Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

Es muy conocido el cuento de El flautista de Hamelín, se trata de un relato popular que tiene su origen en la Alemania del siglo XVI. Sin embargo, no está claro si se relaciona con ciertos hechos reales que tienen diferentes explicaciones (la plaga de ratas del siglo XVI, la salida de niños del pueblo de Hamelin destinados a formar filas en campañas militares, etc.). En cualquier caso, la influencia de esta historia es indiscutible ya que las referencias a este cuento impregnan los textos de algunos escritores posteriores, como, por ejemplo, Johann Wolfgang von Goethe, los Hermanos Grimm o Robert Browning.

Como si la historia de dicho cuento se repitiera por alegoría, América Latina tiene una plaga de corrupción, violencia y desigualdad que superan en mucho las calamidades de otros continentes, donde la democracia no ha podido resolver problemas sencillos y complejos, porque sus liderazgos los posponen o se niegan a pagar el precio que implica su erradicación.  En un contexto de cambio político irrefrenable, nuevos liderazgos han venido posicionándose desde hace más de dos décadas tanto desde la izquierda como desde la derecha ideológicas, recibiendo amplias votaciones y el poder suficiente para poder cumplir con las expectativas populares y masivas de los pueblos que caen bajo su encanto, sin embargo, parece haber un problema con esta solución política.

En donde la sociedad no se ha polarizado, dividido y enfrentado en extremos que han conducido a la intolerancia, el odio y la violencia, se han deteriorado por completo los pactos sociales históricos que edificaron esas sociedades.  Porque se ha buscado afanosamente un gobierno capaz de eliminar la peste de la corrupción y la violencia, pero los pueblos han terminado pagando un precio que posiblemente no sea conveniente. Son hoy, muchos los pueblos que, con tal de salir de esas pestes, no han reparado en las consecuencias de darle el poder a aquellos que como el flautista de Hamelin ofrecen liberarlos, pero a cambio de la concentración del poder en un nuevo grupo, mandatos más largos y menos democráticos.  Es fácil ilustrar este cuento con muchos ejemplos en los que la democracia se desplaza hacia el despotismo.

Cabe suponer, que los pueblos están tan decepcionados de los políticos tradicionales, como convencidos de que otros pueden hacerlo no mejor, sino distinto.  ¿Quien no desea un país donde el dinero público no se lo roben, donde los ricos paguen sus impuestos, y la delincuencia de todo tipo ahora financiada por el narcotráfico deje de hacer su fiesta?  Son numerosos los ejemplos de sociedades que se precipitan por el camino de la desesperanza y la desilusión continuas con los gobiernos que prometen y no cumplen.  Donde la corrupción, la violencia y la desigualdad son pestes, hay tentación de llamar a un flautista y su melodía promete sacar a los pueblos de estos males. Pero lo que ignoran los pueblos es que todo flautista de cuento, pide un precio que no es posible pagar y no deberíamos pagar.  La razón es muy sencilla:  las pestes que dominan nuestras sociedades actuales, no se pueden erradicar sino es por el camino de la democracia, el respeto al Estado de derecho y la defensa sin reparos de los equilibrios de un sistema político inclusivo.

Muchos son los flautistas que tocan hoy en América Latina, de izquierda, centro y derecha y muchos son los pueblos que han confiado en ellos, y muchos son los que han terminado decepcionados o cuando no han sido secuestrados y obligados a pagar un rescate democrático que nunca llega.  En Cuba, en Nicaragua, en Venezuela y en El Salvador, todos estos flautistas han prometido superar las plagas, a cambio de un modelo democrático que asegure la longevidad del líder, la concentración del poder en un solo grupo r y la eliminación de todo vestigio de la oposición.  En lugares como Brasil, Argentina, Perú, y Ecuador se han presentado los flautistas y el pueblo también le ha ofrecido a cambio la suerte de su democracia. Estamos en presencia de un fenómeno del liderazgo sustentado en el encanto de las respuestas fáciles que capta la voluntad de las mayorías, que toca el son popular, y que ofrece la solución a los problemas que otros provocaron ciertamente, pero cuya superación no debe ser a cambio de la creación de nuevos problemas.

En México, Guatemala, y Panamá, hay debates intensos sobre las decisiones de las mayorías, entorno al tipo de gobierno que ofrece algo distinto a lo tradicional, pero que termina siendo más tradicional. En Colombia, Brasil, Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay, el debate se centra en las expectativas tan altas que la izquierda y la derecha recogen en las urnas, y que terminan produciendo desilusión y polaridad extremas.  Ciertamente el tiempo corre en contra de ellos, y la oposición sea coyuntural o fragmentada no está dispuesta a hacer las cosas más fáciles.

Costa Rica, requiere un análisis aparte, aquí lo que tenemos es un gobierno que sostiene una enorme popularidad, porque su bandera ha sido no pactar, ni compartir el poder con la oposición tradicional, a la cual continuamente señala como responsable del pasado, del presente y el futuro.  La impopularidad de las fuerzas políticas de oposición en todos los niveles, no tiene registros tan altos como lo de hoy.  Sea por medio de encuesta o por interpretación de la escucha social en redes, estas fuerzas están en una caída libre desde hacía rato, pero se ha venido acelerando producto de su entropía política.

Todo parece indicar que mientras el gobierno siga señalando a sus enemigos, de manera consistente y decidida, este recurso le permitirá ganar las municipales de medio periodo y avanzar hacia un segundo mandato con mayorías legislativas.  La imposibilidad de hacer reformas o cambios estructurales en este país, está condicionada no solo a un pasado de fracasos en pactos y concertaciones políticas, sino porque sencillamente los actores no están legitimados para formular acuerdos. Es decir, en Costa Rica, la oposición no representa el sentir y el hacer de las mayorías costarricenses, no tanto por su núcleo ideológico vacuo, sino porque se han atrincherado en el parlamento donde sin ideas, y sin visión no se han dado cuenta que hoy no se gobierna legislando.

La pregunta es ¿Nosotros también tenemos un flautista? La respuesta como en todo escenario de presente y futuro, depende de lo que suceda después del 2024 y del 2026. Por ahora no es posible saberlo, no está en duda la fortaleza de la democracia, lo que está en duda es la continuidad de sus actores tradicionales y si los pactos políticos podrán salvar a la oposición de su debacle tal y como sucedió con los cogobiernos del PAC, donde la captura del Estado fue negociada entre todos aquellos que durante más 40 años no quisieron hacer un gobierno del pueblo y para el pueblo, porque sencillamente su clase política no pertenece al pueblo.

América Latina, se dirige a un destino democrático donde la erradicación de todos sus males más extremos será o no será democrática.  Si es democrática, no volverán al poder los responsables de ello, nuevos liderazgos asumirán el poder y les darán solución a los problemas estructurales con mayorías populares fuertes, capaces de darnos nuevo tronco, nueva flor y nuevos frutos en democracia, sino es democrática todos seremos responsables de lo que ocurra.

Por Francisco Javier Flores Zúñiga

Estudió Relaciones Internacionales y Educación (Msc.) Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional. Funcionario de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Académico, Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional