Francisco Barrientos B.

Como parte de su doctrina teorética y contemplativa, cuentan que una de las normas de la Escuela pitagórica en la antigua Grecia, consistía en que los nuevos integrantes tenían la obligación de guardar un riguroso silencio durante casi todo su proceso de formación.

Los maestros, que por lo general eran los miembros más antiguos de la Escuela, exponían las doctrinas originales de Pitágoras, adaptándolas a los nuevos descubrimientos o a las disquisiciones de los seguidores más acuciosos del pitagorismo.

Dentro de los principales temas de estudio del pitagorismo destacan las nociones sobre la oposición entre lo limitado y lo ilimitado y la preexistencia de las almas, pero también la purificación personal por medio del ascetismo, la ciencia y la armonía musical, así como la adopción del concepto de pneuma o “respiración cósmica” atribuida a los fisiócratas milesios, los cuales sostenían que el Mundo es un “animal viviente”, y, por lo tanto, respira.

Sin embargo, no todo llegó a ser color de rosa en esta Escuela (¡y esto no tiene nada que ver con Barbie!).

Según Diógenes Laercio, Hipaso de Metaponto fue un miembro de la Escuela pitagórica que al inicio sintió gran admiración por el Maestro.

A partir de un giro de genialidad propia, Hipaso dio un duro y certero golpe al principal postulado del pitagorismo: la racionalidad numérica como forma manifiesta del Mundo. Así, para su desgracia, Hipaso descubrió la inconmensurabilidad de la diagonal del cuadrado; es decir: la imposibilidad de expresar la longitud de la diagonal como razón de dos números enteros (álogos).

¿Por qué digo “desgracia”? Pues porque cuentan que Hipaso fue obligado a guardar en secreto su descubrimiento; aunque, otras versiones sugieren que murió en un naufragio por culpa de los dioses, debido a su atrevido hallazgo.

La versión más difundida entre los antiguos historiadores griegos y romanos sostiene que Hipaso fue expulsado de la Escuela. Sin embargo, dado que llevaba consigo el descubrimiento matemático, fue emboscado y asesinado por sus propios compañeros, intentando con ello impedir la difusión de la incómoda verdad sobre la irracionalidad numérica, la cual, aunque era un hecho demostrado y consistente, cuestionaba los ideales originarios del Maestro fundador.

De esta forma, si esta última versión sobre el destino de Hipaso es cierta, podemos con asombro afirmar que esta Escuela dejó de ser una escuela para transformarse entonces en una peligrosa secta; pues, coaccionar, asesinar, discriminar y enjuiciar a propios y extraños es una conducta de fanáticos cegados por la ignorancia y el absolutismo político, religioso o ideológico.

Debemos tener claro que el ensañamiento contra Hipaso, por comunicar a los demás una verdad develada, no ha sido un caso único y aislado a lo largo de la historia de la humanidad; por el contrario, este hecho no suele ser la excepción, sino, la regla.

Así, todo parece indicar que en todos los puntos del globo terráqueo en donde ha habido grupos humanos, ya sean colectivos primitivos o civilizados, desde siempre ha fungido la cizañera idea del “O estás conmigo o eres mi enemigo” como postulado de conducta ética. A lo largo de la evolución de nuestra especie, hombres y mujeres han sufrido el escarnio de las mayorías embrujadas por culpa de la Idea Fija: esa que impone y decreta el qué pensar, el qué sentir y el cómo obrar; Idea que repele toda incertidumbre, que no da margen para la duda metódica, es decir, la investigación impersonal y sin prejuicios. ¡Qué lo digan quienes padecieron en carne propia los atavismos totalitarios del siglo XX!

De ahí, resulte conveniente no olvidar aquel jocoso aforismo de Mark Twain, el cual refiere Jorge Luis Borges en su Nueva antología personal (1968): “Nunca pregunto cuál es la nacionalidad de un hombre, ni su profesión ni su credo. Ni si es pobre o rico. Basta con que sea un hombre: no puede ser nada peor”.