Francisco Flores: El buen sentido del costarricense

Lo que Costa Rica enfrenta hoy, ni por su evolución presente, ni futura, le debe impedir construir a toda prisa los diques de contención indispensables para detener el desbordamiento de la principal amenaza: el miedo

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales y Educación (Msc.) Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional

De la hazaña de Don Juan Rafael Mora Porras, el héroe libertador que expulso del territorio nacional y de Nicaragua a los filibusteros invasores durante la Campaña Nacional de  1856-1857,  -conquista que consolidó la independencia y el desarrollo regional a mediados del siglo diecinueve-  a la adopción de las ideas de la democracia liberal en 1889,  que no sin dificultades le permitieron al país,  primero superar la influencia militar y luego el autoritarismo locales, para asegurar la construcción de la República liberal de don Cleto González Víquez y  don Ricardo Jiménez Oreamuno, existe una ruta inequívoca que distingue nuestra fe en la libertad y la democracia.

Del proyecto liberal a su complemento, el proyecto social reformista inspirado por el  Padre Jorge Volio Jiménez que a su vez derivo en la más honda transformación económica y social  promovida por el Dr. Calderón Guardia y  la doctrina social de la Iglesia Católica, liderada por Monseñor Sanabria Martínez  cuya unidad de propósito contribuye a levantar  los cimientos sobre  los cuales  se edificó la Segunda República de la mano de un pacto político y  social entre don Manuel Mora Valverde y  don José Figueres Ferrer; nos hallamos en presencia de una refundación democrática, que tuvo como paradigmas la abolición del Ejército y la expansión del sistema educativo nacional,  prueba irrefutable de que la forja de nuestro destino nacional ha estado signado por nuestra confianza en los valores de la nacionalidad costarricense.

No menos destacado es el periodo de la Costa Rica que va de 1949 al 2019, por el cual, nuestro país experimenta un periodo de profundos cambios y transformaciones que la convirtieron en una República moderna que recoge un conjunto de valores, creencias, normas que orientan hoy su organización y su vida democrática.  Sobre ella se experimenta una visión, misión, estrategia y objetivos que permitieron la cohesión de una cultura democrática capaz de alcanzar en solidaridad metas superiores en educación, en salud, desarrollo productivo y tecnológico.

El proyecto nacional que nos reúne, ha venido superando la exclusión, proponiendo la unidad por encima de nuestra diversidad cultural e ideológica. Casi podría decirse que lo costarricense es nuestra idea central, porque es capaz de desarrollar nuestras facultades espirituales racionales.  Don Ricardo Jiménez Oreamuno, lo expresaba mejor cuando nos hablaba de “el buen sentido del costarricense”, de hecho, don Rodrigo Facio Brenes, decía sentir una “gran pasión costarricense”.

De don Eugenio Rodríguez Vega, a don Carlos Monge Alfaro, y con el sentido escrutador de don Constantino Láscaris Comneno, todos  los educadores y filósofos universitarios hacen menciones directas a ese ser y sentido costarricense que la misma sociología no ha estudiado suficientemente,  pero que al parecer de Jiménez Oreamuno definía como: “… cosa sencilla cuyos frutos parecen también sencillos y lógicos: orden público, respeto a las instituciones, miedo a los desbordes, cariño al hogar, a la yunta de bueyes, al “cerquillo” amor a la vida tranquila y deseo de que haya un buen gobierno, es decir, un poder director de los asuntos públicos que no pese muchos sobre los hombres, que sea paternal y justo.”[1]

Esta visión ciertamente ha evolucionado en formas y expresiones más inclusivas en el ámbito de los derechos y las ideas fundamentales del pueblo costarricense,  pero aquello que lo mantiene incólume frente a los eventos que nos han definido como país,  ha sido siempre el buen sentido del ser costarricense,  que en particular se agiganta en las crisis  recurrentes del petróleo de los años setenta y la inestabilidad económica derivada de los ochenta y las crisis financieras de principios del siglo veintiuno, en cuyos contextos, los costarricenses han optado indefectiblemente por la unidad y por mirar juntos hacia el porvenir.

Lo que Costa Rica enfrenta hoy, ni por su evolución presente, ni futura, le debe impedir construir a toda prisa los diques de contención indispensables para detener el desbordamiento de la principal amenaza: el miedo. Para lograrlo debemos asumir la esencia de nuestra nacionalidad, y apoyarnos en nuestra herencia espiritual, porque si para combatir la pandemia se utilizan métodos similares a los que permitieron vencer otras en el siglo diecinueve, hoy no debemos escatimar en el buen sentido de los costarricenses, que en palabras de Don Ricardo Jiménez Oreamuno afirmaba que: “Los ticos, son, por suerte, como las mulas de noche en los malos caminos, que parece huelen los precipicios. Los va salvando el instinto. Desconfiados, nunca se precipitan; calculadores, miden despacio las posibilidades; disimulados y cazurros, conocen bien el camino de su casa y como los más sencillos campesinos es preciso conocerlos mucho para no equivocarse con ellos.”[2]

Como costarricense, me inspira esta confianza que hemos tenido en el pasado para superar grandes desafíos, hoy no resulta menos importante recordar el alcance y el significado del buen sentido costarricense, para llamar a todos aquellos que gradual y paulatinamente están asumiendo la seriedad de los eventos que acontecen en materia de salud, lo cual es indispensable para encarar los retos sociales y económicos igualmente difíciles que vendrán después.

  • [1] Jiménez Oreamuno, Ricardo. Las últimas declaraciones de Don Ricardo Jiménez, (concedidas al Periodista don Joaquín Varga Coto) Biblioteca Patria. Editorial Costa Rica. 1980. Nº17 p.409
  • [2] Op.cit. p.411

 

 

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