Francisco Barrientos B.

Cuentan que Arquímedes (geómetra, inventor, astrónomo y físico siracusano del siglo III a.C), murió a manos de un guerrero romano mientras intentaba resolver un acertijo matemático. “No me molestes a mí ni a mis círculos” le dijo insolente al soldado, quien desenvainó su espada y le mató sin preguntar quién era.

Marcelo, el general de aquel ejército romano, había girado órdenes estrictas de capturar a Arquímedes con vida, pues, lo consideraba parte del valioso botín de guerra. Los romanos conocían la obra de este genio griego y soñaban con la idea de que trabajara para sus belicosas empresas.

Ante esta escena mortal, podemos plantearnos las siguientes interrogantes. ¿Puede considerarse el comportamiento de Arquímedes la manifestación propia de un estúpido por no intentar repeler el ataque del soldado?, ¿sería presa acaso de cierta ingenuidad por considerar que su investigación matemática era más importante que la propia vida?

El lector podría ensayar sus propias respuestas; en mi caso, sugiero ponderarlas a partir de la lectura del ensayo de Carlo M. Cipolla, Alegre, pero no demasiado (1988), en el cual se expone una jocosa y atrevida Teoría sobre la estupidez humana. A continuación, paso revista de ella para el amable lector.

Cabe señalar que Cipolla consideró a la legión humana de las personas estúpidas mucho más peligrosa que grupos tales como, la mafia, la industria armamentista o el conglomerado de empresas que intentan zafarse de sus deberes tributarios, depositando sus ganancias en paraísos fiscales.

Sin embargo, a pesar de lo anterior, el autor también observa que “las personas no-estúpidas suelen subestimar el daño potencial que los estúpidos pueden ocasionar a la sociedad en su conjunto”.

Para dicho análisis, el autor parte de dos factores que pueden describir las implicaciones que tiene el ejercicio indiscriminado de la estupidez humana: (1) los beneficios y pérdidas que un individuo puede causarse a sí mismo; (2) los beneficios y pérdidas que este puede ocasionar a la sociedad. Con ayuda de esos dos factores, Cipolla reagrupa la sociedad humana en cuatro grandes conglomerados: los inteligentes, los incautos, los estúpidos y los malvados.

Luego, tomando un plano cartesiano (¡una figura nada desdeñable de la modernidad!), coloca en cada uno de sus cuadrantes a los distintos subgrupos, considerando (tal y como se hace en la geometría analítica) el “signo” de las componentes del par ordenado asociado a un punto específico del cuadrante en cuestión (ver figura adjunta).

Así, el primer cuadrante agrupa a las personas inteligentes, los cuales son descritos por el par ordenado “(beneficio propio, beneficio ajeno)”. Es decir: son aquellas personas que, con sus acciones, trabajo y decisiones racionales y éticas se benefician a ellos mismos, y, al mismo tiempo, buscan beneficiar a su comunidad.

En el segundo cuadrante, estarán los incautos: aquellos que buscan beneficiar a sus semejantes, pero provocando con ello la ruina propia.

Por su parte, los estúpidos ocupan el tercer cuadrante: son personas que, con sus acciones u omisiones, provocan la ruina de su comunidad, al costo -incluso- de no obtener siquiera un beneficio propio con dicha tragedia. Por último, están los deleznables malvados o réprobos, quienes, con tal de obtener un beneficio propio, están dispuestos a dañar al vecino sin el menor remordimiento.

Así, a partir de esta taxonómica descripción cipollana, sería indiscutible considerar que el gran Arquímedes es “un par ordenado” que pertenece al primero de estos cuadrantes: su obra sigue vigente y sus aportes científicos no sólo hicieron grande al mundo antiguo, sino, progresar a la humanidad hasta el día de hoy, obteniendo con ello la gloria personal, el respeto y agradecimiento de pueblos enteros de seres humanos. Por ejemplo, se cuenta que Arquímedes defendió a sus conciudadanos de los invasores extranjeros, usando unos espejos cóncavos con los que logró quemar, gracias a luz solar mediterránea, las velas de los navíos enemigos.

Este texto no pretende aventurarse a una clasificación total de los seres humanos -con “nombres y apellidos”- en estas categorías, ¡ya cada cual tomará sus previsiones según sea el caso!; sin embargo, sería interesante poner en la mesa, tal y como hizo el propio Marco M. Cipolla en su ensayo, la cuestión deliberativa acerca de si es preferible “un estúpido o un malvado”.

Sobre lo anterior, el profesor es contundente en su elección, la cual podría tildarse hoy de políticamente incorrecta: “Es preferible un malvado; pues, por lo menos, con él algunas cosas cambian de dueño; pero, en el caso del estúpido, no podríamos esperar ni siquiera eso. El malvado por lo menos descansa de vez en cuando; el estúpido, nunca”, concluye.