Francisco Barrientos: La “suerte” con una letra cambiada

La actitud del temerario sería elegir lo extremo, por eso, iría por lo segundo. Por su parte, la razón pondría en perspectiva los daños colaterales: mis rodillas sufrirán menos saltando un metro cada diez veces.

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Francisco Barrientos B.

¿Será mejor dar saltos de un metro de altura diez veces consecutivas, que saltar diez metros de altura una única vez?

La actitud del temerario sería elegir lo extremo, por eso, iría por lo segundo. Por su parte, la razón pondría en perspectiva los daños colaterales: mis rodillas sufrirán menos saltando un metro cada diez veces.

Pero, ¡cuidado!

La inconsciencia del temerario se funda, ingenuamente, en la rara certeza (corolario de la ley de Murphy) de que la mala suerte es siempre una contingencia inevitable: lo que va a pasar, tiene que pasar. Razonan así: si construyes edificios en playas en donde existe evidencia histórica de desastres por tsunamis, tu deber es tener presente las eventuales (y posibles) consecuencias. ¡Nada más!

Evidentemente, el pasado no necesariamente desnuda el porvenir, pero, como dicen en mi barrio: si quieres ver reír a Dios, cuéntale tus planes.

Cuentan que el rey de Ponto, Mitridates, obsesionado con la idea de que iba a ser envenenado, decidió tomar pequeñas dosis diarias de veneno buscando la propia inmunidad al mismo. Sin embargo, al ser derrotado por Pompeyo en la batalla, quiso huir de la humillación suicidándose al ingerir una dosis mayor del veneno. Pero, para su sorpresa, alcanzó el objetivo inicial: obtuvo la anhelada inmunidad y no murió.

La leyenda cuenta que entonces Pompeyo tomó por el cuello a Mitridates. Desenfundó su espada y, de esta manera, la buena suerte y la mala suerte del rey de Ponto se fundieron en una sola: muerte… ¿Moraleja?


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