Francisco Barrientos B.

Mirando el noticiero del canal internacional español (TVE), en un encuentro de educadores españoles en Sevilla, un sindicalista dice exaltado: “¡Es hora de dar el gran salto hacia adelante!”.

Me detengo a mirar la escena.

El sindicalista recurre al anquilosado discurso “progre” más reaccionario de otros tiempos, señalando, con ciertos tintes reduccionistas y anacrónicos, que el origen de todos los males de la sociedad española (exclusión, desigualdad económica, marginalidad) son culpa del sistema educativo capitalista actual, el cual, como en el pasado, “busca mano de obra barata para explotarla a sus anchas”.

Hacia el final, entre los asistentes hay un efusivo aplauso para el expositor, quien, sonriente y extasiado, alza sus brazos con las manos entrecruzadas en señal de aprobación consensuada.

“Dar el paso hacia adelante”. Confieso que escuchar aseveraciones como ésta me da un poco de escalofríos, pues, inclinado a la lectura histórica como soy, y, guardando las distancias, recuerdo que bajo este “bienintencionado anhelo político”, la China maoísta se convirtió en un gigantesco cementerio a cielo abierto; la Alemania nazi fue tierra fértil para campos de exterminio; la bolchevique Rusia de Stalin fue látigo y hambruna, y, las dictaduras de izquierda y derecha latinoamericanas de la mano de Fidel, el Che, Somoza y Pinochet, fueron vistas por las potencias militares del siglo XX, como los risibles experimentos “inofensivos y simpáticos” de asesinos en caricatura.

Insisto, aunque estos ejemplos son extremos y pareciera que estoy exagerando, los mismos pueden servir de modelo para describir que, quienes muchas veces hablan en nombre de la emancipación humana, en el fondo hablan desde posturas eugenésicas o de limpieza e higiene política, de revolución violenta y xenófoba.

Desde los zelotes judíos del siglo I a.C, pasando por las cruzadas medievales en Tierra Santa, hasta llegar a los talibanes del siglo XXI, ese “gran salto hacia adelante” encubre siempre macabras intensiones, tales como el famoso y perverso slogan leninista: “Es mejor ser pocos, pero mejores”.

Lo cierto es que, paradójicamente, este año 2023 cierra con un aire de pesimismo silencioso y volátil, el cual, disimulado por un enardecido triunfo en las urnas (¡y esto es lo más curioso de todo!) de socialismos y neoliberalismos “mesiánicos”, ponen en evidencia que, el votante occidental apuesta por el líder salvador y enmendador de los vicios nacionales, siendo estos los problemas comunitarios que apretujan al ciudadano.

Lo más tenebroso de este asunto, es que el ciudadano libre está dispuesto incluso a renunciar a sus derechos constitucionales, con tal de que ese líder le libere de la tiranía de quienes considera sus enemigos; o sea, de esa forma difusa e indeterminada que él etiqueta como “la gente esa”.

¿El 2024 será la continuidad de este oscuro panorama?