Francisco Flores: Diez años de sueños y esperanzas

Estos diez años en la docencia, que cumpliré el próximo 12 de marzo desde la nueva experiencia de la modalidad remota, han constituido la mejor etapa de mi vida profesional, y un significativo proceso de aprendizaje que ha derivado en mi crecimiento personal, intelectual y académico. Le debo mucho a la Universidad que me formo, y que ahora me da la oportunidad de formar a otros, porque hay en cada curso, una esperanza que nace y un propósito que se consolida, hay en cada estudiante un sueño maravilloso y un porvenir dichoso para nuestras relaciones internacionales.

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

Tarde mucho tiempo en graduarme en el ámbito de mis estudios en Relaciones Internacionales, y cuando lo hice tuve consciencia de que mi vocación estaría en la academia y no tanto en la diplomacia activa.  Tuve la oportunidad de formar parte de una nueva generación de estudiantes que a principios de los años ochenta se incorporaba a una Escuela cuyos orígenes estaban ligados a la recién fundada Universidad Nacional y cuyo principal atractivo era que coexistía con la Ciudad de Heredia.  Una entrevista rigurosa y una decisión académica definían tu ingreso a la carrera, donde confluían grandes maestros y estudiosos de una disciplina académica, que inauguraba su primera revista científica y organizaba de manera rutinaria seminarios sobre la realidad internacional donde destacados funcionarios de Gobierno y de nuestra renovada diplomacia, proyectaban lo que sería la ampliación de nuestras relaciones con el mundo.

Me enorgullece ser parte de aquellos primeros años de la Escuela de Relaciones Internacionales, en los que crecieron y se desarrollaron numerosos propósitos académicos, científicos y diplomáticos, nuestros maestros eran personas formadas en Europa, Estados Unidos y América Latina, su excelencia armonizaba con la experiencia de los ex cancilleres, expresidentes, filósofos, sociólogos, economistas brillantes que moldearon nuestra perspectiva del mundo y sembraron en nosotros un propósito de servicio y amor a Costa Rica indisolubles.

Comencé a trabajar antes de terminar mis estudios, siendo mi primera experiencia la de asistente e investigador en el Ministerio de Información y Comunicación, donde el Ministro don Armando Vargas Araya, un intelectual brillante, periodista y escritor se convirtió en mi mentor y amigo entrañable.  De este paso por la Presidencia de la Republica liderada por don Luis Alberto Monge Álvarez, tengo presente el proceso de formulación de la Política de Neutralidad, su proclamación, su defensa cívica en los medios de comunicación, el debate legislativo sobre la reforma constitucional y la ley de la neutralidad, pero también las dificultades que enfrento el gobierno a lo interno y en el entorno nacional para salvaguardar la paz de Costa Rica.

No fue una casualidad que, al desarrollar mi trabajo final de graduación, el tema de mi investigación reuniera todos los elementos históricos, políticos y jurídicos de la política de neutralidad de Costa Rica cuyos antecedentes don Luis Alberto Monge y don Armando Vargas intuitivamente sabían que se encontraban en los anales nuestra historia.  Gracias a su apoyo, encontré pruebas documentales que resguardaba nuestro archivo nacional, donde se demostraba que desde nuestra independencia se fraguo la neutralidad como una política de Estado, llegándose a convertir en un principio regular de la política exterior de Costa Rica que hoy está a punto de cumplir doscientos años.

Recién graduado fui invitado por el Instituto Costarricense de la Neutralidad a dar mi primera conferencia sobre la neutralidad en la Cancillería de la República, donde algunos estudiosos aún se resistían al principio de la neutralidad en nuestra política exterior, pero que, abrumados por las pruebas y la exposición de esa tarde, abandonaron la contienda intelectual que privilegio durante mucho tiempo el principio de no intervención sobre el de neutralidad activa. Lo cierto es que hoy día nadie suele discutir la neutralidad de Costa Rica, más allá del prejuicio y el desconocimiento histórico, dado que la misma se ha restaurado en el marco normativo del Estado costarricense como consecuencia de su práctica y su condición inderogable.

El paso por el Gobierno de la República me permitió terminar mis estudios e ingresar a la Asamblea Legislativa hace más de tres décadas, donde he tenido la oportunidad de servir con humildad y con entrega en todas las posiciones que mi carrera profesional me ha permitido.  La Asamblea Legislativa ha sido testigo de mi crecimiento como profesional, pero también como académico, dado que he podido combinar mis labores en el parlamento con mis labores docentes gracias a las oportunidades que la vida generosamente me ha brindado.

En el año 2010, gracias a la invitación del Doctor Alexander López, Director de la Escuela de Relaciones Internacionales, inicié mi labor docente en la Universidad Nacional, donde desde el primer día tuve el acompañamiento de su administración y la colaboración distinguida de los Directores, Max Sáurez, y Carlos Humberto Cascante, y hoy el no menos valioso apoyo de doña Rosemary Hernández su actual Directora. Todos ellos han sido parte del liderazgo académico que ha hecho de la Escuela de Relaciones Internacionales el centro de la investigación científica y el desarrollo profesional de nuestra diplomacia en la política y el comercio exterior.

Estos diez años en la docencia, que cumpliré el próximo 12 de marzo desde la nueva experiencia de la modalidad remota, han constituido la mejor etapa de mi vida profesional, y un significativo proceso de aprendizaje que ha derivado en mi crecimiento personal, intelectual y académico. Le debo mucho a la Universidad que me formo, y que ahora me da la oportunidad de formar a otros, porque hay en cada curso, una esperanza que nace y un propósito que se consolida, hay en cada estudiante un sueño maravilloso y un porvenir dichoso para nuestras relaciones internacionales.

En el aula he aprendido a escuchar, a sentir, a corregir, a mejorar, a trabajar sin descanso, sin límites, en un universo de posibilidades que solo el conocimiento puede ofrecer. La Escuela de Relaciones Internacionales de 1980 y la del 2021 son dos mundos completamente diferentes, con valores, y con definiciones opuestas. La primera era más libre, más emotiva, más creativa y más modesta, la segunda es rígida, compleja, innovadora e intimidante.  En una fui estudiante y en la otra soy docente, en una era consciente en la otra soy responsable, en una era idealista y en esta soy pragmático. Hay que ver cómo los años modifican el paisaje, pero sobretodo replantean tus aspiraciones.

Al regresar al aula hace diez años, me pareció que no solo había un reto en cada día que enseñaba, sino en cada día que aprendía. Comprendí que mi proceso estaba en marcha, pero que la formación y la vocación muchas veces no se encuentran alineadas. Decidí que debía dar tiempo a que mis conocimientos en mi campo profesional, en especial mis experiencias laborales, se vincularán con mi actividad docente. Fui paulatinamente comprendiendo que mi experiencia era muy útil, es decir yo venía por decirlo así de la calle, con tres décadas de actividad en el sector público y me asomaba a la universidad que había dejado hacía muchos años, y que no podía comprender en toda su dimensión.

He aprendido que el profesor que escucha, tiene ventajas enormes, está más al tanto de las necesidades de sus estudiantes, puede comprender más, y abarcar más objetivos, es sensible a todo y está consciente de todo. Experimenta más procesos de resiliencia, está revisando sus estrategias, las evalúa en forma continua, no excluye, no discrimina, no desvaloriza ninguna experiencia.  Es sensacional la experiencia de dejar hablar a los estudiantes y permitirles expresarse de manera coloquial, utilizar sus propios conocimientos, aportar nuevas ideas, discutirlas, encontrar juntos las explicaciones. Es una experiencia casi lúdica, el que ellos logren aprender el valor de la comunicación intercultural. Lo visual, lo gestual, los silencios, los espacios inéditos y singulares que el aula produce, cuando se está en un proceso de co-creación, generan un entusiasmo y una voluntad de pensar y hacer maravillosa.

He entendido que el profesor que aprende, es una especie nueva en el orden social educativo, es difícil su proceso de adaptación, porque supone la mezcla de un profesor tradicional, con uno moderno, es los dos al mismo tiempo y no necesariamente uno solo característico del tipo innovador.  No sin razón se ha dicho que tenemos una institución educativa del siglo XIX, unos profesores del siglo XX y unos estudiantes del Siglo XXI.  Esto es algo que se proyecta desde adentro hacia afuera, que libera lo viejo y lo deja ir y recibe lo nuevo y lo aquilata. Pero no deja lo viejo del todo, porque aprende a desarrollar valores compartidos, porque hace crecer entre ambos una armoniosa y constructiva relación.

Hoy, la educación virtual es un reto fascinante, porque implica humanizar el instrumento tecnológico que sustituirá el aula física en los próximos años. Porque el imperativo docente es construir en este espacio una nueva vivencia, una experiencia profunda y transformadora. Hoy la modalidad remota nos expone con todas nuestras limitaciones, pero también nos prepara para el desarrollo del aula virtual, que estoy seguro llegara muy pronto, mientras tanto tenemos que desaprender el uso tradicional de las computadoras y sus plataformas de mediación pedagógica tan plana y rígida, aburrida si se quiere.  Las aulas virtuales llegarán a parecerse a las aulas físicas, pero por ahora el reto es dominar el paso del aula presencial a la modalidad remota que puede darte los elementos para el domino del aula virtual en el futuro.

La razón nos indica que las transformaciones concurrentes en el mundo laboral, productivo, educativo que está generando la tecnología, exige una adaptación de nuestra forma de relacionarnos. Mucho antes de lo que pensamos nos sobrevino una realidad en la que nuestra mediación debe asumir los retos de una sociedad integrada por múltiples redes de comunicación.  Liberar espacio para la convivencia humana es el reto de la tecnología. De manera que trabajar y estudiar tendrán en nuestras vidas espacios potencialmente aprovechables y más eficientes. El teletrabajo, el aprendizaje en línea, y la mayoría de nuestras operaciones domesticas serán más simples y más eficientes si aprendemos a adaptarnos. Eso no hará que nos alejemos de nosotros mismos o de los demás, por el contrario, es la oportunidad que estábamos buscando para dedicar más tiempo para vivir uno más cerca del otro.

De mi propia experiencia, he podido entender que hay una necesidad de vincular los conocimientos de la Escuela con la comunidad, y que hay una enorme potencialidad en los jóvenes para que ellos sean promotores de esta relación con su entorno. Lo que he aprendido es que los estudiantes llevan los conocimientos aprendidos a un nivel diferente, dado que ellos intercambian con otros y refuerzan lo aprendido.

Este nuevo proceso de aprendizaje, implica liderazgo, autoconocimiento, estrategia de mediación, evaluación de las experiencias, y sobre todo uso potencial de los medios convergentes que hoy están a disposición de nuestros estudiantes. La práctica educativa tiene aquí un recurso adicional para enseñar, pero también para que los aprendientes puedan asumir un compromiso consigo mismos y con los demás, hay de una manera implícita una vinculación con la sociedad e intercambio en el que ambas partes se enriquecen.

Doy gracias a la Universidad porque me dio la oportunidad de estudiar la más hermosa disciplina científica que conozco, la que construye puentes de entendimiento humanos y la paz entre las naciones. Doy gracias a la Escuela de Relaciones Internacionales porque me abrió las puertas para aprender y para enseñar a mis estudiantes una profunda verdad cristiana: “Los que procuran la paz sembrarán semillas de paz y recogerán una cosecha de justicia.   Santiago. 3:18


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