud, de confundirnos con y entre los otros, de convertirnos en “ese que no somos”, es una disputa diaria que requiere mucha actitud, denuedo y entereza. De ahí que, pasarse la vida con una armadura que no es la nuestra, que nos ahoga, es una elección, no una obligación. Nos enseña Aquiles que tener nuestros propios instrumentos para enfrentar las vicisitudes de la vida es una actitud que, más que un derecho, es casi un deber, un compromiso.

Aunque todos tenemos puntos débiles (cuentan que el de Aquiles estaba en el talón), eso no le resta dignidad a la ardua tarea de tratar de forjar con nuestros propios hierros, cobres y aceros una armadura resistente y distinta a la de los demás.

Para aquellos lejanos griegos, Aquiles era un semidios. Para nosotros, Aquiles debería de ser el modelo del ser humano valiente y leal a unos principios que en la práctica podrían “pagarnos muy mal”. Sin embargo, tener un carácter y un temple propios nos podría servir de mucho cuando venga a buscarnos La Parca. ¡Quizá nos encuentre de buen ánimo! Ojeando distraídos, risueños y agradecidos, La Ilíada.


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