Francisco Barrientos B.

Podemos constatar que, en las luchas colectivas cotidianas (¡incluyendo las futboleras!), el costarricense se identifica más con la barricada que con la trinchera.

En una barricada tenemos siempre personas delante nuestro y a nuestras espaldas. Así, en estas condiciones, es fácil embestir con bestialidad montonera y pusilánime al otro, al enemigo; además, resulta igual de fácil dispersarse cuando las cosas pintan mal, pues, ahí, el anonimato es camuflaje.

En una trinchera los guerreros se disponen en fila, sin nadie detrás suyo. Hombro a hombro, saben que su vida depende de sus compañeros de al lado, y, en batalla, se sobreentiende que debes pagar con la misma moneda.

Quizá por eso, en Costa Rica no haya escuelas en el sentido “socrático” del término (¡ni en las universidades!), sino sectas fanáticas que van desde las feminazis y los grupos religiosos cerrados, hasta los hinchas del crossfit y la Ultramorada.

Nuestro lema no parece ser “La unión hace la fuerza”, sino, por el contrario, el taimado “La unión me da confianza”. Es decir, a diferencia de otros pueblos moralmente mejor constituidos, en nuestro país la traición sí es una marca que envejece.