Francisco Barrientos B.

Cuenta Alejandro Dolina que el mago callejero y vagabundo argentino Rizzuto, tenía un espectáculo que consistía en un único acto.

Colocaba su sombrero de copa en una mesita; luego, sin recurrir a trampas, ni trucos ni mentiras, y, apelando a la pura magia, golpeaba el sombrero con una varita, esperando luego que de éste saliera una paloma, cosa que jamás sucedía.

Por truculenta y falsa, a Rizzuto le disgustaba la “magia tradicional”; prefería creer en el acto milagroso, genuino y natural, en ese que suele vencer a las imposibilidades.

Contrario a los personajes de Samuel Beckett en Esperando a Godot, quienes absurdamente “esperan desesperanzados” la presumible llegada de lo imposible, el mago Rizzuto decide actuar, jugarse su única carta. Cree, como quien está seguro -es decir, está seguro-, que en este universo complejo e indeterminista el acto mágico vencerá más temprano que tarde a las reglas del silogismo.

Un día, en una oscura calle porteña y en presencia de tres o cuatro transeúntes, golpeó su sombrero con la varita, y, para sorpresa de todos, esta vez salió una paloma volando del sombrero. Sin embargo, según relató después el mago, ese acontecimiento de magia pura apenas si recibió el aplauso de uno de los espectadores, mientras que los demás se marcharon indiferentes.

“Es extraño”, ponderó el mago, “la muchedumbre prefiere un arte hecho de trampas y triquiñuelas que presenciar un verdadero milagro”.