Francisco Barrientos: Sobre gritos y palabras

Imagino entonces al vendedor ambulante del cuento de Cortázar, caminando hoy por las calles del mundo pregonando sus mercancías. Veo a la gente que pasa a su lado mirarle con indiferencia y menosprecio; tal vez porque saben que nadie puede vender lo que no se puede comprar, aunque ya no parezca tan absurdo.

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Francisco Barrientos B.

En el Cuento sin moraleja, Julio Cortázar relata la historia de un hombre que, con prolijidad y denuedo, vende unos extraños artilugios a sus coterráneos. Ese ambulante -y serio- vendedor ofrece, ¡nada menos y nada más!, que “gritos y palabras”.

Entre sus compradores hay pregoneros del mercado, pero también hay pensionados rentistas, mujeres dispuestas a comprar suspiros enamorados, así como políticos y dictadores urgidos de slogans patrioteros. Es con uno de estos déspotas militares, que el personaje se esmera por venderle sus “últimas palabras”, las cuales nunca llegan a conocerse dado que este dictador y tiranuelo del país, muere a manos de sus celosos generales.

No está de más señalar que el cuento está ambientado en la asfixiante Argentina de las dictaduras militares, allá por los años sesenta del siglo XX. Lugar aquel lleno de censura y opresión, en donde las palabras y los gritos de los ciudadanos tenían un valor incalculable, pues, por culpa de estas, estaban los argentinos siempre a un paso del cadalso y a medio del cementerio.

Sin embargo, en el sarcástico cuento de Cortázar, las vicisitudes de los personajes son un juego, siendo éstos no más que títeres de un drama que les trasciende y les consume, considerando casi despreciables y efímeros los actos de los hombres concretos: el futuro está ya configurado por un Destino y no obra ningún libre albedrío; aunque, en este panorama, a los humanos sólo les quedan unas poquísimas cosas irrenunciables, estando entre estas el hablar y el gritar; es decir, las palabras y el berreo.

Hacia el final de la historia, nos encontramos con una gema de paradoja, la cual aclara muchas cosas del texto en sí. Hela aquí: Los gritos y las palabras -dice el narrador- son cosas que en rigor pueden venderse, pero no comprarse, aunque parezca absurdo.

Al llegar a esa línea, le queda a uno la sensación de que, tal vez, ese vendedor ambulante del cuento (trabajador informal, diríamos nosotros) estaría hoy dedicado a otros menesteres, pues, la fecha de caducidad de los extravagantes objetos que vende está siempre próxima a cumplir. Es más, la mayoría de estos objetos los encontramos fácilmente en el cajón de descuentos, pues la inflada oferta supera con creces a la raquítica demanda y, con ello, el valor relativo de esas mercancías sufre una reducción significativa, tal y como le pasa hoy al shampoo y a los cantantes de reggaetón.

Y es en esa enigmática paradoja cortazariana en donde chocamos de frente con el mundo contemporáneo. Sí, ese mundo tan nuestro, el de la globalización no sólo económica, sino aquella que promueve la falta de modales y el descuido por las proporciones, la de los vendedores de humo que dicen tener siempre la receta para mejorar cualquier cosa, la de los sentimentalismos rebuscados que sólo afianzan egos pequeñitos, fundados en heroísmos egoístas que esconden complejos de inferioridad, que describen la corta edad de quienes están urgidos de gritar, a los cuatro vientos, su histérica demanda de reconocimiento por parte de los demás.

Hoy, en esta época de redes sociales y mensajes que viajan a la velocidad de la luz, la comunicación está muy desvalorada, precisamente porque los gritos y las palabras están al alcance de cualquiera, y, en ese trance, cada uno se siente con la autoridad legítima y suficiente para hacer añicos el lenguaje público, apropiándoselo en aras de satisfacer ideologías privadas o gremiales. Algunos gritan porque, según ellos y ellas, todos tenemos derecho al berreo; asumiendo también que al resto de los mortales no nos queda de otra que aceptar sus sesgadas y odiosas pretensiones; algunas, incluso, tan descabelladas como ese mal etiquetado “lenguaje inclusivo”. Lenguaje este que convierte a la comunicación en un campo de batalla minado, en donde la consigna es “si no hablas como yo, me ofendes, entonces, te mando a callar”.

Imagino entonces al vendedor ambulante del cuento de Cortázar, caminando hoy por las calles del mundo pregonando sus mercancías. Veo a la gente que pasa a su lado mirarle con indiferencia y menosprecio; tal vez porque saben que nadie puede vender lo que no se puede comprar, aunque ya no parezca tan absurdo.

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