La resistencia democrática no pasa por la restauración del pasado, sino por la valentía de reconocer el fracaso del establishment tradicional y asumir, con urgencia histórica, la construcción de un nuevo contrato social capaz de devolver la dignidad económica a todos los costarricenses.
Francisco Javier Flores Zúñiga. Candidato a Doctor en Ciencias Sociales
El declive de las fuerzas democráticas moderadas a nivel internacional no es una casualidad meteorológica ni un fenómeno estacional; es el resultado directo de un divorcio ético, operativo e ideológico con la realidad material de los ciudadanos. En Europa, el repliegue histórico de la centroizquierda tradicional ha sido el altísimo costo de su parálisis doctrinaria frente a las dinámicas de una globalización precarizante que desmanteló los viejos estados de bienestar. Al dejar de ofrecer certezas a las clases trabajadoras, abrieron las compuertas para que el resentimiento legítimo fuera canalizado por opciones radicales y discursos de odio. Costa Rica, atrapada en su propia inercia y en el orgullo de creerse excepción, hoy se mira con asombro en ese mismo espejo roto.
El colapso de nuestro histórico sistema bipartidista y la posterior erosión democrática no obedecieron a una súbita obsolescencia de las leyes, sino al progresivo secuestro de las agendas partidarias por parte de una tecnocracia insensible. A partir de 1986, bajo la premisa del pragmatismo y los Programas de Ajuste Estructural, se priorizaron de forma obsesiva las variables macroeconómicas y fiscales por encima de la cohesión social. El vehículo histórico de la socialdemocracia costarricense, heredero de la mística transformadora de mentes como Rodrigo Facio, Carlos Monge e Isaac Felipe Azofeifa, claudicó en su rol de vanguardia intelectual. Trocó su rico motor ideológico —aquel que alguna vez diseñó el ICE, la banca democratizada y la abolición del ejército— por una fría, calculadora y distante franquicia electoral corporativa que solo cobraba vida cada cuatro años para el reparto de puestos.
Al abandonar la presencia orgánica en los territorios, al mirar con desdén las periferias rurales, fronterizas y las zonas costeras, las élites tradicionales afincadas en el Gran Área Metropolitana (GAM) rompieron los hilos invisibles de la representación popular. Fue esa desconexión, sumada a los graves cuestionamientos éticos y casos de corrupción que fracturaron la confianza ciudadana en 2004, lo que pavimentó el camino para el descontento radical que hoy padecemos. El ciudadano de la periferia no dejó de votar por identidad partidaria por un simple capricho; lo hizo por puro desamparo material.
En este complejo entramado emerge una paradoja histórica de proporciones colosales: el propio sistema educativo público, robusto y descentralizado que la socialdemocracia costarricense financió e impulsó como el gran motor de la movilidad social universal, terminó cumpliendo su cometido histórico de la forma menos pensada por sus cúpulas. Dotó a la ciudadanía de las herramientas críticas, de la información y de la diversidad analítica necesarias para juzgar con severidad el pragmatismo acomodaticio, la doble moral y las contradicciones de sus propias élites tradicionales.
Por lo tanto, el auge del populismo disruptivo y mesiánico que hoy experimenta nuestro país no debe leerse como una anomalía fortuita ni como un accidente de la historia; es el hijo legítimo del abandono tecnocrático de los últimos cuarenta años.
Pretender desactivar la actual deriva autoritaria defendiendo con nostalgia las viejas siglas caídas en desgracia o apelando a un orden institucional que ya no responde a las mayorías es una receta condenada al fracaso. La resistencia democrática no pasa por la restauración del pasado, sino por la valentía de reconocer el fracaso del establishment tradicional y asumir, con urgencia histórica, la construcción de un nuevo contrato social capaz de devolver la dignidad económica a todos los costarricenses. A esa tarea la llamamos la Democracia de las Soluciones: la apuesta por una Segunda República Digital y Solidaria que en las próximas entregas de esta serie iremos desarrollando punto por punto.
La Suiza, 3 de julio de 2026


