Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

De conformidad con los estudios internacionales dice Vicente Torrijos (2007), la figura del Estado funciona y prospera en medio de toda suerte de actores (no estatales) porque supone la provisión de tres beneficios de particular valoración; es decir, se basa en tres elementos especialmente perseguidos por la comunidad de naciones (a) satisfacción, (b) protección, y (c) reconocimiento.  La tesis de Torrijos un investigador colombiano experto en temas de seguridad, es que estos elementos resultan beneficiosos porque: (a) permiten que la gente interactúe racional y emocionalmente y, lo que, es más, acumule riqueza y capacidades, (b) permiten que la gente se asocie para refrenar y castigar a un agresor, o para incentivar a un asociado, (c) permiten que la identidad grupal perdure, se consolide, se exprese y se propague, gracias a lo cual llega incluso a influir sobre otros, distanciándolos o contagiándolos.

Lo que interesa de esta teoría, es la conexión del Estado con la democracia y los gobiernos que en el marco de los procesos electorales resultan legalmente electos, pero cuya legitimidad está condicionada a la obediencia por parte de sus electores.  En términos precisos el Estado como abstracción tiene en el gobierno la expresión concreta de su función y utilidad. Para unos el Estado debe ser grande y para otros pequeño.  Para unos un mero regulador y para otros un interventor.  Para la mayoría sin embargo es el responsable de todas las aspiraciones sociales y económicas, pero su eficiencia y su eficacia se somete a una demanda insoportable que lo vuelve impotente e incompetente.

Al respecto dice Torrijos (2007) “ De acuerdo con esta visión, se estima que la democracia, en sentido liberal, burgués, facilita la interacción constructiva (sincronización) de los tres elementos y hace viable Estados que son (a) sólidos, cuando institucionalmente resisten los desafíos de fuerzas políticas que los emplazan; (b) fuertes, cuando están en capacidad político-militar de absorber y repeler amenazas o peligros, y (c) confiables, cuando son lo suficientemente hábiles para asegurar la confianza de los ciudadanos en su desenvolvimiento.”

Extraigo el elemento que cita Torrijos sobre la viabilidad del Estado en democracia cuando institucionalmente resiste el desafío de las fuerzas políticas que lo emplazan.  Y es que precisamente la democracia en América Latina está pasando por una crisis de legitimidad como resultado de que los gobiernos de todo signo ideológico y tendencia están enfrentando crisis internas que no pueden resolver ni por la vía de las reformas más estructurales, ni por la vía de las soluciones políticas de emergencia.

Todo el amplio espectro democrático latinoamericano se encuentra dentro de una crisis que no solo amenaza su estabilidad, sino su seguridad.  Las respuestas de los liderazgos son referenciar los problemas heredados, que no les impiden crear problemas nuevos, porque en mayor grado la sociedad pone en manos del Estado su suerte y su destino, pero los gobiernos no cuentan con modelos de Estado capaces de responder de modo inmediato.  Donde unos posponen las reformas, otros las imponen, por la vía constitucional o la vía legal que termina agotándose en la imposibilidad de lograr acuerdos cuya calidad, extensión e impacto sean viables, ejecutables y medibles.

La democracia es un medio de elegir, el Estado es la forma de gobernar, y el gobierno es quien decide que puede hacer con ambos, y con los límites que tiene el Estado para hacer gobernable un país. La mirada se ha puesto en los liderazgos fuertes, que no pertenecen a la clase política tradicional, los pueblos piden que se vayan todos los que han estado a cargo durante los últimos setenta años, y entrega legal y legítimamente el poder a aquellos de quienes esperan una redención y una regeneración democrática.  Los problemas son enormes y los recursos limitados, pero el dilema central es si el nuevo liderazgo debe o no dialogar, pactar o acordar soluciones con las elites que capturaron el Estado durante medio siglo y que se resisten a cambiar su visión de la política y de la democracia, lo que hace de ellas formaciones políticas prescindibles e intrascendentes.

El ascenso de nuevos liderazgos en América Latina, no se centra en las ideologías que profesan, sino en la respuesta a las promesas democráticas incumplidas por parte de las elites desplazadas del poder formal. Hay sin duda fuerzas políticas que pese a su condición entrópica y ajena a la realidad se empeñan en un estilo de hacer política que ya no da resultados, ni tiene ninguna credibilidad.  Los pueblos llamaron a otros a gobernar, pero los que fueron sustituidos no se dan cuenta de que ya su influencia y su preponderancia carece de toda legitimidad. El rumbo de los nuevos gobiernos, es legitimar su forma de gobernar y recibir el respaldo popular para hacer los cambios que nunca se dieron.  Unos son liderazgos fuertes, y otros son más transaccionales, pero ninguno está dispuesto a compartir el poder con los antiguos gendarmes de la democracia.

El velo de la democracia, se ha roto de par en par, y el Estado se encuentra ante el desafió de responder a los programas y objetivos del gobierno y no el gobierno a las formas del Estado preexistente.  La naturaleza de este cambio es trascendente, porque cada vez se gobierna menos como ayer y más como será en el futuro.  En la medida en que el proceso de ensayo y error de la nueva clase dirigente comience a dar resultados, se acrecentará su poder y su legitimidad dejando en el olvido y atrás a todos aquellos que alguna vez tuvieron la oportunidad de hacer las cosas bien y no quisieron porque privilegiaron sus intereses y sus compromisos con aquellos que hoy ven amenazados todos sus privilegios, prebendas y beneficios  obtenidos a costa de la democracia y el Estado que crearon para unos cuantos y nunca para todos.

Francisco Javier Flores Zúñiga

Por Francisco Javier Flores Zúñiga

Estudió Relaciones Internacionales y Educación (Msc.) Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional. Ex Funcionario de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Académico, Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional