Francisco Barrientos: Los molinos y el viento

Para Francisco

0

Francisco Barrientos B.

Mi nombre no importa. Sólo diré que soy el más humilde de los sirvientes de la corte del rey Octavio El Grande, amo y señor de Dragó; imperio que abarca desde los lejanos ponientes de Braman, hasta las áridas tierras de los desiertos de África. Su gloria es ilimitada y Odín bendice continuamente sus tierras. El oro es su elemento. La fama de su sabiduría recorre todos los rincones del mundo conocido.

Mi propósito es escribir sobre Eduardo, el menor de los hijos del rey y príncipe heredero. Este joven y apuesto guerrero, General en jefe de las fuerzas armadas del reino, extendió su fama de hombre valiente y justo.

Cuentan que los habitantes de las cuevas del norte de Aftabul tiemblan con sólo escuchar su nombre. Los pueblos de la región de los bosques de Merina lo veneran, pues los liberó de la tiranía de los salvajes Horcos.

Su espada e inteligencia le fueron fieles desde muy joven. Siendo un niño, junto a su octogenaria abuela, visitaba hacia el final de cada tarde la casi infinita biblioteca del palacio real. Ahí, ayudado por mí y Alejandro, el viejo bibliotecario ciego, conoció las lenguas del Oriente, la astronomía y las matemáticas, el ajedrez, el amor a las leyendas de su pueblo y las poesías nórticas.

Refiero ahora nuestro último encuentro. Espero que la nostalgia de aquel momento no me haga caer en vagas exageraciones; yo, que no he sido padre (creo que está demás decirlo) siento por ese muchacho el afecto de progenitor; su amistad y admiración me honran; recuerdo ahora aquella máxima: el amor puede explicarlo todo, pero no puede explicarse a sí mismo.

Cierta lluviosa tarde de setiembre, como su sirviente inmediato, recibí la orden de ir en su búsqueda. Me dirigí de inmediato a la biblioteca. Al entrar, lo vi postrado en el suelo del edificio. Boca arriba y brazos abiertos, estaba rodeado de innumerables libros desordenados en el piso del salón; sus ojos estaban fijos en el cielo de la habitación. No quise interrumpirle. En silencio, me acomodé en medio de unos viejos anaqueles. Una pobre luz entraba por los vitrales, la lluvia había amainado. Fue entonces cuando pude escuchar un tenue susurro que provenía de sus labios, lo repetía una y otra vez, creo que citaba al poeta Virgilio: Las espinas de la rosa no son la rosa, decía.

De pronto, su mirada me ubicó en el salón. Me llamó por mi nombre. Me acerqué en silencio. Puesto en pie, me acercó una silla. Yo acepté. Me daba ahora la espalda y miraba por la oscura ventana que da al patio central.

Debo marcharme… -dijo con suave voz. No dije nada; los sirvientes no debemos interrogar.

Caminó hacia la chimenea que agonizaba; las moribundas brasas apenas dibujaban su rostro. Luego, se sentó a pocos pasos de mí.

Pero antes, quiero contarte una historia -dijo afligido, pues cierta pena había en él. Su mirada parecía escudriñar mi rostro.

Hace mucho tiempo, un hombre en su extensa tierra mandó a construir varios molinos de viento, con los cuales pensaba ganarse la vida. Una inesperada y profunda sequía asoló a aquellas tierras. El hambre y las penurias socavaron a sus habitantes; en medio de la tristeza y la desesperación, el hombre mandó a demoler todos los molinos. Cansado de esa tarea, cayó rendido en su aposento. Durante el sueño, una voz áspera le dijo: Habrás podido destruir todos los molinos, pero no podrás hacer lo mismo con el viento.

Hubo un largo silencio, que a mí me pareció infinito. Luego, Eduardo se puso de pie. Caminó hacia mí y puso su mano sobre mi hombro, cariñosamente. Colocó una hoja de papel sobre la mesita adjunta. Sus pasos se perdieron por el largo pasillo. No voltee para que no me viera llorar. La lluvia volvía recia. La tarde ya no era tarde y la noche aún no llegaba. En ese instante, sentí la triste y magna soledad. Tomé entre mis manos aquel papel y leí: Todos los hombres nacen reyes, pero mueren como mendigos.

Desde esa noche nadie en el reino volvió a saber de él. A mí me quedaron dos cosas: una hoja de papel y la imposible tarea del olvido.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...