Francisco Barrientos B.

“A veces cantaba bajito
para llenar precariamente el vacío”
Mario Benedetti

No he podido pronunciar su nombre en mi cabeza. Ha subido al taxi con una severidad silenciosa. Mira por la ventanilla las formas que se pierden.

Ha llovido, y en la tarde ha quedado un residuo de melancolía que res-piramos los dos. Para disimular, me he puesto a silbar (he intentado silbar, pues nunca he sido muy entonado) aquella vieja tonada titulada Almost blue.

¿Cómo decirle lo que siento? ¿Para qué? Contemplo sus pequeñas manos y el encaje de su vestido azul. De reojo, miro el perfil de su rostro, su suave piel rosada y percibo como mío el olor de aquel cuerpo ya lejano. Me duele su partida ¿Para qué decirle lo que siento? Una leve lágrima se desliza por su mejilla.

Hemos llegado a la estación del tren y se ha lanzado apresurada por la acera. Su silueta se transfigura en una sombra entre la multitud. La he perdido para siempre. Ahora es un espectro distante y su nombre da retumbos en mi alma. La he perdido para siempre.

Ahora lo recuerdo, se llamaba Soledad.