Francisco Flores: Dos crisis, un solo liderazgo

El liderazgo que vendrá en los próximos años, será educado, preparado, respetuoso, humilde, se apoyará en los valores del pueblo costarricense, afirmará su herencia espiritual, y cumplirá la promesa de un porvenir venturoso para Costa Rica.

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

Costa Rica enfrenta tres crisis simultaneas, una sanitaria, una económica y otra de liderazgo.  La crisis sanitaria, aunque su influencia es externa, se ha extendido por las mismas razones en todo el mundo:  el comportamiento cultural de los seres humanos, es decir no todo se puede combatir con mascarilla, distancia y limpieza de manos. Controlar a la pandemia pasa por un cambio colectivo en las distintas formas de interacción social.  La crisis económica, por su parte, tiene dos influencias, su evolución histórica, ya son 40 años de desigualdad que ha producido, y la coyuntura sanitaria que no ha hecho otra cosa que acelerar sus efectos perversos. Ambas crisis, ponen de manifiesto la crisis de liderazgo, que es más sencilla de explicar, ya que tenemos tres tipos de liderazgo en Costa Rica, el de los abuelos que ya gobernaron, el de los hijos que saben gobernar, y el de los nietos que no tienen idea de lo que es gobernar.   Estos últimos están a cargo por libre y soberana voluntad del pueblo, puede que no tengan una idea exacta de lo que dicha responsabilidad exigía, pero también fueron muchos los que creyeron que una maestría y dos idiomas extranjeros los calificaba para gobernar. El único idioma que realmente necesitaban y no dominan es el costarricense, eso quizá explique la crisis de confianza que hoy nos les permite acercarse a un pueblo que los considera ajenos.

Sobre la pandemia pienso que este país, tiene la experiencia y la capacidad para aprender a vivir con ella mientras la vacuna llega a todos por igual, siendo la crisis sanitaria de carácter mundial, como todas las demás crisis del pasado, nos afectará localmente mientras no hagamos los cambios culturales y sociales necesarios.  Para vencer el virus, el país creo que hará lo acostumbrado con otras enfermedades que ha erradicado, controlará el COVID-19 y sus mutaciones con paciencia, ciencia y conciencia.

Sobre la crisis económica, tenemos tres soluciones, gracias a que nos sobran economistas en este país, tenemos las propuestas de la derecha neoliberal, las cuales han fracasado en materia de justa distribución de la riqueza, y acceso al bienestar social, porque no logran contener políticas que promueven el egoísmo social, disimulan los salarios que no son dignos, optan por la competencia imperfecta y la concentración de la riqueza en unos cuantos.  Frente a esta experiencia, están las propuestas del centro, en esencia socialcristianas y ahora social democráticas que son las únicas que han hecho posible siempre la estabilidad macroeconómica, el desarrollo social y económico equilibrados, pero que hoy tienen el desafío de controlar los efectos perversos de un Estado centralizado, muy caro, ineficiente, pero también permeado por los intereses de los elites económicas y políticas que medran de su ineficacia.   Como complemento de ambas, tenemos las propuestas de la izquierda que pese a ser sensibles, empáticas y solidarias, son utópicas en virtud de la naturaleza estructural de la crisis económica que vive el país.  En mi opinión el país terminará combinando elementos de todas ellas, pero esta vez no podrá imponerse una sobre las otras como ocurrió a mediados de los años ochenta.

Sobre la crisis de Liderazgo, influenciada por las dos que he señalado, tenemos tres elecciones que adoptar: volver a darle el gobierno de la República a nuestros venerables y sabios “abuelos”, cosa en la que no creo sinceramente que ellos tengan ganas, ni el interés indispensable para asumirlo de nueva cuenta. O le devolvemos al liderazgo a los “hijos” que tienen el mérito de haber gobernado unas veces mal y otras veces bien, pero nunca tan mal como lo han hecho los dos últimos gobiernos.  En esta hipótesis el gobierno debe ser liderado por gente inteligente, preparada y con ganas de gobernar.  Al país le es urgente recuperar una visión de largo plazo, pero además dejar en manos de la experiencia la responsabilidad de liderar una sociedad moderna, urgida de un nuevo pacto político nacional, que le devuelva los equilibrios necesarios al país, a partir de la resolución de tres grandes problemas:  eliminar la desigualdad, ampliar el sentido de la democracia y recuperar el valor de la solidaridad. Para ello hará falta un programa de trabajo nacional donde la inclusión social, el dialogo político y el respeto a los valores del pueblo estén por encima de las mezquindades tradicionales de los grupos económicos, los intelectuales y los partidos políticos.

La otra opción, es continuar en manos del liderazgo de los “nietos”, que transitoriamente ocupa hoy posiciones en los poderes del Estado, pero que ha demostrado de modo palpable que carece de la visión, la sensibilidad y el sentido histórico que exige el pueblo a quienes pretendan dirigir este país.  Es un liderazgo que no solo es incompetente, sino que expresa una ignorancia y una arrogancia, que es contraria a la idiosincrasia de los costarricenses.  Don Pepe decía que la juventud es una enfermedad que se cura con la edad. Espero que esta sentencia se cumpla en toda la extensión de la palabra en todos aquellos que componen este liderazgo.  Estos jóvenes de veinte a cuarenta años, a los que la humildad no suele distinguirlos, no solo han fracasado, por acción, sino también por omisión.  Sencillamente han sido superados por el tiempo histórico que les tocó vivir y que no tuvieron la virtud de manejar con humildad.

Por todo lo anterior, creo que el liderazgo que necesitamos para los próximos cuarenta años, requiere unos requisitos que los hechos actuales condicionan, pero que no impiden advertir que, en materia de antecedentes, lo hemos probado todo de manera constante, donde la excepción lo ha sido la cantidad de mujeres que han llegado a ocupar el solio presidencial.  Un breve repaso nos puede explicar los hechos históricos que demuestran que las mujeres no han liderado la jefatura de Estado, pese a su disposición y capacidad de lucha.  De hecho, las leyes solo han servido a la mujer para consolidar cuotas importantes, pero no han hecho posible que puedan liderar el país de manera inclusiva, sin duda tenemos pendiente un cambio social que consolide la igualdad de modo natural.

En el siglo XIX en virtud del peso de la estructura patriarcal, tenemos un Maestro de Escuela como Primer Jefe de Estado, un Primer Presidente de la República intelectual e ilustrado, un segundo Presidente, empresario exitoso, cuyo liderazgo como estadista, lo hizo héroe y mártir, todo eso en los primeros cuarenta años de vida independiente.  En los siguientes cuarenta años, tenemos Presidentes electos por la oligarquía y los militares, una dictadura liberal y una lucha entre conservadores y liberales autócratas que concluye a principios del siglo XX. También en un espacio de otros cuarenta años surge una cofradía liberal ilustrada, que gobierna en un contexto de profundización de la pobreza y la exclusión, que es superado por el liderazgo de la justicia social que termina enfrentando a la misma oligarquía que lo patrocina.  De las ideas sociales del primer tercio del siglo veinte, nacen los movimientos políticos que se enfrentarán por razones distintas, pero por objetivos comunes en una guerra civil, cuyas diferencias requerirán más de dos décadas dominar y otros veinte superar.

Sobre el acuerdo político y la alternabilidad en el poder entre los bandos enfrentados en 1948, se construye no sin sobresaltos un país, más inclusivo, más democrático, más justo, pero no exento de errores políticos y económicos que harán imposible cuarenta años después manejar una crisis económica con efectos sociales de dimensiones insospechadas.  El acuerdo político que nace en los años ochenta se consolida en la búsqueda de los equilibrios entre los sectores productivos y sociales, brindando oportunidades para el desarrollo de la iniciativa privada, pero también para una economía social que promueve el cooperativismo. La primera triunfa sobre la segunda como resultado de las ventajas económicas y financieras que obtiene durante cuarenta años que finalmente producen la sociedad más desigual de todos los tiempos.  Nace en ese contexto la alternativa del multipartidismo y con ella se crean grandes expectativas, que naufragan en poco menos de una década como resultado de un liderazgo sin experiencia, capacidad y conocimiento de los asuntos del Estado, pero sobre todo desconectado del ser y haber costarricense que es burlado con soberbia y vanidad.  El nuevo liderazgo llega al poder por efecto dinámico de las contradicciones y los errores del liderazgo de los partidos tradicionales, que terminan colaborando y poniendo su experiencia, al servicio de los intereses que concentran la riqueza y el poder económico del país.

Frente a este panorama, el país, necesita un gobierno de líderes y lideresas con experiencia, personas que no vengan a aprender, sino a administrar con sobriedad y conocimiento los asuntos públicos.  Si bien el sistema electoral mantiene a los partidos políticos como medios indispensables para alcanzar el poder, el liderazgo que de ellos emane en el 2022  será decisivo para no repetir los errores del pasado, y para determinar un nuevo rumbo para el país, el cual tiene que estar basado en la planificación, el uso eficiente de los escasos recursos públicos, la reforma integral del Estado social, el impulso a la producción y el empleo, pero sobre todo la consolidación de un pacto social donde la erradicación de la pobreza deje de ser una aspiración y se convierta en el principio sobre el cual se construya una sociedad sin exclusiones.  Sin capitalismo salvaje y sin socialismo utópico, la vía costarricense del desarrollo debe ser retomada, el servicio público debe recuperar su respeto por la ciudadanía y dejar de ser una oportunidad para enriquecerse o envanecerse, consolidar una ética pública que dimensione la independencia de los administradores y la transparencia de sus actos, donde la solidaridad y la justicia sean el fin último de toda política de Estado. El futuro es el Estado abierto.

La Costa Rica que ha de venir, tendrá mujeres y hombres cuyo liderazgo sin importar su origen social, volverán a ser árbitros de la vida nacional, no representantes de una clase o de una elite influyente que condiciona la naturaleza de los actos en la administración pública, vaciándolos de contenido social y humano. Los liderazgos del siglo veintiuno hablarán el idioma costarricense, sin dejar de ser fecundos en su capacidad de comprender e interpretar las tendencias de una sociedad mundial, que aprovecha las ventajas de la revolución tecnológica y se compromete con la sostenibilidad ambiental.  El liderazgo que vendrá en los próximos años, será educado, preparado, respetuoso, humilde, se apoyará en los valores del pueblo costarricense, afirmará su herencia espiritual, y cumplirá la promesa de un porvenir venturoso para Costa Rica.

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