Francisco Barrientos B.

Cuando el precio de las bagatelas está también regido por la oferta y la demanda, el mercado de servicios y productos adquiere un tufo a descomposición que permea lo excelso y digno que hay en lo humano, llevándonos de nuevo a reencontrarnos con el cavernícola que vive en nuestras entrañas; el cual, ingenuamente, creíamos desterrado desde la invención de la agricultura y el abandono del nomadismo como forma de vida.

En el neolítico, las primeras pinturas rupestres, el diseño de los primeros calendarios, los usos del fuego y de la rueda, el establecimiento de los primeros ritos religiosos y la división social del trabajo, la manufactura del bronce y el perfeccionamiento de las armas para la caza y la autodefensa, constituyen la génesis de todo lo que vendrá; todos estos acontecimientos son vestigios iniciales con los que los humanos -quizá de forma inconsciente- intentaron abandonar su animalidad; un anhelo que alcanza su madurez evolutiva hasta la llegada de la modernidad ilustrada europea.

Sin embargo, el viaje desde este estado primitivo de cosas hasta la fundación de las modernas polis occidentales, pasó turbiamente por la Atenas de Pericles, la Roma de Augusto, Bizancio, la Florencia renacentista, por el reinado de Castilla y Aragón y las aspiraciones del siniestro Tercer Reich. Un viaje que no sólo describe una proeza “romántica” humana, sino, principalmente, la experiencia trágica del “ensayo y el error” en la constitución de lo determinado, pues, como todos sabemos, este progreso estuvo manchado de sangre por culpa de hambrunas y atrocidades genocidas de distintos órdenes.

En las ciudades-estado modernas nos encontramos hoy con un logro gigante y sin precedentes históricos: la Ley y la Constitución logran sustituir al ego del tirano, de aquel mesías-humano que intentó por la fuerza redimir y enmendar a su vecino, siempre y cuando la aplicación de “sus métodos”, violentaran el principio de reciprocidad: la tortura psicológica, económica y física para -y sólo para- el prójimo.

En el proceso de evolución política, desde hace poco menos de cien años, no sólo se consolidaron derechos que combinan lo individual (un ciudadano, un voto) con lo colectivo (la voluntad de la mayoría), sino la concreción de tres grandes libertades que amalgaman y sostienen el Derecho moderno: la libertad de acción, la libertad de reunión y la libertad de expresión.

En la actualidad, debido a la difusión y profusión vertiginosa de la voraz información digital, la libertad de expresión se ha visto como el campo de batalla de distintos grupos con intereses gremiales y particulares, los cuales esconden en el fondo no universales ideales demócratas, sino formas y estilos de vida libremente elegidos, produciendo con ello explosiones estomagantes y profundamente emocionales cuya fuerza expansiva divide a la sociedad en su conjunto, dado que cada quien pretende en cada instante halar para su saco.

Esta situación caótica de hoy, producto de la dualidad del “quiero-tengo” (la cual niega la condición necesaria anterior del “ser”: para que haya un tengo, previamente tiene que haber un ser), es descrita recientemente por el rector chileno Carlos Peña en una de sus columnas en El Mercurio: “Hoy lo importante es tener una opinión, exponer un sentimiento o un punto de vista; pero ya a nadie le interesa tener la razón” (Enséñame, si puedes; 21-05-2023), pues, para tener la razón deben esgrimirse argumentos con base en datos objetivos y verificables, y no simplemente opinar bajo la óptica de realidades idealizadas, las cuales no dejan de enfrascarse en formas aberrantes del anacrónico fundamentalista convencido.

Con el auge de los populismo de derechas e izquierdas en el mundo, el cainismo ha tomado nuevos derroteros políticos que convierten a las polis modernas en selvas donde la supervivencia del más fuerte (ojo: fuerte no es sinónimo de veraz e inteligente), se basa en acciones pasivo-agresivas que cargan de insultos y desacreditaciones personales a quienes piensan distinto que nosotros. Así, la violencia verbal y física se vuelve un juego perverso de quienes no sólo no están libres de pecado, sino que están dispuestos a tirar, en nombre de otros, la primera, la segunda y hasta la tercera piedra, acorazados tras el anonimato de un perfil de redes sociales que incita a tomar la ley por nuestra manos.

Después del viajecito que ha llevado a la Humanidad para convertir a aquel homínido perdido en el tiempo en un homo sapiens vacunado, alfabetizado y con la biblioteca más grande y jamás imaginada por Aristóteles y Leibniz en el bolsillo, es una lástima que evolucionemos hacia una bestia digitalizada y virtual: el troll; cuyo único pariente zoológico es la vaca; la cual, como reza el popular aforismo campesino: si no se cagan al inicio, se cagan al final.