Francisco Barrientos: Los otros

Es importante hacer aquí una aclaración. Debemos tener presente que el grado de variedad del objeto no está en el objeto en sí, sino que es el perceptor quien asigna al objeto una variedad particular a partir de sus conocimientos, lenguaje, percepciones sensoriales y, ¿por qué no decirlo?, prejuicios morales y sociales.

0

Francisco Barrientos B.

Solamente existen dos formas de mirar a los demás. A saber, a campo abierto, es decir, mirarlos en su genuina y propia realidad, en su entorno, lugar este en donde se superponen el “ser” y el “hacer”. O también, podemos mirarlos desde las rendijas de nuestra propia mezquindad, la cual suele ser mediocre y cruel.

Para quienes asumen esta última actitud, el reconocimiento y la valía del mérito ajeno es casi una aberración. Sin embargo, la realidad no necesita que nadie la defienda, por lo que más temprano que tarde, estos pobres incautos tendrán que reconocer que aquel otro logrará llegar a un lugar vedado para ellos. Sitio este reservado para quienes con denuedo y dedicación develan lo imposible, un lugar no apto para quienes hablan por los codos de sus amigos, pues no tienen otro hábito que pasarse las horas mirando su propio ombligo.

Pareciera que lo anterior describe un hecho solo del presente. Sin embargo, esta conducta humana nos acompaña desde tiempos inmemoriales. Basta recordar el juicio por parte de los atenienses en contra de Sócrates, el martirio de los discípulos de Jesús, la lapidación de Hypatía y el paseo por la hoguera de los considerados blasfemos Miguel Servet y Giordano Bruno. Hechos atroces perpetrados en nombre de una única causa común: acallar lo distinto, lo diferente; en suma, lo diverso. De esta manera, los verdugos se proponen destruir lo que sus víctimas sostienen y cosechan por cuenta propia, pues su único pecado consiste en negarse a aceptar las segundas o terceras interpretaciones, procurando forjarse y modular una nueva experiencia lúdica para compartir con sus congéneres.

Por eso, en medio del auge de los populismos reduccionistas contemporáneos, creo pertinente recordar hoy que, desde la década de los años 70 del siglo pasado, la ciencia cibernética nos hizo un llamado de atención importante a este respecto, proponiéndonos un paradigma mucho más enriquecedor que las trasnochadas supersticiones de antaño, todo ello a partir de una noción científica novedosa e interesante: la absorción de la variedad.

El combinado de trabajos científicos de eminentes estudiosos como W. Ross Ashby, Stafford Beer, Benoit Mandelbrot y Edgar Morin, constituyen la demostración de un enunciado general que se asemeja más a una verdad de Perogrullo que a un teorema científico. Sin embargo, esta ley constituye uno de los pilares de la teoría general de los sistemas dinámicos. Hablamos de la ley de la variedad requerida o primera ley de la cibernética, la cual establece lapidariamente que, “sólo la variedad puede absorber la variedad”.

Si colocamos un cerebro humano en una bandeja para que sea analizado por un profesor de latín, un carnicero y un neurocirujano, es claro que todos ellos percibirían dicho objeto desde puntos de vista muy disímiles. Quizá, para el docente sea un simple trozo de carne, pero para el neurocirujano este órgano constituye una estructura molecular de alta complejidad. Por su parte, el carnicero podría situarse en alguno de los infinitos puntos intermedios entre el profesor y el cirujano. En resumen, todos ellos percibirán el objeto en modos y categorías que varían desde lo simple y elemental hasta la compleja descripción sináptico-matemática de una red neuronal.

Es importante hacer aquí una aclaración. Debemos tener presente que el grado de variedad del objeto no está en el objeto en sí, sino que es el perceptor quien asigna al objeto una variedad particular a partir de sus conocimientos, lenguaje, percepciones sensoriales y, ¿por qué no decirlo?, prejuicios morales y sociales.

Como vemos, un corolario pragmático e inmediato de esta ley cibernética consiste en que, a medida que el observador/perceptor “va cambiando su punto de vista” sobre el objeto en sí, aparecen y desaparecen distintos rasgos de éste, pudiendo enriquecer y dotar de autonomía no sólo al objeto observado, sino haciendo al perceptor más lúcido y libre de manipulaciones ideológicas preconcebidas.

Por eso, mirar a los otros “a campo abierto”, exige de nosotros un compromiso serio con la modestia, con la idea de que a una mayor variedad podemos absorber genuinamente la variedad de los demás. Pues, en caso contrario, terminaremos como aquella bruja horrible y envidiosa del cuento, que pretendía mirar el mundo a través de su espejo.


COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box