Francisco Barrientos B.

Andrajoso y cansado, se presentó aquel profeta a la corte del rey. Venía del Oriente con nueve papiros en su bolsa.

Traigo en estos papiros las profecías sobre el reinado de vuestro señor -dijo a los guardias del castillo.

El rey fue informado y tuvo a bien recibir al profeta.

Dime anciano -dijo el rey sin levantar su mirada del plato de comida que degustaba. ¿Cuánto quieres por tus papiros?

Luego de un silencio breve, el profeta dijo despacio:

Cien monedas de oro.

Son muchas y valiosas monedas -dijo esta vez el rey mirándolo a los ojos.

El profeta destruyó entonces tres de los papiros.

Y por esos seis papiros, ¿cuánto pides ahora? -masculló con brusquedad el rey.

Cien monedas de oro -fue la respuesta.

Es demasiado oro por tan poco.

El profeta destruyó otros tres papiros ante el asombro del rey.

Por los tres papiros que quedan, ¡no puedes pedirme cien monedas de oro! -sentenció con sarcasmo el rey.

No mi señor, pido solamente una moneda de oro.

¡Una moneda de oro! ¿Por qué?

Para alguien a quien tan poco importa el futuro, no puede pedírsele sacrificio alguno.

Lleno de orgullo, el rey ordenó a uno de sus sirvientes el pago de las cien monedas al profeta.

Tres meses después, en la batalla contra Argos, al frente de sus ejércitos el rey perdía la vida. Los saqueadores enemigos encontraron en la tienda del monarca los tres papiros sin abrir. En la mesilla junto al destartalado camastro, hallaron también una moneda de oro.