Cuando las estructuras políticas desatienden sistemáticamente estos malestares, se abre una autopista para la irrupción del populismo.

Francisco Javier Flores Zúñiga. Candidato a Doctor en Ciencias Sociales

Antecedentes

Costa Rica en 2026 parece estar viviendo una crisis inédita. Fragmentación política, descontento ciudadano, populismo en ascenso y una parálisis legislativa que frustra cualquier intento de reforma estructural. A primera vista, podríamos suponer que se trata de un fenómeno exclusivo de nuestro tiempo, de nuestros propios errores o de las limitaciones de esta generación política.

Sin embargo, si uno se toma la molestia de revisar la teoría política seria de los últimos 130 años, descubre algo profundamente inquietante: esto ya fue diagnosticado. No es que los clásicos predijeran específicamente que Costa Rica entraría en barrena en este preciso año, sino que advirtieron con precisión quirúrgica que toda democracia anclada en un sistema de partidos tradicional terminaría chocando contra estas mismas paredes en el siglo XXI.

Tenemos el beneficio histórico de contar con las herramientas conceptuales de tres pensadores extraordinarios que diseccionaron la estructura de este problema y, de paso, señalaron las únicas salidas viables. La pregunta crítica para el país ya no es si podemos escapar de la coyuntura actual, sino si poseemos el coraje intelectual de admitir que la ciencia política lleva más de un siglo escribiendo las respuestas.

El diagnóstico olvidado de Ostrogorski (1902)

Moisei Ostrogorski publicó La démocratie et les partis politiques en 1902 (Ostrogorski, 1902). Exiliado ruso y observador agudo, dedicó años a estudiar cómo operaban las nacientes maquinarias partidarias en las democracias occidentales. Lo que descubrió lo perturbó profundamente y plasmó una paradoja que ningún dirigente político quiere admitir: los partidos, concebidos originalmente como vehículos para expandir la democracia, se convierten inevitablemente en estructuras diseñadas para secuestrarla.

Prometen la participación de las masas, pero terminan exigiendo su subordinación. ¿Cómo ocurre esto? A través de la burocratización. Toda organización política requiere jerarquías para funcionar; la jerarquía concentra el poder, y el poder, por naturaleza, se blinda a sí mismo. De súbito, el ciudadano común que se afilió al partido con el ideal genuino de influir en el rumbo nacional descubre que su único rol funcional es obedecer directrices de cúpula. Como señala Ostrogorski, la centralización del poder dentro de las estructuras partidarias representa una contradicción fundamental con la promesa democrática.

Contemplar el panorama costarricense en 2026 es ver a Ostrogorski hecho carne. El Partido Liberación Nacional nació en 1951 con la vocación de ser el gran instrumento de transformación social al servicio de las mayorías trabajadoras. En sus mejores épocas, cumplió parcialmente ese propósito. Pero setenta y cinco años después, el PLN refleja con fidelidad la predicción de Ostrogorski (1902): una maquinaria cuyo propósito central es reproducirse a sí misma. Sus aparatos internos pesan más que la innovación ideológica; su disciplina de bloque aplasta sistemáticamente al pensamiento crítico. La ciudadanía lo percibe con claridad, y por eso recurre al voto de castigo sistemático.

Lo mismo puede decirse de otras fuerzas tradicionales y de los efímeros vehículos electorales que han surgido al calor del descontento. Todos operan bajo la lógica de Ostrogorski: prometen democracia horizontal y entregan oligarquía vertical.

La gran aportación de Ostrogorski, sin embargo, no fue el pesimismo absoluto, sino la formulación de la pregunta seminal: ¿puede existir un partido verdaderamente democrático que no derive en dinámicas oligárquicas? ¿Es posible un diseño institucional que disperse el poder en lugar de concentrarlo? En la Costa Rica de 2026, esa pregunta sigue esperando una respuesta real.

Partidos como exclusión: Sartori y Lijphart (1976-1977)

Si Ostrogorski examinó las patologías al interior de las organizaciones partidarias, Giovanni Sartori amplió la mirada unas décadas más tarde hacia la macro dinámica del sistema político (Sartori, 1976). La gran interrogante de Sartori no era qué ocurre dentro de un partido, sino qué sucede cuando un sistema multipartidista se compone de fuerzas incapaces de cooperar entre sí.

A través del estudio comparado de las democracias occidentales de los años setenta, Sartori advirtió que no todos los multipartidismos son iguales. Existen aquellos caracterizados por una fragmentación moderada, donde las fuerzas políticas pueden negociar porque comparten un centro de gravedad ideológico razonable. Pero también existen aquellos marcados por una fragmentación polarizada, donde los actores no solo disienten en materia de políticas públicas, sino que desconfían de las reglas básicas del juego democrático (Sartori, 1976). En este último escenario, la política se convierte en un juego de suma cero: los partidos prefieren el bloqueo institucional antes que la concertación, y el sistema se vuelve ingobernable.

Costa Rica experimenta hoy una clara fragmentación polarizada. Con ocho fuerzas políticas con viabilidad electoral, una distancia ideológica notable y visiones radicalmente opuestas sobre qué significa ser una república democrática, el parlamento y el Ejecutivo se paralizan.

Frente a este callejón sin salida, Arend Lijphart aportó una salida conceptual clave: la llamada «democracia consociativa» (Lijphart, 1977). Se trata de esquemas de gobernabilidad basados en acuerdos amplios entre élites, pesos y contrapesos institucionales, proporcionalidad en la toma de decisiones y capacidad de veto mutuo para proteger identidades y minorías.

Costa Rica ensayó una versión de este modelo de manera informal entre 1948 y el año 2000, mediante el eje bipartidista PLN-PUSC. Aquel arreglo garantizó décadas de estabilidad, pero cometió un error fatal: pactó exclusivamente entre élites políticas y dejó fuera a la ciudadanía. Las grandes decisiones nacionales se cocinaban a puerta cerrada, mientras el ciudadano común era relegado a un rol pasivo, invitado únicamente a votar cada cuatro años por opciones preconfiguradas (Lijphart, 1977).

Ese sistema funcionó mientras el Estado social amortiguaba las desigualdades, garantizaba empleo estable, educación de calidad y movilidad social ascendente. Cuando esos pilares comenzaron a resquebrajarse, el pacto estalló por los aires. La ciudadanía se hizo la pregunta inevitable: ¿para qué sostener un sistema democrático que me excluye de las decisiones sustantivas, no protege mis derechos y desatiende mis angustias cotidianas? La respuesta fue demoler el bipartidismo histórico mediante una oleada punitiva en las urnas. El problema es que, al romper el viejo acuerdo sin construir una nueva arquitectura de gobernabilidad inclusiva, el país quedó atrapado en la fragmentación polarizada sin un ancla consociativa que la ordene.

Los malestares subterráneos: Cristina Monge (2026)

Los diagnósticos estructurales de Sartori y Lijphart explican la arquitectura institucional del colapso, pero no siempre alcanzan a capturar el sustrato emocional donde la ciudadanía experimenta el derrumbe. Esa dimensión vivencial es la que aborda con agudeza Cristina Monge en Contra el descontento (Monge, 2026).

Monge identifica cuatro grandes vectores de malestar acumulado que la clase política tradicional ha optado por ignorar:

Primero, la precarización del trabajo en la era digital. El pacto social de mediados del siglo XX se cimentó sobre la seguridad del empleo formal y protegido. Hoy, una proporción masiva de jóvenes sobrevive en economías de plataforma, bajo la informalidad, sin contratos estables, sin seguridad social ni expectativas de pensión (Monge, 2026). El Estado prometió protección y bienestar; el modelo actual entrega intemperie.

Segundo, la soledad algorítmica. Los tradicionales espacios físicos de socialización y deliberación colectiva se han atrofiado. Las plataformas digitales han propiciado un modelo de «conexión sin comunidad»: individuos hiperconectados en cámaras de eco ideológicas, pero profundamente aislados, incapaces de deliberar democráticamente con el diferente.

Tercero, la crisis ecológica sin horizonte previsible. Una amenaza existencial que desborda por completo los estrechos márgenes de los ciclos electorales de cuatro años, generando en las nuevas generaciones lo que Monge denomina «futuros tenebrosos»: la oscura certeza de que, gobierne quien gobierne, las condiciones ambientales y materiales de vida irán degradándose.

Cuarto, la indiferencia de las élites. No se trata meramente de un problema de opresión fiscal o autoritarismo, sino de desconexión antropológica. La clase dirigente transita por una burbuja de privilegios, seguridad y dinámicas globales que la vuelve sorda e invisible ante los sufrimientos reales de la calle (Monge, 2026).

Cuando las estructuras políticas desatienden sistemáticamente estos malestares, se abre una autopista para la irrupción del populismo. Figuras de diverso signo ideológico emergen diagnosticando con acierto la frustración ciudadana («el sistema tradicional no sirve», «la clase política los abandonó»), pero prescribiendo soluciones falaces: la concentración del poder en un liderazgo mesiánico y vertical. Como advierte Monge, el populismo valida el dolor social, pero lo desactiva políticamente al subordinarlo a la lealtad ciega hacia un caudillo, anulando la capacidad de construcción colectiva (Monge, 2026).

La respuesta pendiente de la historia

Si unimos los puntos de este recorrido teórico, las conclusiones son ineludibles. Si Ostrogorski demostró hace más de un siglo que los partidos jerárquicos derivan inexorablemente en oligarquías (Ostrogorski, 1902), persistir en ese modelo organizativo es un ejercicio de necedad histórica. Si Sartori y Lijphart evidenciaron que la fragmentación polarizada exige formas genuinas de democracia participativa y acuerdos de inclusión social (Sartori, 1976; Lijphart, 1977), resulta imperativo rediseñar los puentes entre Estado y ciudadanía. Y si Monge pone al descubierto los malestares estructurales que alimentan la rabia antisistémica (Monge, 2026), la respuesta política no puede ser la retórica hueca, sino la estructuración de fuerzas con capacidad real de escucha y transformación.

La asignatura pendiente de Costa Rica no radica en inventar ocurrencias coyunturales, sino en tener la lucidez de aplicar diagnósticos decimonónicos y contemporáneos a nuestra realidad institucional. Se requiere un replanteamiento profundo que subvierta las viejas inercias: romper con la estructura de castas de los partidos tradicionales mediante modelos de gobernanza distribuida; articular políticas públicas que respondan a la precarización digital y a la crisis socio ecológica; y recuperar los espacios públicos de deliberación ciudadana frente a la fragmentación algorítmica.

El espejo que nos ofrecen Ostrogorski, Sartori, Lijphart y Monge no devuelve una imagen complaciente. Es un reflejo crudo de nuestras taras institucionales. Sin embargo, cuando una sociedad logra mirar de frente aquello que tiene roto en el espejo, el único paso que verdaderamente cuenta es la voluntad política de repararlo. Leer a estos autores hoy no es un mero ejercicio académico de nostalgia intelectual; es una brújula indispensable para rescatar a la democracia costarricense de su propio laberinto.

La Suiza, 18 de setiembre de 2026

Referencias Bibliográficas

  • Lijphart, A. (1977). Democracy in Plural Societies: A Comparative Exploration. Yale University Press.
  • Monge, C. (2026). Contra el descontento: Afectos políticos en tiempos de crisis. Siglo XXI Editores.
  • Ostrogorski, M. (1902). La démocratie et les partis politiques. Calmann-Lévy.
  • Sartori, G. (1976). Parties and Party Systems: A Framework for Analysis. Cambridge University Press.
  • Nota sobre las fuentes: Los análisis de Ostrogorski, Sartori y Lijphart se fundamentan en sus obras clásicas. La referencia a Monge remite al trabajo más reciente que integra análisis de malestares contemporáneos en democracias fragmentadas. Todos estos autores han sido centrales en la teorización de la crisis democrática y ofrecen herramientas conceptuales indispensables para comprender la situación actual de Costa Rica.
Francisco Javier Flores Zúñiga

Por Francisco Javier Flores Zúñiga

Estudió Relaciones Internacionales y Educación (Msc.) Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional. Ex Funcionario de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Académico, Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional