Francisco Barrientos: La trompeta de un pequeño apocalipsis

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Francisco Barrientos B.

Cuentan que Antígono tenía entre sus guerreros a un hombre cuya valentía y fuerza en el combate eran inusuales. Sin embargo, desde hacía mucho lo aquejaba una extraña enfermedad. El General, que tenía gran aprecio al soldado, le hizo examinar por sus médicos. Curado de su padecimiento, Antígono observó que su guerrero había perdido el ímpetu y la garra en el combate. Es culpa tuya mi señor -dijo sarcásticamente el guerrero-, por haberme curado de las cosas por las que despreciaba la vida.

Esta historia me hizo recordar a Chet, al oscuro Chet Baker, aquel viejo trompetista de jazz norteamericano. Mientras escribo estas líneas, escucho de fondo, en el reproductor de mi computador, su melancólica y fría Tenderly. Pieza esta cuya agónica trompeta improvisada no tiene -para mí- nada de tierna.

Como en casi todas sus interpretaciones, en Tenderly podemos percibir a un artista cuyo desapego armónico es casi patológico. Chet estaba enfermo. No debemos esforzarnos mucho para notar que detrás de esa trompeta hay cierta “pereza” rítmica que agoniza lentamente con el tiempo, con la tarde, con la vida misma: es la trompeta de un pequeño apocalipsis personal.

Chet no era un virtuoso de su instrumento, no era un Miles Davis o un Arturo Sandoval. Incluso, me temo, carecía de un sello de genialidad. Sin embargo, su música es y será siempre otro vehículo. Pienso entonces: ¿qué quedaría de él -como sucedió con el guerrero de Antígono- si alguien le hubiese curado? ¿Qué quedaría de ese sonido pálido de trompeta triste y etérea?

Supongo que en Tenderly no fue necesario incorporar su voz, la cual, ya de por sí, es un juego paralelo de angustias y desesperanzas como en un aforismo de Ciorán. En Tenderly, el solo de trompeta lo justifica todo.

Suelo pensar en la música de este hombre blanco y callejero, nómada hasta el vértigo, como en las sentencias cínicas de un Diógenes moderno y perezoso. Pienso en alguien a quien el Arte lo desfigura, pues, no busca jamás pretextos ni justificaciones. Presiento que Baker sabe muy bien que las comodidades de la vida son, al fin de cuentas, las inconformidades de ésta.

No puedo evitar percibir en Chet algo diabólico, a un “Elvis maldito”, que muere no sólo de sinceridad y lealtad, sino también que elogia y defiende en todo momento nuestro derecho a la melancolía y la lentitud. Derecho al que no deberíamos estar dispuestos a renunciar, y al que ya Nietzsche dedicó alguna línea memorable.

Para mí, Chet nos recuerda que el Arte está siempre “en extinción”. Que tal vez hoy vivimos demasiado obsesionados con la idea de la salud y la eternidad. Me gusta imaginar que en el coro ausente de Tenderly está inmortalizada, al unísono, aquella sentencia del teatro trágico, de que tal vez “no hay mal que por bien no venga”. ¡Bendito sea!


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