Coaliciones obligatorias y el futuro de la democracia costarricense
Francisco Javier Flores Zúñiga. Candidato a Doctor en Ciencias Sociales
Costa Rica está ante una bifurcación histórica. La aritmética legislativa—57 diputados, 38 votos necesarios para reformas estructurales—ha sido la arquitectura silenciosa que sostuvo ochenta años de democracia deliberativa. Hoy esa arquitectura está bajo presión. El gobierno tiene 31 votos; le faltan 7 para las reformas. La pregunta no es si eso es matemáticamente posible. La pregunta es si la ciudadanía defenderá públicamente que esa imposibilidad es su fortaleza.
- EL PROBLEMA QUE LA ARITMÉTICA EXPONE
Hace ochenta años, cuando Costa Rica construyó su sistema democrático contemporáneo, incorporó una restricción que no era negociable: la Asamblea Legislativa tendría 57 diputados y las reformas constitucionales requerirían 38 votos. Esa cifra—los dos tercios—ha permanecido constante desde entonces. Nunca, en ocho décadas, un solo partido ha logrado 38 o más curules. La brecha es irreducible.
Esto no es anécdota. Es arquitectura institucional. Y lo que hace esta arquitectura es extraordinariamente simple: obliga a que alguien convenza a alguien más. No permite gobernar en solitario. Fuerza la negociación.
Giovanni Sartori identificó esta estructura como una «coalición obligatoria»—un sistema donde el diseño institucional no deja alternativa: o se negocia, o no hay cambios. Durante ochenta años, eso fue una ventaja. Obligó a que las fuerzas políticas mantuvieran relaciones permanentes. No por virtuosismo. Por pura supervivencia política.
Hoy esa estructura está en crisis. No porque sea defectuosa—sigue siendo aritméticamente inexorable—. Sino porque el lenguaje político que la rodeaba, el que permitía que la negociación fuera posible, se ha evaporado.
- LA PARADOJA CONTEMPORÁNEA
Considere el dilema desde la perspectiva de un diputado opositor a quien el gobierno le solicita el voto crítico para alcanzar los 38. Sabe que su partido lo castigará por abandonar la disciplina. Sabe que será presentado públicamente como traidor, no como patriota. Sabe que ganará poco políticamente pero pagará un costo alto en credibilidad interna.
¿Vota sí y acepta la invisibilidad? ¿O bloquea la reforma para preservar su identidad política?
Durante sesenta años, la respuesta fue: «Voto sí, pero mi partido y la ciudadanía comprenden que hago un sacrificio por el país». Esa comprensión compartida era el pegamento que hacía posible la coalición obligatoria. No era ingenuidad. Era realismo político: si hoy humillo a quienes me apoyan en la reforma, mañana—cuando los roles se inviertan—nadie querrá apoyarme a mí.
Hoy esa comprensión se ha roto. El diputado que vota sí no solo pierde crédito dentro de su partido. Es públicamente descalificado. Invisibilizado. Convertido en anécdota de un gobierno que «logró imponerse». Entonces bloquea. Y las coaliciones se vuelven imposibles.
III. DOS FUTUROS POSIBLES
Aquí es donde la historia se bifurca. Existen dos rutas plausibles hacia 2030.
La primera—que llamaremos desgaste—plantea que la erosión de confianza es irreversible. Si no puedo negociar coaliciones visibles, espero a que la oposición se fragmente naturalmente. Para 2030, tendré 40 o 43 diputados. Habré alcanzado los 38 votos necesarios sin depender de coalición. Habré ganado sin tener que compartir. Y más importante: habré transformado mi mayoría relativa en mayoría hegemónica.
Como señala Arend Lijphart, los sistemas multipartidistas pueden transitar hacia sistemas de partido dominante si existe una estrategia deliberada de captura hegemónica. Existe una ruta clara: erosiona a los aliados temporales para que nunca vuelvan a serlo. Desacredita a la oposición. Genera desconfianza. Para 2030, ese trabajo habrá fructificado.
Eso no es dictadura. Pero tampoco es la democracia deliberativa que Costa Rica construyó. Es una versión más pálida: instituciones formales intactas, pero poder progresivamente concentrado.
La segunda ruta—que llamaremos resistencia—plantea algo diferente. Que existe un momento de interrupción: la capacidad de la ciudadanía de reconocer el juego y organizarse para detenerlo.
En este escenario, un movimiento cívico-democrático, transversal, no partidista, emerge para defender públicamente lo que está en juego: la naturaleza de la democracia costarricense. Dice algo que suena simple pero es políticamente revolucionario: «La aritmética de 57 diputados y 38 votos es nuestra fortaleza. No vamos a permitir que la destruyan».
Cuando la ciudadanía está movilizada, el juego político cambia. Porque entonces un diputado que vota una reforma necesaria ya no desaparece. Es defendido públicamente. Convertido en héroe, no en traidor. Las coaliciones vuelven a ser posibles—no invisibles, sino públicamente respaldadas.
- LA DIFERENCIA QUE IMPORTA
Lo crucial es esto: ambas rutas son matemáticamente viables. Ambas responden a la aritmética inexorable de 57 diputados. La diferencia no está en los números. Está en si la ciudadanía se resigna o se organiza.
Ambas hipótesis requieren que exista una coalición para llegar a 38 votos. Pero en la primera, esa coalición se construye en la sombra, invisibilizada, humillante para los aliados. En la segunda, esa coalición es defendida, legitimada, construida como un acto de madurez democrática.
La hipótesis del desgaste es viable si la ciudadanía observa pasivamente cómo sus instituciones se erosionan. La hipótesis de la resistencia es viable si la ciudadanía se atreve a decir que sus instituciones democráticas son más importantes que los egos políticos.
- LO QUE ESTÁ EN JUEGO
Esto no es un debate técnico sobre sistemas electorales. Es un debate sobre qué tipo de sociedad queremos ser en 2030.
¿Una sociedad donde las reformas estructurales son posibles porque la ciudadanía defiende públicamente que los pactos democráticos son patriotismo? ¿O una donde las reformas son «posibles» porque el poder se ha concentrado lo suficiente para gobernar sin depender de negociación?
Durante ochenta años, la respuesta costarricense ha sido la primera. Hemos cometido errores, fracasos, corruptelas. Pero hemos construido un sistema donde nadie gobierna solo. Donde las grandes decisiones requieren que múltiples actores lleguen a acuerdo. Donde la gente confía que los pactos—aunque incómodos—existen porque funcionan.
Eso está en juego ahora. No es dramático. Es arquitectónico. Tranquilo. Silencioso. Pero determinante.
- UNA CONCLUSIÓN OPTIMISTA (PERO NO INGENUA)
Creo en la hipótesis de la resistencia. No por ingenuidad política. Por optimismo cívico irrenunciable.
¿Por qué? Porque los ochenta años de democracia costarricense no fueron un regalo de los políticos. Fueron conquistas de una ciudadanía que dijo «no» en momentos decisivos. Que defendió las instituciones cuando estaban bajo presión. Que construyó confianza cuando todo parecía erosionarse.
Esa ciudadanía sigue aquí. Y cuando entienda qué está en juego—cuando vea que lo que se debate no es una reforma judicial, sino la naturaleza de su democracia—, sé que se organizará.
No porque sea garantizado. Sino porque es necesario. Y porque Costa Rica, una vez más, tendrá que elegir si defiende públicamente aquello que la hace singular en una región donde la democracia deliberativa es cada vez más rara.
La aritmética no negocia. Pero la ciudadanía sí. Y cuando lo hace desde la defensa de sus instituciones democráticas, cambia el resultado del juego.
Eso es lo que hizo posible Costa Rica hace ochenta años. Eso es lo que puede hacerla posible nuevamente.
Eso es lo que creo. Y eso es lo que espero.
La Suiza, 11 septiembre de 2026


