Francisco Flores: El vínculo entre la igualdad y la libertad

La democracia es de las formas de gobierno la que más requiere de la inteligencia de los pueblos, es la preferida de los costarricenses, porque le ha hecho más bien que mal, y bajo su desarrollo podemos aspirar a mayores grados de progreso y civilización.  La democracia se ha dedicado a ahora a resolver problemas de igualdad y libertad cuidando que ambas mantengan sus oportunidades, pero impidiendo que una menoscabe a la otra. 

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Francisco Javier Flores Zúñiga, Relaciones Internacionales.

Costa Rica, ha experimentado durante la segunda década del siglo veintiuno, una guerra cultural[1] sin precedentes, la cual está llegando a su fin, no tanto porque las aspiraciones de determinados grupos sociales no hayan podido conquistar posiciones irreversibles, sino porque las que siguen no serán tan fáciles de concretar, por el solo hecho de mencionarlas.  El impulso que han tenido la libertad y la igualdad, no son solo el resultado de las luchas de uno u otro movimiento social especifico, sino la confluencia de acuerdos entre los sectores conservadores y liberales de nuestra historia.

Si la naturaleza de la libertad y la igualdad es estar en permanente unidad, es porque ninguna puede estar separada de la otra, ambas deben establecer su propio equilibrio, y en la sociedad que configura nuestra utopía particular hemos aprendido una lección universal: si la una prevalece sobre la otra desaparece. No podemos vivir en los extremos de la libertad sin que se expandan las desigualdades, como tampoco en la creencia de que la máxima igualdad no suprima el concepto mismo de la libertad.

Si la prudencia es la mejor forma de guiarse en la historia, no es porque exista un miedo fundado a los cambios en la cultura, es porque no es sabio, ni inteligente juzgar lo que conviene a una sociedad en un determinado momento con base en el descarte de las costumbres o instituciones sociales heredadas, ignorando el aporte de muchas generaciones, cuya experiencia y conocimientos se han adquirido durante siglos.

De manera que como lo señalan los esposos Durant (1969) “… Así pues, el conservador que se resiste al cambio es tan valioso como el radical que lo propone… quizá tanto más valioso cuanto las raíces son más vitales que los injertos.  Está bien que se escuchen las nuevas ideas, para salvar las pocas que se pueden utilizar; pero también conviene que se obligue a esas nuevas ideas a pasar por el molino de la objeción y la oposición. Esta es la piedra de toque a que la innovación tiene que someterse antes de que se le permita entrar a la humanidad. De esta tensión, de esta lucha de sexos y clases, resulta una fuerza creadora, un desarrollo estimulado, una secreta y básica unidad del todo.”[2]

Nuestra cultura se guía por códigos morales cuya eficacia varía según la época, y no suelen dejar de expresar la influencia externa que hemos tenido antes de adoptarlos.  De hecho, su variabilidad está condicionada por nuestra historia social y ambiental, de manera que son nuestros en virtud de nuestras esperanzas, cuando no de nuestras necesidades espirituales de convivencia, que vienen tanto de los avances de la civilización, como de la religión.

Muchos de estos llamados valores morales, se adoptan como consecuencia de la formación del Estado y la sociedad, regulando a las personas, los grupos sociales y a la familia. En una época, en donde el valor se constituyó un elemento determinante para la supervivencia, después lo fue el trabajo, acto seguido lo fue la fuerza, y a continuación la economía, luego la guerra y actualmente la paz. Y en medio de estos procesos de cambio de valores, las mujeres en occidente ocuparon un rol restringido a la maternidad, mientras la monogamia se impuso junto con el matrimonio sin divorcio, y la fecundidad sin límites durante 1.500 años, definiendo la estructura social contemporánea.

Sin embargo, lo que la revolución industrial provoca, es precisamente desintegrar esta herencia cultural al convertir en fuerza laboral no solo a los hombres, sino a las mujeres y los niños. De la mano de las innovaciones tecnológicas, los cambios sociales se impusieron rápidamente, el casamiento temprano se reduce y las relaciones antes del matrimonio se hacen difíciles de contener. La autoridad de los padres en el hogar se discute por razones económicas. Donde la educación planteo las dudas en materia religiosa, la moral ya no tenía sostén sobrenatural. En consecuencia, los viejos códigos morales, comenzaron a ceder y se replantearon los nuevos valores de la sociedad.

El siglo veinte que ha sido uno de los más violentos de la historia, puso en cuestión el orden moral que la guerra destruyo reconfigurando los valores de una sociedad donde los derechos de los hombres y las mujeres, al trabajo, la educación y la sexualidad son opuestos a los heredados por las generaciones precedentes.  En tal circunstancia los códigos intentan contener los cambios en las conductas sociales que nuevamente se derivan de las tensiones naturales entre la libertad y la igualdad.

Para finales del siglo veinte, la sociedad costarricense, ha tenido una profunda transformación en su estructura política, económica y demográfica, impulsada por la diversificación de la producción, la revolución en la salud y la educación cuyos impactos culturales en su conjunto no pasan desapercibidos. Hay evidencias del progreso material y de un cuestionamiento del orden social en que la dinámica entre socialismo y capitalismo ocupa el centro de todos los cambios que concurren a nivel mundial, y en la que la lucha entre lo material y lo espiritual es irrefrenable.

El debate moral y social heredado en la primera mitad del siglo veintiuno, versa sobre educación sexual, igualdad de género, uniones del mismo sexo, aborto, eutanasia, libre consumo de drogas.  Para cada una de estas pretensiones, hay un segmento social activo en una sociedad donde las demandas de las mayorías se concentran en las oportunidades de acceso a la riqueza. Frente a esto, la desigualdad social ocupa el centro de una política pública que ni estructural, ni orgánicamente logra disminuirla por debajo del tercio de la población, convirtiéndose en el objeto de continuas decepciones que van desde el Estado paternalista, benefactor, intervencionista y clientelar.

Junto al debate social expuesto, pero pospuesto, lo que impulsa la nueva dinámica cultural del siglo veintiuno es un cambio en las estructuras políticas predominantes, donde irrumpe el multipartidismo que inaugura un espacio que termina de romper el histórico bipartidismo. Los reclamos sociales, junto a las denuncias de corrupción liquidan un orden institucional, donde viejos y nuevos actores políticos protagonizan una lucha por la ética en la función pública. Pero si bien la ética domino el discurso divisivo en el país, también polarizo una sociedad a extremos dicotómicos.

La Costa Rica de los últimos diez años entra en guerra cultural, cuando la sociedad se polariza sin matices, en ausencia de cualquier tipo de gradación.  La política se basa en juicios categóricos y cuando no absolutistas, el nuevo liderazgo de los grupos que intentan sustituir a la clase política dominante, avanza creando una visión de la política y la sociedad en blanco y negro donde las reacciones emocionales y conductuales de las personas oscilan de un extremo a otro.

Los años en la oposición configuran un discurso extremista y defensor de la ética pública más emocional y violento, que racional y civilizado, prepara el ascenso al poder de un movimiento que asume la conducción de los asuntos públicos explotando la división entre los costarricenses al exagerar los males y estereotipar a todos los actores sociales que se les opongan.   Con un mensaje opositor, rígido, y excluyente uno de esos extremos alcanza el control del Poder Ejecutivo durante la última década.

El avance de la guerra cultural tiene su zenit, o momento estelar con el debate sobre los derechos humanos de tercera generación, entre los cuales destacan los modernos y los convencionales como la educación sexual, la unión de personas del mismo sexo, el aborto y el Estado Laico, con los más aviesos relativos a la introducción de la eutanasia y la eliminación de la prohibición del consumo de drogas psicotrópicas.   En el primer combate polarizador el triunfo arrollador del movimiento que promueve la unión entre personas del mismo sexo derivado de una consulta jurídica en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, da comienzo al desarrollo de campañas políticas donde el uso intensivo de las redes sociales y el enfrentamiento entre igualdad sexual y libertad religiosa ocupa todo el amplio espectro de la vida política nacional.

No obstante, la guerra cultural llega a su fin, por circunstancias que son ajenas a la agenda de los partidos políticos que promovieron e inspiraron el uso del recurso maniqueista que inspiró la última campaña electoral. Las causas son simples, tanto en el Poder Legislativo, como en el Poder Ejecutivo, los nuevos actores mostraron ausencia de imaginación y capacidad para gestionar una crisis de la hacienda pública histórica y una crisis sanitaria producida por el Covid-19, y entre ambas profundizaron el desempleo, el cierre de la economía, la quiebra de empresas pequeñas y el aumento de la criminalidad, aunado a la violencia social y restricciones sensibles en materia de libertades públicas.

Sin embargo, el país recibe la amenaza soterrada de ambos actores de iniciar un debate sobre la despenalización del aborto, en un contexto donde los avances se centran en los protocolos para regular el aborto terapéutico.  Si bien podría ser una opción para el debate electoral que se aproxima, existen una serie de temas que van a impedir el desarrollo de esta nueva ofensiva cultural.  Entre ellos, el que más lo imposibilita, es el rechazo público a utilizar estos temas con fines político-electorales que ya no son viables por la diversidad de sensibilidades que afecta, y porque más allá del factor religioso, hay aspectos jurídicos, científicos y de salud involucrados que no han sido ponderados adecuadamente.

Utilizar este tema para captar votos no solo es cuestionable, sino que implica el retorno al punto original de la campaña del 2018 cuando el debate moral manipulado sirvió para polarizar una elección y ganar el acceso de los nuevos liderazgos a los poderes públicos.  Esta forma de hacer política tiene limitaciones importantes, la más extrema es intentar dividir al electorado, la más siniestra es lograrlo otra vez.  En todo caso, nada permite pensar que no sea un recurso previsible en el enfrentamiento electoral por el relevo de gobierno que se aproxima, lo cual obliga a considerar sus riesgos y sus efectos perversos.

La democracia es de las formas de gobierno la que más requiere de la inteligencia de los pueblos, es la preferida de los costarricenses, porque le ha hecho más bien que mal, y bajo su desarrollo podemos aspirar a mayores grados de progreso y civilización.  La democracia se ha dedicado a ahora a resolver problemas de igualdad y libertad cuidando que ambas mantengan sus oportunidades, pero impidiendo que una menoscabe a la otra.  Su función no es promover la lucha entre campos hostiles sustituyendo la discusión por odios, y bandos extremos que solo les dan ventaja a las diversas formas de autoritarismo.

A quienes pretendan reiniciar la guerra cultural, les recuerdo que la historia si bien suele repetirse con diferencias importantes, no siempre lo hace igual, porque si bien la sociedad costarricense puede ser participe en la rebelión de las nuevas generaciones contra las viejas, hoy no está dispuesta a dividirse nuevamente, al extremo de impedir estar unida para superar este tiempo histórico tan difícil que le ha tocado vivir.   En tal sentido, ambas concepciones deben aceptar el cambio que la libertad y la igualdad plantean, pero deben hacerlo de manera concurrente, mirando juntos hacia el mismo punto, por encima de las diferencias, dado que este entendimiento definirá en el presente, el porvenir de todo un pueblo.


[1] La guerra cultural es un conflicto ideológico entre grupos sociales y la lucha por el dominio de sus valores, creencias y políticas.  Generalmente se circunscribe a los temas de fondo candentes en los que hay un amplio desacuerdo social y la polarización en valores sociales es evidente.
[2] Durant, W. & Durant, A. (1969). Las Lecciones de la Historia. Editorial Sudamérica.

 

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