Francisco Flores: El manto de humildad

En el liderazgo es importante el manto de humildad, que provee la capacidad de escuchar, ver y entender el valor de los consejos, la sabiduría, el conocimiento y el respeto por las personas.

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

Leí recientemente un texto que escribió Cristian Misch, quien publica diariamente un devocional en internet denominado Un milagro cada día, y me sorprendió la pertinencia de lo que dice y su implicación en nuestras vidas y en la de muchas otras personas con las que tenemos una relación de amistad o solamente las conocemos.

Comenta Cristian.  “Una vez leí en un libro una historia que me inspiró grandemente. El autor estaba contando un sueño que había tenido, en el que se veía vestido con una armadura resplandeciente. Era impresionante, tan preciosa y brillante que reflejaba por todos lados la luz del sol, impidiéndole ver con claridad.  En ese momento, alguien le acercó un manto viejo, hecho de un material muy sencillo. Claramente, ese no parecía ser el manto idóneo para una armadura tan gloriosa, pero al ponérselo por encima, se dio cuenta de que los reflejos del sol habían desaparecido, y que podía ver perfectamente de nuevo. De alguna manera supo que se trataba del “manto de humildad”, y que no había otro manto que pudiese compararse con él, porque representaba la gracia de Dios sobre su vida.”

Cuando hago un análisis de conciencia sobre mi comportamiento y el de otras personas que tenemos el privilegio de una educación y una vida en la que hemos podido realizar muchos de nuestros sueños, pienso en las veces en que reflejamos una luz que puede encandilar nuestra vida y la de otros. A veces se trata de lo que somos, o de lo que sabemos, de la forma en la que hablamos o la actitud que tenemos hacia los demás, es muy tenue la línea que nos separa del orgullo, la jactancia, la arrogancia o la soberbia.  No es cosa fácil, librarse de esa autoestima que se convierte en sobreestima, o de la falsa humildad, o de la falta de honestidad o integridad en aspectos simples, de nuestra relación con la familia, los amigos, conocidos o personas que del todo no nos conocen.

Evaluar, examinar nuestras conversaciones, nuestras comunicaciones, las apreciaciones subjetivas, o elevadas, distantes y en particular ejercer juicios de valor, o de autoridad sobre cosas, personas, situaciones o intereses particulares, son un ámbito que yo considero terreno minado para actuar, ser y asumir un comportamiento humilde.  En especial cuando tenemos diferencias, nos excedemos en muchos aspectos y plasmamos lo distantes e inconexos que estamos de la realidad objetiva.

No quiero hacer de este articulo un ejercicio critico personal, sino trasladar este análisis a todos aquellos que ejercen liderazgo en nuestro medio, me refiero a las personas que tienen una influencia importante en el comportamiento de muchas otras, sea mediante lo que dicen, lo que escriben, lo que comunican, y lo que hacen todos los días, en las redes sociales, los medios de comunicación o al interior de sus organizaciones sean las que sean, desde el nivel más bajo al más alto.

Esa luz que emana de nosotros se llama orgullo, nos ciega, nos aleja de las personas, distorsiona la realidad, entorpece nuestra visión de las cosas, porque se trasforma en soberbia, falsa humildad y nos conduce por caminos equivocados.  Es tan perjudicial el reflejo que deriva que nos impide ver nuestra actuación y entender la de los demás.  No se requiere un conflicto para que surja, muchas veces convive en medio de nuestras relaciones personales, políticas y sociales.

Dado que el orgullo está en nosotros, solo se confronta con el de aquellos de igual comportamiento, y difícilmente puede ser aceptado por aquellos que, si pueden regularlo, dado que la inmodestia suele ser una auto justificación, una explicación que ofrecemos y lejos de que nos haga justicia, revela de que estamos hechos.

Esa conducta que no es caprichosa, sino adoptada con base en un razonamiento sin fundamento, puede llevar a una persona, un grupo de personas, una organización y hasta los gobiernos a considerar que sus opiniones, sus ideas y sus actos están fuera o lejos de ser objeto de crítica, señalamiento, o reconvención inclusive.

Donde más se observa es cuando una persona, no puede considerar siquiera un examen crítico de sí mismo.  De hecho, el orgulloso, como el vanidoso, son una especie que abunda con especial desenfado en la vida social, y en particular en la política donde lo común es que algunas personas levanten capillitas para ejercer un mando.  Se manifiesta cuando algunos se sienten o creen que pueden ejercer una posición, un oficio, una actividad para la cual, pese a las evidencias de experiencia y conocimiento, la falta de empatía, y sensibilidad humana no pueden garantizar el éxito de su desempeño político o social.

Un breve repaso de esta conducta, nos dice que abundan las personas que no cuentan con un manto de humildad, que los cubra, proteja y ayude en su vida del efecto de la luz de su orgullo, su vanidad o su soberbia.  Muchas de las personas que dicen que están preparadas para un cargo que al final del día no pueden ejercer o asumen responsabilidades que no llegar desarrollar, y hasta consideran que su existencia en una organización es imprescindible, suelen olvidar la sentencia de Sófocles: “El poder nos enseña como es el hombre”

Están en las organizaciones mientras se satisfacen sus intereses personales, permanecen junto a otras en el tanto reciben las ventajas o los privilegios que los motivan, y muchas veces se sienten merecedoras de un tratamiento y una consideración que ofende la dignidad de los demás. Viven dentro de la lógica de que ellos son los buenos, los mejores, los excepcionales, porque los otros sencillamente no están al nivel de sus competencias autodefinidas y auto otorgadas. En un contexto de competencia, si pierden, se retiran o si se les excluye impiden que otros sigan adelante.

Hay liderazgos que deben pasar necesariamente por un análisis que nos permita establecer si cuentan o no con el manto de humildad que su misión política y social demanda, a fin de identificar con claridad cuáles de esos se encuentran a la altura de las circunstancias. Lo cierto es que las personas que exhiben su orgullo y su vanidad, no siempre advierten sus conductas, las cuales solo pueden contenerse en un medio social que las señala y las comprende en su justa dimensión. En el Arte de la Guerra se explica muy bien el contraste: “La razón por la cual los ríos y los mares reciben el homenaje de los torrentes de la montaña es que se mantienen por debajo de ellos”.

En el liderazgo es importante el manto de humildad, que provee la capacidad de escuchar, ver y entender el valor de los consejos, la sabiduría, el conocimiento y el respeto por las personas. M Scott Peck en El camino menos transitado confirma que detrás del interés de servir se encuentra gente grande y sencilla. “Las personas maduras espiritualmente en virtud de su disciplina, autoridad y amor, son personas extraordinariamente competentes, y en su competencia son llamados a servir al mundo, y en su amor responden a esa llamada.”  El líder o lideresa oye, acepta, responde humildemente a la llamada, sin caer en la vanidad de creerse un iluminado especial. Es más, ante la sorpresa de asumir graves responsabilidades, el sonrojo y timidez por tamaño atrevimiento, les acompañara siempre.  El apóstol Santiago (4.6) lo recuerda cuando dice: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” El liderazgo que se arropa en el manto de humildad, resiste al orgullo que lo desvía su camino y su enfoque de servicio a los demás.

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