Francisco Flores: El hombre sin patria

Los Estados Unidos se debaten hoy entre alcanzar una “grandeza” entrópica, o el reencuentro con un destino de esperanza, de libertad, de promisión.

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Académico.

La primera vez que tuve referencia de la obra El hombre sin patria[1], que lleva el título de este artículo, fue en el Breviario Omar Dengo, editado por Carlos Luis Sáenz y publicado por el Ministerio de Educación Pública sin fecha.[2]  Escribe al respecto Omar Dengo: ¡Edward Everett Hale! Escribiste para la juventud de tu país aquella historia de Philip Nolan, “El hombre sin patria”. La historia es bella. La escribiste amándola y para dar a tus intrépidos jóvenes rubios un sentido de culto a la patria.

Calificado en su tiempo como un cuento de ficción histórica, porque sobre el mismo se debate la existencia o no de su personaje central, lo cierto es que reúne todos los elementos para poder comprender con exactitud que significaría para un ser humano la condena de no volver a oír pronunciar jamás el nombre de su patria, al ser desterrado y vedado de toda posibilidad de saber de ella, contemplándola solo en la visión imaginada de su existencia.

Ese es el destino del teniente Nolan, defenestrado en su juventud por haber declarado en un amañado proceso militar su deseo de no querer volver a oír jamás de su país, por lo cual es sentenciado por sus detractores a ser recluido hasta su muerte en diferentes barcos de la marina de los Estados Unidos que naveguen por océanos distantes de la patria, todo eso en un lapso de cuarenta años.

Hay en esta historia, un relato testimonial de aquellos que, cumpliendo la orden de no hablar, no mencionar e ignorar toda posible alusión sobre la patria al Teniente Nolan, no dejan de experimentar la contrariedad de su condena, ni de gestionar el levantamiento de los cargos contra un hombre al que la jactancia de su juventud,  pudo bien precipitar el castigo,  pero cuya humildad para sobrellevarlo bien pudo ser suficiente para eximirlo, no impidiéndole ser un héroe, ni dejar de servir a su  “patria” en cada gesto y en cada entrega durante su largo confinamiento.

La moraleja de esta historia, reside en que nadie puede entender el significado mismo de la patria hasta que no se le despoja de ella.  Quizá en la crueldad de este castigo, no hay lecciones ejemplarizantes que emular, pero si las hay en la conducta del condenado a sufrir el flagelo de no volver a estar al tanto sobre la tierra en la que nació, ni a escuchar el nombre de la patria que su corazón añora.  Llegado el fin de sus días, Omar Dengo recrea el texto de Everett diciéndole: … Y cuando el miserable va a morir, lo dejas escuchar un rumor que llega de la patria trayéndole dolor, y en su agonía, cuando un cirio o una flor, o una dulce voz, o una celeste visión, le hubieran abierto un sendero en la sombra infinita, entonces cubres su cuerpo con la bandera de su patria, destellante de estrellas.

Los Estados Unidos, son para muchos de sus habitantes la patria idealizada por sus fundadores, pero también son la patria realizada por sus precursores, como pocas naciones tiene una historia hecha de múltiples herencias: precolombinas, étnicas, coloniales, sometida por sus conquistadores, liberada por sus emprendedores patriotas, o arrastrada a guerras fratricidas, que a pesar de lo divisivas que están hayan sido, no le impidieron el desarrollo de concepciones unionistas.  Recreada por hazañas, permeada por destinos manifiestos, expansionismos ambiciosos, solo contenidos por la vigorosa resistencia de las ideas y el valor heroico de Bolívar, de Martí y de Mora.

Influenciado por su existencialismo filosófico, y una diversidad de visiones poéticas, literarias, musicales y pictóricas, que relatan la construcción de una patria que es un crisol de culturas migrantes de todas partes, de la que emerge una potencia económica al fragor de sus propias contradicciones entre el sentido pleno de la libertad y la búsqueda de una justicia que no resuelve todas sus aspiraciones.

De los Estados Unidos, teníamos los jóvenes a sur del Rio Bravo, una visión temprana aprendida de  Simón Bolívar, solo culminada por la lectura histórica de la patria imaginada por sus padres fundadores: John Adams, Benjamín Franklin, Alexander Hamilton, John Jay, Thomas Jefferson, James Madison y George Washington, o idealizada, por el retrato escrito de Alex de Tocqueville, donde ambas visiones: la de revolución y la de democracia en América, experimentarían no una evolución, sino una adaptación a los cambios profundos en la ciencia y la tecnología que durante dos siglos entre avances y retrocesos les permitiría influenciar el destino de la humanidad.

De esa patria que los de adentro consideran es América, pero que los de afuera entienden restringida a su propia geografía, surge una nación inconforme consigo misma y destinada a la realización de una economía inspirada en la riqueza de las naciones  de Adam Smith, que la aleja con el  tiempo de la patria espiritual, poseedora de una  idea universal, solidaria, justa y soñada por Luther King, para quien… un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo: ‘Creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales’.

De la patria de Lincoln, Wilson, Roosevelt, Kennedy o de Obama que construyeron puentes para superar la distancia que separa y divide a un pueblo de sus sueños de libertad, igualdad, y fraternidad a  la patria que niega sus virtudes esenciales, y levanta muros para dividir a su gente por el color de su piel, su acento  o la fe  que profesan,  se  impone hoy en los Estados Unidos una visión egoísta que niega su grandeza, y confunde con debilidad  vivir en un mundo donde hoy el liderazgo no recae en la fuerza, sino en la capacidad de imaginar y crear un destino superior.

Si la democracia es el punto alto de esa gran patria americana, ello se explica en su capacidad de proveer significado a la libertad, que inspiro un sueño compartido en todo el hemisferio, sin embargo, con el tiempo muchas cosas separaron hoy a los americanos del norte y del sur, producto de errores, debilidades humanas, sed de poder, recelos y desconfianzas mutuas. Recuperar ese vínculo ha estado supeditado a la política exterior norteamericana, la cual no ha estado exenta de equivocaciones y alejada de la capacidad de ensayar un sistema equilibrado y justo en sus relaciones con la patria americana que renueve la esperanza y plantee un lazo que de nuevo la reúna.

Los Estados Unidos se debaten hoy entre alcanzar una “grandeza” entrópica, o el reencuentro con un destino de esperanza, de libertad, de promisión, de nuevas oportunidades donde decirse “americano” vuelva a ser sentirse parte de una patria del norte, del sur y donde todos sus habitantes se encuentren hermanados por la búsqueda de la felicidad.

El hombre sin patria, nos recuerda una sensible paradoja, porque si bien las palabras de Philip Nolan “¡Al diablo los Estados Unidos! ¡No quisiera oír hablar jamás de los Estados Unidos!”  fueron objeto instrumental de su sentencia a la expatriación, también son una confirmación de que todos podemos evitar el obituario: Amó su patria más que ninguno; pero ninguno como él fue indigno de su patria.

[1] Everett Hale, Edward (1863) El hombre sin patria. https://www.loc.gov/item/18011132/  Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos Traducción de El hombre sin país. También disponible en forma digital. https://lccn.loc.gov/18011132

[2] Sáenz, Carlos Luis (sf) Breviario Omar Dengo. Ministerio de Educación Pública. Pág. 117


Francisco Javier Flores Zúñiga.
Relaciones Internacionales y Educación (Msc.) Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional

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