Gobernar es pensar, y pensar es un ejercicio de resistencia en una era dominada por la inmediatez de las redes sociales. No permitamos que nos arrebaten el futuro a golpe de insultos y polarización.
Francisco Javier Flores Zúñiga.
Al gran líder socialdemócrata africano Julius Nyerere le preguntaron una vez cuáles eran los pilares fundamentales que guiaban su intrincada estrategia política. Su respuesta, desprovista de la retórica grandilocuente tan común en los pasillos del poder, fue fulminante: “La esperanza y el pensamiento; porque en la política es difícil esperar, pero más difícil es todavía pensar”. En la Costa Rica crispada e hiperconectada de hoy, donde el ruido de los algoritmos sustituye a las ideas y la confrontación desplaza a los argumentos, esa sentencia adquiere el rango de una emergencia nacional.
A mis sesenta y seis años, tras cuatro décadas de recorrer las venas de la administración pública costarricense, de estudiar sus estructuras legales y de observar desde la academia y la investigación los flujos de nuestra historia, me niego a asumir el rol del espectador pasivo. No escribo estas líneas desde la comodidad del analista de escritorio, sino desde la madurez de quien entiende que el destino personal carece de sentido si se desvincula del destino ciudadano. A esta edad en la que muchos buscan con justicia el sosiego del cuartel de invierno, yo encuentro la entereza de expresar mi sensibilidad por el rumbo de nuestra patria y de proponer una acción cívica decidida para reconducir el debate de corto y mediano plazo.
Asistimos a un preocupante quiebre de los equilibrios institucionales, un fenómeno global en el que las fuerzas populistas intentan hacernos creer que la única forma de resolver las fallas de nuestro Estado Social de Derecho es demoliendo su estructura. Nos enfrentamos a un relato que se nutre del resentimiento y que pretende dividirnos entre puros y corruptos, bajo la preocupante premisa de arrasar con los contrapesos democráticos que nos costó generaciones edificar. Ante ese canto de sirena autocrático, la respuesta no puede ser el silencio temeroso ni la defensa nostálgica de las viejas siglas partidarias que, presas del pragmatismo tecnocrático, abandonaron su usina ideológica y descuidaron a sus bases tradicionales.
Frente a la demolición populista y frente a la parálisis burocrática de la vieja política, asumo el deber de plantear una alternativa basada en la razón, en la recuperación de la identidad costarricense y en el espíritu profundamente transformador de las ideas socialdemócratas adaptadas al siglo XXI. Es lo que hemos denominado la Democracia de las Soluciones y el Humanismo Digital. Un llamado que no mira al pasado con melancolía, sino que busca dotar a las nuevas generaciones de profesionales formados, tecnólogos, emprendedores y trabajadores manuales, de herramientas para refundar el pacto social. Proponer un nuevo contrato que proteja el autoempleo mediante el Monotributo Conectivo, que brinde seguridad laboral a los repartidores de plataformas y que garantice la desconexión digital y el bienestar mental.
A la juventud profesional de Costa Rica, aquella que hoy hereda un mercado laboral precarizado y que con justa razón desconfía de las estructuras jerárquicas tradicionales, me dirijo no como un tutor del pasado, sino como un puente. Las ideas de equidad, libertad y justicia distributiva que inspiraron a Rodrigo Facio o a Isaac Felipe Azofeifa siguen siendo las respuestas más potentes frente a la desigualdad, pero es imperativo cambiar el empaque operativo: pasar del viejo partido-franquicia al movimiento-red, horizontal, meritocrático y transparente.
Gobernar es pensar, y pensar es un ejercicio de resistencia en una era dominada por la inmediatez de las redes sociales. No permitamos que nos arrebaten el futuro a golpe de insultos y polarización. Esta acción cívica que propongo busca precisamente elevar el suelo del debate público y demostrar que la solvencia técnica y la eficiencia del Estado pueden y deben convivir armónicamente con la solidaridad social. Con la entereza de los años vividos y la fe intacta en el talento de nuestras juventudes, asumo este desafío. Al igual que Nyerere, elijo la ruta difícil: la de mantener viva la esperanza, pero, sobre todo, la de obligarnos, colectiva y rigurosamente, a volver a pensar.
La Suiza, 19 de junio de 2026


