Francisco Barrientos: La apuesta de Pascal

Indudablemente vivimos en la época de la desacreditación, del ataque achacoso y personal convertido en silogismo; de la vulgaridad trapera que hace cabeza de león a la cola del ratón.

Francisco Barrientos B.

Si seguimos el caudal de un río corriente arriba, encontraremos tarde o temprano su origen, la fuente de su nacimiento. A este punto naciente, los ingenieros hidrológicos y los geólogos le llaman corriente de cabecera.

Si aplicamos esta descripción a la teoría matemática de la Probabilidad, nuestras indagaciones históricas nos llevarían a la Francia del siglo XVII. Las “corrientes de cabecera” estarían claramente identificadas: Blaise Pascal y Pierre de Fermat. El primero, teólogo, el segundo, abogado; ambos, genios.

Cuentan sus biógrafos que los dos demostraron sus inclinaciones científicas a muy corta edad, siendo el joven Pascal el inventor de la primera calculadora mecánica, con la cual pretendía ayudar a su padre en las labores de recaudador de impuestos.

Pascal fue también el primero en definir la noción matemática de “esperanza”; idea que, tiempo después, fue analizada y formalizada por las mentes brillantes de Christiaan Huygens, y, más tarde, por la rigurosa inteligencia del genio francés Pierre Simón Laplace.

Intuitivamente esta idea es muy sencilla.

Imagina una rifa de cien números cuyo premio es de 50 000 colones para un único ganador. El costo (inversión) de cada número es de 1000 colones.

Nos diría Pascal: compara ahora el “valor esperado” de ganar el premio con el valor esperado de no ganarlo; en donde por “valor esperado” debemos entender el acontecimiento simultáneo de ganar (o no ganar) el premio y la retribución económica esperada.

Así, la esperanza matemática de ganar el premio será “1/100” (¡pues llevamos un número de cien posibles!), multiplicado por 50 000, que es lo que esperamos ganar (retribución) en la apuesta. Esto daría por resultado “500 colones”.

Por otra parte, vamos a invertir (¿perder?) 1000 colones comprando el número. Así, el valor esperado de no ganar será entonces “-1000 multiplicado por 99/100” (¡hay 99 restantes números!). Esto nos daría un total de “-990 colones”.

Ahora, comparemos ambos valores: “500 + -990 = -490”. Así, ¡la esperanza matemática no nos favorece!

Por increíble que parezca, Pascal aplicó esta idea a la teología judeocristiana respecto al valor esperado de creer o no creer en Dios. Veamos.

Pregunta: ¿debemos o no creer que Dios existe? Analicemos las posibles respuestas a la luz de la noción de esperanza matemática.

¿Cuál es el valor esperado de creer que sí? Si creemos y Dios existe, entonces seremos premiados con la gracia eterna (infinito). Pero si creemos y Dios no existe, nos perderíamos de disfrutar muchos (aunque finitos) placeres mundanos. Así, en este caso, los beneficios son “gigantes”, puesto que “infinito + (-finito) = infinito”.

Ahora, ¿cuál es el valor esperado de no creer? Si no creemos y Dios existe, recibiremos un castigo eterno, lleno de penas y flagelaciones espantosas. Pero si Dios no existe, entonces tendremos derecho a gozar de muchos, pero finitos, placeres terrenales. En este caso, el premio es muy pequeño en comparación con el suplicio que recibiremos.

Pascal, como buen moralista del siglo XVII, nos recomienda que nuestra creencia final debería de basarse en la prudencia. Por lo tanto, “es mejor creer que Dios existe, aunque se juzgue como improbable su existencia”, pues los beneficios de nuestra creencia positiva y la existencia de Dios combinados, son los mayores en todos los escenarios posibles (tal y como vimos en nuestro análisis).

Sin embargo, las objeciones a la apuesta de Pascal no se hicieron esperar.

Algunos críticos férreos señalaron que nuestras creencias no pueden ser algo forzado ni elegido, pues, necesitamos estar “convencidos” de nuestra creencia. Por otra parte, algunos críticos sostienen que otras religiones cuentan con dioses que igualmente “premian y castigan”, por lo que esta apuesta aplicaría no sólo al Dios judeocristiano. Otros, señalan que pensar en la salvación en “términos cuantitativos” nos hace creer en la existencia de Dios de forma “artificial e interesada”, pues, sin duda, la fe requiere de un compromiso sincero y puro con nuestras propias creencias.

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