Francisco Barrientos: Ver para creer

¡A todo empirismo ingenuo le llega su hora! Tal y como le sucedió al joven e inexperto Tomás, cuando constató con sus propios ojos la señal de los clavos en las manos de su redentor.

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Francisco Barrientos B.

Ver para creer, decía a sus colegas el incrédulo apóstol Tomás. Sin embargo, no siempre podemos mirar “a simple vista”, lo que quizá hace más difícil el acto de creer.

En la historia de la ciencia, para investigar nuestro Sistema Solar, Lippershey y Galileo tuvieron la ingeniosa idea de mejorar el diseño del telescopio. Mientras que, para estudiar el diminuto mundo de los microbios, Anton van Leeuwenhoek tuvo la osadía de mirar por el lente de un arcaico microscopio. Estos maravillosos instrumentos técnicos lograron que el ser humano dila-tara sus sentidos a regiones de la realidad casi insospechadas, deduciendo con ello nuevos paradigmas, proponiendo otras conjeturas y refutaciones.

Sin embargo, no siempre fue necesaria la utilización de instrumentos externos para intentar “ver más allá”. Desde Demócrito y Lucrecio, la poderosa mente humana se las ha ingeniado para intentar mirar con la ayuda del pensamiento deductivo y la ciencia.

Recordemos que Pierre Simón Laplace, sin mirar por ningún lente, pudo deducir la existencia del planeta Urano, dado que, las ecuaciones newtonianas del campo gravitatorio, estudiadas por él, presentaban una serie de “per-turbaciones” que le permitían deducir como causa la existencia de otro planeta girando por “ahí afuera”. Por otro lado, sin la ayuda de microscopio alguno, Einstein tuvo las intuiciones necesarias para diseñar las matemáticas que explicaban el movimiento aleatorio de unas partículas de polen sobre la superficie del agua (movimiento browniano), iluminando de esta manera el camino que zanjaría el debate sobre la discontinuidad de la materia.

Resumiendo: la teoría confirmada podría darnos evidencias para creer sin necesidad de ver, de percibir directamente el hecho o fenómeno. Así, pareciera que el “ver para creer” tomasino quedaría reducido a una simple regla de la vida práctica y cotidiana, a una forma de escepticismo “rebajado”: ahí donde nuestros sentidos pueden ingeniárselas para verificar y constatar.

Sin embargo, incluso en esa vida práctica, “ver para creer” podría inducirnos a negar una realidad circundante que algunos intereses gremiales, sociales, económicos e incluso científicos, ocultan y no desean que veamos. En este escenario, esa ceguera inducida (¡ojos que no ven, corazón que no siente!) podría ser peligrosa en tanto que desfigura maquiavélicamente la realidad, imponiéndonos muchas veces lo que debemos ver e incluso creer, fomentando con ello fanatismos y populismos que dividen el frágil tejido social, dañando con ello las relaciones y las significaciones humanas.

En la situación presente, ese pareciera ser el común denominador de los actuales negacionistas del cambio climático, de la existencia de la covid-19, de la crisis financiera costarricense y demás teorías conspirativas. ¡Exijo ver para creer!

Ese nivel de incredulidad podría ser nocivo para la sociedad entera, en tanto que refuerza mi actitud narcisista de postular y defender mis intereses por encima de otros grupos o personas, justificándome en el no menos ignominioso hecho de que, hasta que alguien logre demostrarme lo contrario, pue-do seguir creyendo y disfrutando lo que considero, “por derecho propio”, mío y de nadie más.

¡A todo empirismo ingenuo le llega su hora! Tal y como le sucedió al joven e inexperto Tomás, cuando constató con sus propios ojos la señal de los clavos en las manos de su redentor.

 


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