Francisco Barrientos: La verdad de todas nuestras mentiras

En la época de la posverdad, pareciera que el problema urgente por resolver sería entonces investigar la constitución de la mentira, dado que, tal vez por un ardiente deseo de ignorancia o falta de amor propio, preferiríamos no develar las cosas para conocerlas en su realidad última.

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Francisco Barrientos B.

Para la mentalidad de los antiguos griegos, la Verdad (alétheia) es el desocultamiento del Ser; es decir, el quitar el velo a las cosas para mirarlas en su desnudez clara y distinta, sin que para esto medie el sueño, el miedo o la voluntad del prejuicio.

Desde esta perspectiva, la Verdad no sería entonces el problema epistemológico principal, pues, ella estaría simplemente oculta a nuestros frágiles instrumentos perceptivos e intelectivos. Así, el límite para conocer la Verdad sería el poner a prueba nuestra impaciencia, pues del deseo genuino y personal por satisfacer nuestra curiosidad fulgurante por querer saber, es una actitud que merece de nosotros abundante ocio y -principalmente- denuedo.

En la época de la posverdad, pareciera que el problema urgente por resolver sería entonces investigar la constitución de la mentira, dado que, tal vez por un ardiente deseo de ignorancia o falta de amor propio, preferiríamos no develar las cosas para conocerlas en su realidad última.

Pero ¿en dónde se origina esa pereza investigativa, esa falta de dignidad por querer saber?

Podríamos encontrar un poco de luz sobre esta cuestión en Heráclito de Éfeso. Los que están despiertos tienen un mundo común, pero los que duermen se vuelven cada uno a su mundo particular; dice uno de sus fragmentos.

A la luz de este fragmento, tal vez la mentira, la magia y esa esperanza ingenua y grandilocuente de quienes creen tener el poder para gobernar las vecinas y distantes circunstancias, a partir de la aprehensión de ciertos ritos y augures manifiestos, podrían -quizá- ser el producto de las ensoñaciones de quienes viven ensimismados en su absurdo mundo personal -que para ellos es el mundo-, mirándose incesantemente el ombligo como egoístas discípulos de Narciso, los cuales -¡por algún extraño azar!- odian la Realidad tal y como esta podría ser, procurándose así fijar un mundo sustitutivo o paraíso artificial idealmente realizable, el cual estaría fundado en las quimeras del prejuicio gremial de quienes, como ellos, se niegan a despertar de la alucinación.

Con el tiempo, he podido constatar que en los seres humanos el deseo de sentir lo creído (es decir, reducir la experiencia cognitiva a la mágica sentencia de que “primero hay que creer”), es mucho más potente e inexorable que abordar la tarea -siempre paciente, incompleta y humilde- de asumir lo sentido. En otras palabras, en asumir lo sentido se describe la experiencia de la aprehensión del conocimiento a partir de la famosa duda metódica del apóstol Tomás: “ver para creer”; la cual nos exige como condición previa el develar las cosas para conocerlas.

A primera vista, esto segundo (descubrir, develar) no nos ofrece otras alternativas: la realidad es lo que es. Mientras que, sentir lo creído podría llevarnos a arrebatos histéricos y volitivos de negación pura, impidiendo zanjar las múltiples diferencias a partir de ensoñaciones y egoísmos gremiales.

A este respecto, recuerdo que el sacerdote, matemático y físico catalán, Jaime Balmes, sostenía impecablemente esta idea en aquel famoso libro titulado El Criterio (1843): La verdad es la realidad de las cosas. Así, develar la realidad sería conocimiento, afirmación, valentía sostenida, coherente y feliz.

Así que, ¡despertemos! Asumamos con coraje alegre esta tarea, si es que todavía está pendiente

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